María Jiménez: ¡Qué sabe nadie!

Le acaban de dar el alta a doña María Jiménez, y su sonrisa al menos en eso que se llama los confidenciales compruebo que ha vuelto a abrirse. No sabes cuánto me alegro María de Sur, del sur del sur que no hay más que mirar donde descansan tus huesos y también tus carnes, también, después de la larga lucha.
Otra pelea más con la vida, querida María Jiménez, inmortal criatura, andaluza genial, entre las geniales que por serlo mira que hasta cantas a Sabina, que ya es decir, mejor que el propio Sabina.
Cuantas veces, pero cuantas, a lo largo de tu vida, de tu difícil vida, más has dicho eso que hoy titula mi regreso a la vida.
¡Qué sabe nadie, que sabe nadie Tico Medina!
Por qué me lo has dicho y perdona que acuda a la memoria por que en muchas ocasiones, como esta, la memoria es el dolor, sobre todo en aquellos días de hace ya tantos años, muchos peor no demasiado como para que el recuerdo escape de tu vida. Cuando aquellos días oscuros, terribles, en los que yo subía hasta tu casa, siempre original, bohemia, de las afueras de Madrid para que me contaras, para que echaras fuera todo lo que dentro te ardía. Tus primeras memorias, que mira ti las tengo conmigo que están grabadas en las viejas cintas inolvidables, secas, por las que no pasa el tiempo, y que me acompañan a mis ochenta y cinco años de contador de historias, de coleccionista de las vida de los demás, tantas veces contadas tantas veces cantadas y tanta veces, también gracias a Dios, olvidada.
Pero no por ti, cuando día tras día, hablábamos cuerpo a cuerpo, boca a boca, cercano el adiós de tu niña, la niña de tu alma, adiós en aquella recta del kilómetro cien cuando escapaba de ella misma, sin saber cómo decía sor Juana Inés de la Cruz y también Santa Teresa, que no se puede huir de uno mismo, porque uno siempre va contigo.
Pintabas entonces, cuadros feroces, con la sangre de tus venas, y había soles de fuego, barrancos oscuros, María Jiménez, entonces abierta María Jiménez, que hasta me diste, recuerdo y lo cuento casi siempre, como un hecho inolvidable como hacías de niña en tu terraza del sur, aquel jabón Lagartto, que también hacia mi madre en su torre de Granada con la Alhambra al fondo. Con aceite de oliva, y mucha muñeca, María Jiménez, vida mía, cuando iba rompiendo grano a grano la granada de dolor que era tu corazón roto. Así que te conocí en profundidad siempre llorando. Los ojos como dos heridas, la ojera hasta el ombligo, en el momento más verdadero y más terrible de tu vida, que nunca fue fácil, aunque por tu alegría contagiante siempre, pareciera.
Y después de aquella larga confesión, que está en la ‘holateca’, varias semanas seguidas, mira por donde no se si por casualidad o por causalidad, va y me pide ¡Hola!, que me vaya allí donde esta Pepe Sancho, tan cerca siempre de tu vida, tan lejos también a veces, a veces más lejos cuando estaba a tu vera que cuando no estaba, y que allí diera cuenta de una nueva historia de amor.

-¿Pero qué me dices jefe?
-Porque aunque no te lo creas que se va a casar de nuevo María Jiménez, esa María, que a ti te gusta tanto, contando y cantando.
– No me lo puedo creer director.
– Pues menos cuando te diga, que va a volver a casarse con Pepe Sancho.
¡Qué fino es el hilo que separa el amor del desamor! Pero hasta en eso era genial, es genial, esta mujer imposible de imitar ¡y allí que me fui, a casarla, si a casarla porque yo fui testigo oficial, el único testigo, de aquella boda por lo forestal podríamos decir, en aquella selva de Costa Rica, porque allí estaba entonces, el buen actor Pepe Sancho, haciendo una película del descubrimiento de, con el director Carlos Saura.
Y allí la casamos, bueno, es un decir, en una tarde de lluvia feroz, de calor asfixiante, y allí se dieron el sí, entre hamacas, y ornitorrincos, y allí volvieron a encontrarse, por poco tiempo también es verdad, según el almanaque aquellos dos seres humanos, que se habían tenido las lágrimas amargas de una separación angustiosa, también es verdad que necesaria, y luego habían vuelto a encontrarse, que historia más grande es la vida de cada uno, no hay novela más grande que el de la vida misma, que dijo alguien, y bien que debo decir, que Jesús Carrero, fue el magnífico, como siempre, fotógrafo, de aquel largo momento inolvidable, y cuando vino la noche en aquel lugar casi imposible de contar, en aquel paisaje fascinante, cada uno volvió a su trabajo, a su camino, a su existencia…
Y María, pronto en solitario, que es cuando es más fuerte volvió a aparecer como siempre, naufraga de su propio barco, mas amante que amada, que es una condición del amor, a veces sola, a veces bien o mal acompañada, cantando, haciendo un disco, contando minuto a minuto, quizá para seguir viviendo, sobreviviendo, lo que fue, lo que ha sido, lo que es su inmensa vida.
Siempre en ella, al final, en el suspiro cuando saca el pañuelo del bolsillo, cantando en este momento mejor que nunca por que la habita y ahora más que nunca el duende de su raíz flamenca, blanca la raíz de su pelo, su sonrisa, a ratos como quien lleva un cuchillo entre los dientes, que solo la tienen, aquellos que a veces tienen hambre mas de pan de amor… como diciendo, de nuevo resucitada, puesta en pie por el destino, cerca ese hijo guapo que la acompaña, que es su voz y es su sombra, su buena sombra y siempre como diciendo, despatarrada, en el tablao de la tele, de la radio, del teléfono lejano, del mira por dónde…
-¡Qué sabe nadie!
Por mucho, lo que cuenta María, querida María, que el otro día pedí un aplauso para ti en mi programa, todavía de Canal Sur televisión, Aquí Y Ahora con Juan y Medio, uno de los que más audiencia tienen, y la gente te aplaudió sin parar un largo minuto. Y además, se puso en pie.
Por eso, María Jiménez cuando hoy mismo, los periódicos avisan que ya te han dado el alta médica después del largo jamacuco que a poco te lleva por delante, te quiero decir, que te necesitamos, y más que nadie yo; cantes, pintes, vals en soledad, porque te he conocido en dos momentos importantes, y en profundidad tu vida, que ya también es la mía. Entre el amor y el desamor, que son las dos costuras de tu cuerpo gitano. ¡Qué sabe nadie de verdad de ti, María Jiménez, déjame que te lo diga otra vez, vida mía!

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