Antonia Dell’Atte resucita, aunque la verdad es que nunca se había “muerto”

Perdonen por la palabra “muerto”, por es más bien una metáfora. La Dell’Atte es guapísima y tiene, por si fuera poco, los ojos de color azul de mar, que no los tiene todo el mundo.

Parece que se ha ido, pero es que a ella le apetece. Además le sienta bien, porque siempre cuando “resucita” es que está en su mejor momento y, como si acabara de aparecer en escena, y eso que está cumpliendo, creo, cincuenta y nueve años, que aunque a veces se le nota es para bien.

A mí me gusta mucho verla porque siempre produce noticia. Demuestra a las claras que una modelo, aunque ella dice ex modelo, debe ser algo más que un bello cuerpo maniobrando en la pasarela, una maniquí de impacto, debe tener contenido. Perdonen la redundancia, ya que soy académico de varias academias y a veces suelto un palabro que no hay quien se lo salte.

Lo cierto es que Antonia Dellate cuando dice “aquí estoy yo” es capaz de quemarse viva en su propia hoguera, por ella misma alimentada. Valientemente, eso sí, mirando a la cámara desde su mirada maravillosa como una nueva y ardorosa Juana de Arco de la televisión, que ella maneja muy bien. No es fácil porque pertenece a la escasa tribu mediática, que es capaz de saber y conocer el gran secreto del plató, con acento en la o, y que es el saber como nadie “que la cámara te quiera”.

La italiana, la más guapa en la geografía desde que se retiró o medio de esto Lucía Bosé, que acaba de publicar sus memorias bajo el resplandor de su corona azul. La geografía dorada, es nuestra Antonia de hoy a la que no veo, así cuerpo a cuerpo, desde hace no sé cuanto tiempo, pero a la que recuerdo mucho porqué siempre fue atenta conmigo, atenta digo, porqué cada vez que le pedí una entrevista, sobre todo, para Hola, ella estuvo cerca, más que por mí, ya lo digo.

Ella sabía que Hora era y es Hola.  La ayudó mucho en su llegada a Madrid cuando Lequio, que sigue cada día con Ana Rosa, ganando en audiencia, opinando y, sobre todo, manteniendo el tipo. Tratando de arreglar el mundo, desde su discutida postura, pero ahí, con gesto de padre, casi de abuelo, pero sabedor de la ciencia de los medios,  inteligente y maduro, también capaz de sostenerse ahí, en ese lugar prodigioso al lado de una maestra como es Ana.

Quiero mucho a Ana y la veo, aunque a esa hora este servidor está a lo suyo, entre otras cosas, escribiendo este blog para los martes, como hoy que acudo a la inmensa, constante, inapagable presencia de Antonia, que hace la cocina frente a la cámara de Masterchef, arrebatando a la audiencia, haciendo de las suyas, capaz de mucho más que a muerte, a vida con Ana Obregón, demostrando que ese combate ya cuerpo a cuerpo que parece que terminó con un abrazo y un beso. Alcanzó límites de audiencia como si no hubiera otra batalla que sea, cuando el mundo está siempre y más ahora enfrascados como estamos, en tantas contienda bélicas que no hay mas que ver los periódicos o los telediarios de la mañana.

Esta mujer, italianísima, que, sin embargo, creo que tiene casa en Madrid, aparte de aquella torre nobiliaria, que creo que reedificó en su tiempo, más o menos donde vino al mundo y de la que Hola, retrató sus cimientos con ella, de perfil, con una de esas monedas imperiales que a veces encuentra uno en el sur de España porque nuestra base es romana.

Tiene, como todo el mundo sabe porque ella da siempre noticia, que lleva el apellido Lecquio, con el que estuvo casada en su tiempo. Además, ha sido noticia por muchas otras razones. Siempre buena, pero que ella nunca ha escondido, porque nunca emerge del olvido, siempre en pie, mirando retadora a quien venga  llamar a su puerta.

Es espléndida de figura y ahora en el Master se le ha visto lo que es capaz de ser en los fogones. De la misma manera que cuando aparece en una escena, encendiendo los fogones de la actualidad, conociendo como nadie los secretos de la pizza, por dar solo un plato y, sobre todo, dando lustre a su trabajo.

Hace tiempo que no la veo, insisto así, pero en la tele, solo cuando ella sale en esto de la cocina me avisa mi esposa, a la que se la presente un día en una cafetería del barrio de Chamberi, donde tienen ustedes su casa.

Es, no digo guapa, ni hermosa, que también, sino eso que se llama una dama bella, muy bella, en ese otoño, nunca mejor dicho, y más en noviembre como estamos en el que la mujer reposa su sereno perfil y se acerca más a estatua de Leonardo, encontrada en un viejo palacio de Florencia esa ciudad inolvidable donde yo estuve dos veces y siempre por causa periodística.

Aquel viaje hasta aquel lugar donde hablé con los marqueses en cuya casa se encontraban, no voy a dar más detalles, el príncipe Carlos de Inglaterra y la que es hoy su esposa cuando aún vivía, como les digo, la princesa Diana, su esposa en aquella sala única donde en el techo había ni más ni menos que un apunte de Da Vinci.

Como les cuento y, también debo decir, porque a ver qué sería de mí, si no les contara algo de mi vida pasada, que mi pasado es mi futuro, y donde visité a la gran Oriana Fallaci.

La impresionante periodista, la de tan grande secreto que ya les contaré otro día y que, cuando me recibió en Italia, en su casa frente a las colinas verdes del vino chianti, ya estaba herida por el cáncer, que consiguió derrotarla, en el momento más grande de su vida como periodista, como corresponsal de guerra. Conviví más de una vez con ella, nos enseñó tanto a todos los que en este oficio estamos, entre otros un servidor que tiene algún libro de los que ella escribió, como aquel  en el que contaba su entrevista con la Duquesa de Alba.

En fin, que me alegro mucho de volver a  saber de ti, siempre valiente, decidida, a no convertirte solo en leyenda. Ya me dijo María Félix un día en Acapulco,aquello de “no me llame usted leyenda, joven, porque eso suena a muerto”.

Más viva que nunca con su resplandor de siempre, La Dell’Atte, con dos eles, no te olvides, está más fuerte que nunca. De lo que me alegro tanto, señora, ya sabe donde tiene usted, con permiso de mi santa, en Chamberi su casa. Y sino, donde usted quiera y donde quiera, a ver si tengo suerte y me asomo al azul de los océanos de sus ojos, aunque como nunca aprendí a nadar pese haber sido pirata “pata de palo” de tantos mares, igual naufrago de nuevo. Merecería la pena.

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