Carta para Esther Koplowitz, a la que tanto recuerdo

Mi querida y admirada Esther, hace unos días, en el ave, que me lleva y me trae al sur de dónde vengo y, también, creo, que dados mis años, voy. Definitivamente, tuve la enorme suerte de encontrarme con el que fue buen, buenísimo, ministro de Exteriores de España, Marcelino Oreja, con el que hice más de un viaje acompañando a los Reyes don Juan Carlos y doña Sofia, sobre todo, por la América, la Hispanoamérica, que estamos, sencillamente, perdiendo.

Le pregunté al que es ministro por ti, sabiendo como sabía que no solo había estado muy cerca de ti,  presidiendo creo una de tus empresas y, él me dijo sonriente:

-Llámala, está muy bien, le va a gustar que quieras hablar con ella, porque sé que te recuerda mucho.

Y eso hago. Esther, marquesa, condesa de tantas cosas pero, sobre todo, por encima de cualquier  título, el que más te gusta a ti y, lo sé en mi propia carne, en mi verdadera memoria, de cuando algún tiempo estuvimos más cerca. Aquellos días en los que yo quería escribir tus memorias, tus recuerdos que, aunque sé que te costaba trabajo, accediste.

Desde entonces, mi inolvidable Esther, conservo, como no, carpetas, papeles, fotografías, entrevistas, escasas, siempre en las que de alguna forma me iba haciendo con esa vida que te gusta llevar fiel, sobre todo, a tu lema, a tu fabulosa conducta de siempre. Tu lema que te hace mucho más  importante, mucho más grande, mucho más fuerte e incluso mucho más guapa y mira que eres bella.

A punto de los setenta, otoñal siempre, que recuerdo como una noche inigualable aquella en la que cené en tu casa de la Avenida de la Habana junto a otras ilustres personas de las que no doy el nombre, por si acaso quieren respetar su privacidad, en lo que siempre he sido, cauto y hasta reservado. ¡Quién lo diría!

No obstante, recuerdo aquella pequeña terraza con un árbol de blancas camelias, el ladrido en una habitación cercana de alguno de tus perros, tu elegancia natural, mucho más allá, que eso se nace con ello, tu estilo, tu asombrosa capacidad para la sorpresa, tu manera de ser y de estar que ahora mismo reivindico para ti, mi querida Esther, que a veces apareces y también desapareces, siempre voluntariamente, insisto, fiel al que podría ser el lema de tu escudo nobiliario, que tienes derecho a tenerlo.

“Que lo que hace una mano, no lo sepa la otra mano”. Porque lo que hace tu fundación, y eso es lo más importante, no se sabe bien del todo. “Nacida para ayudar al que lo necesite”, más o menos, que no es poco, y más en este tiempo en el que se es más solitario que solidario. No hay más que ver cómo está el mundo.

Mecenas como eres, que yo he podido comprobar, emocionado, a veces, fulminado, por esa manera colosal e impecable de ayudar a los demás, más que nada, que no puedo olvidarlo.

Aquella ayuda a los niños grandes, de tu clínica-casa de Valencia, donde asistí un día, difícil de olvidar, y eso que mira que a los ochenta y cinco años uno ha visto, siempre para contarlo, tantas cosas, tantas veces y en los más distintos medios de comunicación. En los que aún aliento para sobrevivir a mis ochenta y cinco años de vida, los últimos acompañado siempre de un dolor neuropático, que ha convertido este viejo cuerpo, además de en “carne de un gancho colgada”, en un saco de recuerdos.

Entre estos recuerdos, tú, sonriente, aquel día, aquella noche que te llevaba, mi último libro entonces, la biografía urgente de Ortega Cano, titulada Traje de luces, traje de cruces, a poco de irse de este mundo que no de nuestra memoria, la más grande, Rocío Jurado.

El caso, Esther, es que quiero que antes de que llegue el próximo verano, la noticia de tu cumpleaños, que es en número redondo, ser el primero en decirte que eres mucho más importante que muchas que presumen de serlo. Lo eres por la labor continua, tu Fundación está viva y porque sigues haciendo con lo tuyo, en silencio, eso es tan importante como lo demás, como aliviarles en su dolor, intentando siempre que llenen su soledad con tu ayuda.

Además, lo haces sin echar tres cuartos al pregonero como dice el refrán, quizá, sin que nadie sepa, que eres mucho más que un nombre, difícil de pronunciar, siendo como eres la mas española del mundo, en tu casa, en el mar o en la sierra, dama del gran corazón, a veces golpeada por la noticia. ¡Qué sabe nadie Esther, hermana de la otra Koplowitz, tu hermana Alicia!

Así que, cuando volví de Sevilla me puse a buscar lo que tengo de ti, además de tu recuerdo, tu buen recuerdo, libros -uno que te asoma como una de las mujeres más ricas de España y en la lista dorada de Forbes, pero muy dignamente anotada, Esther, y veo que he guardado, que llevo guardando y sigo con lealtad todo lo que de ti o sobre ti veo, aunque, como siempre, incluso en las fotos, como quien no quiere estar, como quien no desea que se sepa, siempre en ese discreto segundo plano, en el que siempre apareces, si es que apareces, en compañía de tus hijas, tan bellas, como eficaces, de los tuyos, a veces como robada, humilde fugitiva, de tu propio resplandor, Esther Koplowitz.

Por eso, aquí te escribo esta felicitación de Navidad, para que sepas que después de haber escrito las biografías de Manuel Benítez “El Cordobés”, Julio Iglesias, Lola Flores contadas por ellos mismos, siempre, y las de Antony Quinn, Mia Farrow, Ira de Furstemberg y María Félix, entre otros, a ver si me atrevo con la tuya, si tú me das permiso, aunque eso sí, tendrás que responder las cien preguntas que aún te tengo guardadas, mujer ejemplar, sin duda.

Tendremos que vernos cara a cara, boca a boca, cuerpo a cuerpo y, que me veas llegar, sentado en una de esas sillas de ruedas, porque a veces tengo que usarla, aunque sea en esa sencilla, elegante, ejemplar, otra vez ejemplar, Sede de tu Fundación, que está por Chamberí. Silencio, paredes blancas, primer piso, ascensor, como dice el tango, maderas nobles, libros buenos y esa sensación de vitalidad envuelta en el silencio de la obra constante y bien hecha.

En fin, Esther, querida Esther, que tengas felices navidades, en el fragor de ese combate de la empresas, en la pelea de las cifras, en la lucha de lo que tanto se pierde, a veces cuando se gana.

Superviviente de la selva donde vives, donde te mueves, donde a tu manera reinas, aunque sea en ese dorado y terrible reino de las financias y de las empresas. Y que si quieres, incluso si no quieres, podríamos avanzar en ese libro que debimos escribir y no lo hicimos por culpa mía, lo reconozco.

Por mi parte, deseando que se sepa más de una mujer como tú, callada, magistral en tu carrera, fabulosa en tu otra vida, la de seguir ayudando, y que pocos lo sepan, en aliviar lo que a los demás les falta, poniéndole amor al dolor de los que nada tienen.

Feliz año dos mil veinte y, permítame que te diga, que en este tiempo que estamos, tú sí que eres una buena, magnifica y única gran guerrera.

Que ya sabes que además, por si no lo recuerdas, yo ya recibí de tu mecenazgo y el de tu fundación, el  “viatico” de mi trabajo. Yo quería empezar con esa foto magnífica, a la sombra de aquel gran árbol alrededor de tu padre, cuando tú eras aún una niña, a la que si ya pudiéramos leer en sus ojos, veríamos que “estaba llamada para hacer grandes cosas”.

 Eso  es lo que este contador de historias quisiera empezar  a contar. Cuando empiece el año dos mil veinte, que yo no quiero, no me da la gana que seas “la otra Koplowitz”,  sino una mujer única, inimitable que está intentado no solo engordar o mantener sus acciones, que no es poco, sino que su patrimonio moral, espiritual y cristiano siga haciendo en su Fundación,  lo que su alma desea.

Querida Esther, en este blog, que a través de Hola se lee en todo el mundo, me acerco a tu silencio magnífico, por desgracia no muy usado, para decirte, que tú estás en ese otoño dorado y merecido, pero que este contador de historias tiene ya solo el tiempo justo.

Basta con que  me digas que sí y así podré irme tranquilo de que he cumplido con la obligación sagrada de contar la vida y la obra de una mujer inimitable e inolvidable. Única, pero desconocida.

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