Princesa Ira de Fürstemberg: aquellos días en Biarritz

No todo el mundo puede decirlo. Me emociona, me alegra el poder recordarlo. Sobre todo hoy, cuando compruebo que no solo sigue en la actualidad plena, una de las más hermosas mujeres que uno ha conocido a lo largo de su larga vida; sino que sigue ahí: en pie, bellísima, y valiente, como siempre. Yo diría después de leer la noticia, que más fascinante que nunca.

¡Hola! me encargó hace ya algunos años escribir de la vida de la Princesa Ira, nacida Virginia Carolina Tehara Pancrazia Geraldine Zu Furstemberg. Hija de un príncipe, de los de verdad, alemán; y de una dama importantísima, como lo fue la Agnelli, emperatriz de los automóviles de la Fiat, leyenda desde el mismo día que vino al mundo en Rima, en el mil novecientos cuarenta. No es necesario que justen cuentas, Ira mejora con el tiempo, se hace más diosa aún en su humildad, que la tiene y que ejerce, aunque es una de las damas más importantes, no solo bella, que uno ha conocido, insisto, a lo largo de su vida.

Cuando ¡HOLA!, hace años (no hay mas que buscar en la hemeroteca de nuestra revista) me encomendó, la no fácil tarea de hablar con esa mujer, esposa del que fue príncipe Alfonso de Hohelnlohe, poco después de aquel brasileño, bellísimo, etc, etc… A lo que voy: quedamos en vernos en un sitio neutral y único, las cosas como son. Fue en Biarritz, en aquel hotel junto al mar, cantábrico, fuerte y hermoso, que había puesto en pie un ciclista francés basado en la toma de aguas casi milagrosas, dulces, frente a las otras aguas formidables, a veces feroces de la costa francesa.

Encima estaba en pie, romántico, digamos que retador, aquel palacio (entonces ya hotel) que el descendiente de Napoleón levantó enamorado para su ardiente amor, Eugenia de Montijo, mi paisana granadina, nacida en mi barrio de la Magdalena, cuya casa estaba cerca de la mía y dónde jugábamos de niños a la puerta de la parroquia donde estaba esquina a la calle por donde pasaba el tranvía de entonces de la calle Alhóndiga, “Aquí nació Eugenia de Montijo Portocarrero, que llegó a ser “emperatriz de los franceses” decía la lapida, que aún pervive en la calle Gracia de Granada…

Bueno, pues al pie de aquel palacio excepcional, todas las mañanas junto a la ola brava, llamaba a la puerta de mi apartamento aquella hermosa mujer aún envuelta en su, como antes se decía, alto de cama. Con ella, aquella dama preciosa y formidable, una botella de agua de las que obligaba la dieta de la casa y hablábamos. Yo tenía quizá veinticinco años menos, lo cual era una fortuna. Charlábamos hasta la hora de mediodía cuando la princesa…

-¿debo decirle alteza?

-ni mucho menos…

-entonces tal vez princesa…

-tampoco, aunque lo soy heredada del titulo de mi padre. Llámame sencillamente Ira.

Y así fue, nos hicimos creo que amigos. Total yo tampoco era su confesor, ni mucho menos; si acaso un experto más o menos reconocido de escribir las historias de personajes famosos, importantes, populares, para nuestra gran revista. Ella, sin embargo abrió su corazón y me contó de todo o de casi todo, incluso me descubrió cosas, que sin haber llegado a un acuerdo (en eso, yo callé entonces) les puedo decir, que ni recuerdo… Dado el tiempo que ha pasado lo que si puedo descubrir es que el capítulo aquel de Pigñatari, el brasileño guapo que le cambió la vida (más a él que a ella, sin duda) me supo a novela de valor, también de amor reconocido del que ella fue valerosa protagonista.

-la verdad es que soy bohemia, soy como una gitana de lujo que le gusta vivir la vida.

Y a tope, como acaba de hacer ver en ese último libro (por ahora ya a escrito varios) en el que demuestra cuando de verdad la llamada jet society, de la que ella fue gran protagonista (y lo sigue siendo), acabó como el rosario de la aurora según ella misma demuestra en el libro que acaba de presentar junto a su hijo, formidable personaje, (hijo de dos leyendas) que aún continúa dando lustre con su vida y su trabajo al lugar que en su día inventó su padre: aquel príncipe Don Alfonso del que escribí sus memorias cinegéticas. Por cierto un no publicadas que me contó a lo largo de unos días de confidencias, bebiendo de su vino del cortijo bellísimo de las Monjas, en la Serranía de Ronda. Hablamos por ejemplo y me gusta recordarlo, en aquella habitación del hotel sobre el Tajo , en la que había escrito sus mejores versos el poeta Rilke, que como ustedes saben y si no yo se lo cuento, murió por que se le infecto el pinchazo de una rosa…

Hablamos en Biarritz, donde a veces paseábamos por la arena de aquella playa inmensa, en invierno, solo hollada por las garras de las gaviotas, y después terminamos de todo, en el hotel aquel de Venecia, el mejor sin duda sobre los canales donde yo me hospedaba y donde ella llegaba misteriosamente también, empujando una puerta secreta que la unía con su palacio familiar…

Ha sufrido lo suyo y ha embellecido en el dolor, que no hay más que verla. Conoce la verdad de los cinco sentidos, escribe con gracia y desgarro, dice las verdades en la cara, dicen que le vendió una sortija de no se quién a no se cuándo, y tiene según cuentan, una hermosa casa palacio en el Madrid de los Austrias. Ha vivido intensamente, yo diría que a tope, y cuando ella ha querido (como cuándo se le fue su otro hijo, tan lejos, tan tristemente), ella ha sabido en el luto como en el oro, mantener su dignidad intacta mirándote a los ojos, valerosa, siendo y sintiendo. A veces compruebo no que está en pie, sino que está mejor que nunca porque ha mantenido tanto en sus gritos (muchos) como en sus silencios, su actitud, de victoria aun en la propia derrota. No se si tiene una calle en la Marbella antigua que lleve su nombre, pero si me atrevo a pedirlo con toda la fuerza de mi viejo oficio.

Su resplandor permanece por allí por dónde pasa. Buscaré su libro en las librerías de lujo donde se encuentre, me dicen que lleno de fotos de aquella vida en la que ella fue emperatriz, dueña y señora. Le envío un beso desde estas páginas que circulan por todo el mundo, y estoy dispuesto a invitarla a cenar, en Casa Lucio, que por cierto, acaba de publicar el libro de su vida, escrito por mi compañero Alberto Vázquez Figueroa. Mientras tanto este puñado de palabras como si fueran las flores de Poseidón, que nacían entre las rocas de aquella ciudad imperial, en la que ella, como corresponde a una reina siempre en el exilio por su propio deseo, en la que
me contó parte de su vida.

¡Te recuerdo mucho y bien, Ira, siempre, sin ira!

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