Antonio González, 20 años sin ti

Desde hacía mucho tiempo se estaba muriendo, desde el día en que se fue Lola Flores y la noche en que su hijo, Antonio, se fue detrás de su madre. Desde aquellos tiempos ya no era el mismo.

Hoy, en este día tan invernal escribo en homenaje a Antonio González, esposo de aquella mujer que por sí sola, brillaba como una estrella, Lola Flores. Personalmente, nunca le llame “el pescailla” aunque ese fuera su nombre en la historia de aquellos días y, sobre todo, de aquellas largas noches en las que era la sombra de una de las mujeres más asombrosas que ha tenido España a la que yo tuve el gusto de conocer. Escribí de su mano y de su alma y de par en par en sus memorias, ese libro que hoy en día, ya no se encuentra.

La suya y la de Lola fue una profunda historia de amor de esas de romance antiguo, de copla. Cuando Manolo Caracol contrató a Lola para que la acompañara por una gira alrededor de España, México y los fondos de América nació una llama entre ellos. Para ellos nada era difícil, por nada fácil que pareciese. Se quisieron pronto y se casaron cuando les fue permitido por el tiempo y por la vida. Antonio era un extraordinario guitarrista del cual Lola, me habló en su día incluyendo el maestro Andrés Segovia, cuando el rey Don Juan Carlos le hizo marqués de Salobreña.

Viajando hasta ese pueblo bellísimo, marinero, aquel día inolvidable donde se debía de tomar posesión, yo le quería conocer y acompañé al maestro hace no sé cuántos años. Me hablaba con cariño, respeto y admiración  de dos grandes guitarristas del flamenco entonces, que eran el maestro habichuela de Granada y el joven gaditano de Cataluña, Antonio González. Apoyado en su bastón en la ribera del mediterráneo me dijo:

  • Mucha gente cree que se trata solo del marido de Lola Flores, pero no, es mucho más, aparte del inventor de la rumba catalana, es uno de los grandes con talento y con eso que le llaman duende, y que no es otra cosa que la inspiración, de la guitarra gitana.

Y era verdad. Yo pude comprobarlo, incluso en la humildad del genio, lo he contado muchas veces, cuando a la hora de la siesta, se acostaban tarde tras las noches del tablao, y la cita era si coincidíamos los dos, que yo también entonces andaba con la tele de la ceca a la meca, tanto que un día dijo Lola, en un teatro de Madrid, cantando aquel día con Rocío Jurado:

  • Está escribiendo mis memorias, Tico Medina que siempre está de viaje, es como el Cristóbal Colón de ahora. Pero si se cree que yo me voy a morir antes que él, que sepa que está equivocado. Y, recalcó con entusiasmo ¡a ver cuándo las terminas hombre de dios, que llevas ya no se cuanto tiempo escribiendo ese libro que no terminas nunca!

Yo tengo esa grabación. Bueno, pues, cuando Lola despertaba y se tomaba un cafelito negro, “más negro que mi conciencia” me dijo un día, mientras encendía un cigarro:

  • A ver, dime por donde empezamos, que tú llevas la cuenta, así que pregunta. Pregunta que lo peor no es una buena pregunta sino una mala respuesta.

Y entonces, en aquel momento, como si fuera el fondo musical de una copla verdadera, sonaba una guitarra al lado, cerca, muy cerca. Era su marido, que ella decía “mario” con acento en la y que es mucho más fuerte, más  verdadero, mas  nuestro. Era, por supuesto, Antonio González, que ensayaba al otro lado de la puerta entreabierta, elegante, dentro de una bata de seda  anudada a la cintura, peinado, con su brillantina puesta. Gloria bendita, mis lectores de medio mundo. Incluso hoy cuando hacen que me asome, a las cintas aquellas, como el otro día hablando de Lola para Canal Sur, en  un programa recordatorio, se escuchaba al fondo, la guitarra de aquel hombre, gitano de ojos verdes, del que ella se enamoró nada más verlo “a primera de cambio “y aunque sabía que su familia, como era catalana, donde hay muy buen flamenco, entonces era Peret hoy en día es Rosalía. De inolvidable recuerdo, no la quería. Incluso estuvo a punto de haber un brillo de navajas, como en la película  de los Tarantos, que escribió el gran  guionista Alfred Mañas que fue muy buen amigo y con el que escribí aquella película par Antony Quin, “El cura Merino” que nunca llegó a ser cine y que todavía guardo por si acaso algún día Netflix quiere comprarlo.

“Me casé con el porque le quise desde el primer día. Era muy guapo, guapísimo” me confesaba Lola en su casa de la calle María de Molina en Madrid con esquina a la Castellana. Y, fíjate si te digo  la verdad, que vestido de soldado y cuando estaba en la mili, hacían con su retrato una tarjeta postal, el de militar. Precioso, con la mano puesta encima de un sitio donde había una maceta con unas flores secas.

De vez en cuando solía mandarle estos versos a Lola Flores:

“Si yo fuera Alfonso trece

Te regalaría un palacio

Porque tú te lo mereces

Pero como no lo soy-

Y te mando esta postal

Para que pases tu día

Con toda felicidad”

Y además, don Antonio González, que merece el don, desde siempre, aparte de que era un señor en su vida natural, aunque siempre al lado de un ciclón como Lola del que había escrito el gaditano José María Pemen.

“Torbellino de colores

No hay en el mundo una flor

Que el viento mueva mejor

Que se mueve Lola Flores”

Cuando se nos fue Lola y poco después y de aquella mala manera su hijo Antonio, el patriarca de la casa se fue apagando poco a poco. Murió de un cáncer de hígado en su casa del Lerele de Marbella, cuando todavía era de ellos.  Hizo alguna película con Lola, su esposa la cual le hizo vivir un gran sueño. Se casó con ella por la iglesia, algo que siempre deseó aquella mujer de la que todos los días hablo, escribo y, sobre todo, siento.

Hoy, hace ya algunos años que se nos fue don Antonio, veinte para ser más exactos. Habría querido escribir sobre ese gran actor americano que cumple los 45 pero era necesario escribir sobre Antonio, que vive en los recuerdos. Y, porque va ligado a Lola, cuyas primeras memorias escribí para ¡HOLA! Porque así me lo pidió don Antonio y también doña Mercedes, a los que hoy más que nunca tengo muy presentes.

Adiós don Antonio, te recuerdo, en el contraluz de tu casa de Madrid, guitarra al brazo, caballero de la música y de la noche, viejo amigo, aguantador y profundo, que abrazabas la “sonanta” como decís los gitanos,  y que tanto  grabaste. Tatuaste en la masa de la sangre, de una familia de artistas,  geniales, como  tu hijo Antonio y como tus niñas Rosario y Lolita que aun dan luz y vida a tu memoria.

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