José Luis Perales se va, pero menos mal que se queda

Anoche le vi en el Hormiguero de la tres y la verdad es que me gustó, como siempre, mucho. Era José Luis Perales, que parece ser que dice que se va, si bien no se va del todo.

Cumple setenta y cinco, que no se les notan mucho y dice que ya está bien. Quizás lleva la razón, pero quiero decirles que no se alarmen. Porque quedan sus canciones, muchas y muchas muy buenas cercanas, nuestras, recogidas en las cuatro esquinas del corazón, que a veces es cuadrado. Además, te canta al oído y uno de sus secretos es lo de la verdad del bolero.

A todos nos han cantao

En una noche de juerga

Coplas que nos han matao.

Una verdad verdadera, porque vivimos tiempo de bulos y hay que cerciorarse mucho de que lo que te están cantando con visos que de verdad son falsos.

Este no es el caso de Perales. Este conquense manchego castellano viejo, que yo recuerdo haber entrevistado no sé cuántas veces, en todos los medios, claro, y muchas veces en ¡Hola!, y siempre mucho más por sus éxitos, tan nuestros, tan familiares, tan del cuarto de estar.

Yo recuerdo, que hace ya algunos años cuando aún mis viejos huesos viajaban, como, a veces, desde El mesón de las casas Colgadas de Cuenca, podíamos ver más allá de la espalda de esa mítica cuesta de San pedro, donde César González tenía una casona y donde me dijo aquello de:

-Estoy en un momento joven, en el que una arrude la cama, me parece la cordillera  andina.

Cosa que ahora refrendo con mi propio y cansado cuerpo. Bueno, pues mientras a lo mejor degustábamos el riquísimo, difícil y único plato del morteruelo, que está hecho a base de liebre y perdiz, entre otras  lindezas, o sea de tierra y aire, a un tiempo nos mostraban la terraza abierta sobre el río, el Júcar, sobre su hoz, entre álamos temblorosos  y plateados,  el balcón en el que hacía sonar su guitarra y, a veces, también su voz.

José Luis Perales, en aquel sitio único, al que siempre volvía, volviera de donde volviera, para encontrarse con su familia, que siempre fue primaria en su vida.

Ahora, aquel de Y quién es él, por ejemplo, por dar tan solo uno de sus títulos, anoche mismo, contaba, vestido de negro entero de los pies a la cabeza, bueno la cabeza no, porque está ya entre el color plata y blanco. José Luis Perales con su aire de campesino siempre, iba desvelando algunos detalles que, aunque sabíamos los que con él habíamos hablado tanto, ahora tanto sabemos.

A veces tardaba seis meses en volver a casa, después de una larga gira, por ejemplo, en América, y cuando volvía tenía la sensación de que no me conocían, no sabían en el fondo quién era aquel señor que, en ocasiones, muy de tarde en tarde volvía a casa con su guitarra en la mano.

Llevaba razón, es el verdadero premio de la fama, de la efímera gloria, que tanto se busca y, a veces, se encuentra, aunque se paga un precio muy alto.

Hoy mismo, Bertín Osborne en una entrevista abierta, más o menos se queja tristemente de lo mismo, aunque quizá a esta altura, más o menos ya es solo un recuerdo de otros tiempos.

José Luis Perales, sin embargo, asegura que volverá a seguir escribiendo música, componiendo en su otro torreón de la tierra parda de cuenca, donde vino al mundo ahora hace setenta y cinco años.

A empezar como empezó, o sea, haciendo música y letra, es un gran poeta, insisto, para otros, hasta que un día alguien le dijo así cara a cara:

-Oye Perales, ¿Y por qué no cantas lo que compones sin dárselo a nadie? Porque no hay nadie mejor que tú para decirlo.

Y fue un descubrimiento, porque rompió su habitual timidez, que aún se ve que le ocupa, y saltó a la gloria. Sí señor, cantando a su manera, cuerpo a cuerpo, cara a cara, diciéndolo más que cantándolo, con su guitarra en el regazo como quien acuna a una niña que ha nacido de su propio amor con esa dama que es la vida.

Escribió, ganó premios y se hizo rico merecidamente. Se convirtió en un ídolo de verdad, de los que perduran no solo en España, su España, y en América, donde yo le he visto llenando, dando lo mejor de su árbol, del árbol de su apellido, las peras, dulces y amargas, duras y tiernas de su sentimiento más verdadero.

Lo que canta, lo que dice, es lo que siente. No necesita que yo ahora después de tantos y tantos blogs ajusten cuentas, cincuenta como poco por año y van ya no sé cuántos.

Yo no tengo que acudir a Wikipedia que, a veces, las cosas como son, tanto me ayudan. Yo quiero narrar aquello que he vivido en mis propias carnes, como ese viejo  fotógrafo que va por los pueblo haciendo retratos al minuto, de bodas, bautizos y entierros, pero dando fe en documentos gráficos de aquello que ha podido compartir con los demás, como esta gloria de nuestra música, de nuestro arte, que se llama José Luis Perales.

Hoy, por ejemplo, vuelve a ser noticia en todos los sitios y siempre, siempre, volvió a sus raíces, íntegro, luchador, sencillo, de pana y oro.

Pese a que se vaya del escenario, nos deja su romance de la vida, cronista de España, agricultor de la palabra capaz de haber hecho, por ejemplo, Marinero de Luces, que hizo aún más grande a la Pantoja y la convirtió en ese mar llamado libertad, más grande e inmortal.

Nos queda su música, que ahora nos va sonar, a sentir, mejor que nunca.

Gracias maestro.

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