Julio Iglesias cumple años. 76 otoños entre el cielo y el infierno

Es el título de mi libro, las primeras memorias escritas, dedicadas y autorizadas hacia uno de los grandes de este país, un genio. Porque sí, pese a quien le pese, Julio Iglesias es un genio. El mismo Julio Iglesias relata que “su relación con España está mediada entre el amor y el odio” – cosa que, en nuestro país, ocurre generalmente. Y esto no es algo que venga de ahora, sino que tenemos una larga tradición detrás ya que, en nuestros genes, hay más de cuatro sangres distintas entre las que destacan la judía, árabe, cristiana e incluso más antiguas como la romana, la fenicia, la cartaginesa o la tartesica entre muchas otras.

Pero a lo que voy, hoy es su cumpleaños. Y quería hacerle un homenaje. También, he de aclarar algo, estos días se está publicando un libro no autorizado sobre Julio Iglesias donde, en sus setecientas cincuenta páginas, se recoge con cierta fidelidad gran parte de su vida, sus mayores logros, el éxito en la música que no mucha gente ha tenido, sobrevivir al dolor físico tras un accidente que le pudo causar la muerte, su sueño de ser titular de su equipo de siempre, del Real Madrid. Todos estos detalles ya se conocen, se saben. Por eso, yo quería marcar la diferencia.

He pasado muchos meses a su lado, siendo su sombra en todo lo que hacía, escuchando todo lo que iba narrando, cuerpo a cuerpo, alma con alma. Sentí lo que el sentía y viví lo que él vivió. La empatía causó en mí el saber de su dolor insoportable, su difícil equilibrio físico, su medicación, sus vistas al quirófano y la capacidad de aguante que tiene a pesar de todo. Pero, pese a todas las dolencias, cabe destacar la privilegiada mente que tiene Julio Iglesias.

El otoño ya ha llegado, y hay que destacar  que, la estación de las hojas secas es una época mala para Julio Iglesias por los cambios de tiempo. Por ello, Miami se ha convertido en el lugar donde refugiarse y yo, con él. He pasado tanto tiempo a su lado en la habitación número cinco de Indian Creek que hasta la echo de menos. Cuando iba allí, ocupaba la habitación de al lado de la piscina interior, la cual siempre estaba en su mejor temperatura.

En este relato sobre Julio Iglesias debemos (debo) destacar a Miranda. La mujer que llegó a su vida para cambiarla y ser la madre de sus últimos hijos. Miranda es la mejor lotería que le ha tocado en su intensa, hermosa y tremenda vida.

Miranda ha sido su suerte, y con ella, podrá celebrar su cumpleaños en cualquiera de sus casas. Las tres las conozco muy bien, la de Miami que aún sigue teniendo, la casa de la República Dominicana que es una delicia y, la última pero no menos importante, la de Marbella, es uno de los rincones en los que mejor esconderse y relajarse porque no pasan tantos turistas, una casa preciosa entre encinas y palmeras donde según dice la gente “tiene un gallinero que el mismo cuida y, donde las gallinas, tienen el nombre de alguna de sus canciones” – rumores falsos que la gente propaga ya que, conociendo a Julio como lo conozco, ese es un hecho falso. Tanto es así, que un día cuando llamaron a Julio para preguntarle sobre algún aspecto de su vida dijo que era mejor preguntar a Tico Medina, el servidor que más sabe sobre la vida de Julio Iglesias.

Hace ya unos cuantos otoños que hemos perdido el contacto, pero solo hablo del físico. Entre nosotros dos hay tantos secretos no contados, tantas historias vividas que hay días que aún recuerdo cuando el “monstruo” me decía que no sabía el camino por donde estaba volando. Que podría estar en cualquier sitio.

Todo esto dicho antes, es para felicitarte Julio, mi viejo amigo. A pesar de tanto y de todo, seguimos unidos. Tus hijos han crecido y están fabulosos, las niñas, ya me contarás sobre ellas y, como observo, sigues fiel a las portadas del Hola, sigue siendo nuestra revista de siempre, la de toda la vida. Adelante con todo, por encima de todo y pase lo que pase.

Enhorabuena por tus logros, tus metas, tu libro, la nueva serie de televisión donde se narra tu vida. Y, recuerda aquella conversación que tuvimos un día:

  • Vale, entre el cielo y el infierno, hay un lugar que, según creo es el purgatorio, ¿no?
  • Claro que sí, por supuesto
  • Vale, pero que nadie se crea que es el limbo. Porque yo, en el limbo no estuve nunca

Y, hasta hoy, felicidades con los tuyos, mi viejo amigo. Un amigo del que tanto aprendí a lo largo de tantos años, entre otras cosas de tu enorme capacidad de supervivencia. Porque sí, perteneces a la categoría de los grandes, pero grandes, grandes de este país. El viejo rey debía haberte hecho, como poco, Marqués de Iglesia por tu devoción y amor por España.

Te has hecho millonario a base de esfuerzo, arriesgando que eso nunca se cuenta. Me has dejado dormir en la habitación cabaña que usaron días antes los Clinton. Todo eso y más, tú última atención conmigo. Cabe decir que solo te traicioné una vez y lo he contado muchas veces. Aquel día que, viniendo de San Francisco camino a Madrid, y directo al Hola, llevaba la cinta con lo primero que estaba grabando tu hijo Enrique que, por encima de todo es muy bueno pero siempre será el hijo de Julio Iglesias.

Y, recuerda aquel día en Miami cuando me preguntaste aun sabiendo de donde venía:

– Y que, ¿qué tal? ¿Cómo canta, canta como yo?

– Como tu nadie, canta distinto

En ese momento me diste tu mejor vino, como siempre. Creo recordar que fue un Domani de la Romanée – Conti excepcional, junto a aquella tortilla de patatas y esas lentejas que hizo tu buena cocinera dominicana.

Siempre llevas a España con los cinco sentidos estés donde estés. Incluso en las alturas cuando, aquel día que volvíamos de Japón y sentado en chándal, en el asiento de tu avión, mirabas con pasión por la ventanilla mientras leías con intensidad aquel libro que contenía varias obras del Greco, ¿recuerdas?

Y, todo lo vivido, parece que fue ayer. Da un beso enorme a Miranda, a la que siempre admiré y quise tanto, y a tus hijos. Y, sobre todo, tira a por los setenta y siete, pisando las hojas secas de tu pasado en este octubre tan lleno de problemas. Te envío un fuerte abrazo y este beso en la mejilla como aquel que me diste el día que nos despedimos sabiendo los dos, en República Dominicana, que no volveríamos a vernos. A vernos no, a ser amigos siempre. Tú sabes bien que te sigo queriendo, macho. Aunque ahora sea una palabra maldita en desuso.

Nos vemos viejo amigo, que yo ya he pasado la barrera de los ochenta y cinco.

 

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer