Carlos Herrera, de hierro y jazmín

Es mucho más, pero que mucho, más que una voz. Es un sentimiento, más que un pensamiento incluso, más que el primer comunicador de España. Así lo ha proclamado la voz de la calle, ese sonido de las cuatro esquinas de la vida. La radio, ese pájaro en el hombro que te acompaña siempre, en la alegría y en la tristeza, el talante y el talento, una manera de ser, una elegante y férrea forma de estar; el contador de amaneceres, anotador de las noches que bien quisiera yo que no se viera que es mi pasión agradecida la que de él habla, desde su agradecimiento y su escuela.

Claro que es lo que yo digo, si como dice tantas veces, y lleva toda la razón del  mundo. Hizo la mili en ferrocarril,  debe de darle importancia al que, como yo, viaja en el último vagón del tren de cada mañana en la Radio Cope de los viernes a última hora,  a eso de la una menos cuarto más o menos, cuando uso- y a veces abuso incluso- de esa cuestión de hacer el farolillo rojo de cada semana. Carlos Herrera, que conoce el secreto de las grandes verdades, de la lagrima, la sonrisa, y que es capaz de crecerse tanto, de sobrevivirse, a sí mismo, porque cada día se quema en la brevedad de un fosforo que va y se fuma un puro, a ser posible de los mejores, y que le da la vida  a pesar de que un día le enviaron la muerte dentro de una caja de humo de parte de ETA que quería callar su voz para siempre, porque su palabra tenía la diana segura de la justicia y el grito.  Sabe mucho de la copa, de la Cope y de la copla.  Escribe como los ángeles, pero ya es hora de decir, de los ángeles que escriben, y los viernes en el ABC, pone firma a su palabra consciente como es de que la palabra a veces se la lleva el viento de la mañana. Los domingos también escribe  en el cuadernillo aparte donde cuenta de los cinco sentidos que sabe contar como nadie, crónicas de viaje, las tres  cosas de la vida: salud dinero y amor. Que el que tiene esas tres cosas tiene la gracia de Dios.

Es de Almeria y a mucha honra. De las cuevas de Almanzora, donde nació el poeta Villapesesa,  médico del cuerpo con su diploma de oficicio, que además ejerce siempre que puede dando una receta de optimismo y de verdad. Además recriado en Cataluña, de lo que se muestra orgulloso y siempre que puede lo demuestra, hablando la vieja lengua que maneja con la destreza de una rosa o de una espada, de una espiga, de  una solea o una sardana, que son dos cosas iguales solo que dichas en distintos sitios. Marismero que tiene su casa abierta  donde se crece Doñana. Casero de varias casas y todas al mismo tiempo, desde la de Sevilla, la Giralda compañera desde Almonte, rociera, que la Virgen de la Encina, vuelve levemente su cabecita bellamente bellotera al paso de ese hombre en la terraza que da cuenta, hora, historia y recogimiento cuando a la altura pasa de su terraza, sal y sol, las dos verdades. Conocedor de la profunda filosofía del pan y del vino, escritor muy bueno al que le tengo tanto agradecimiento, aparte de porque me da sitio en su tren, porque me da pan para mis nietas, una de las cuales va y se llama Macarena. Un día cuando yo daba el pregón de la fiesta del Corpus, en Granada- ay mi Granada- escribió una  columna en el diario El Mundo que se convirtió para mí en un templo de la metáfora y la lealtad a toda prueba.

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Se que tiene querencia por mi geografía y a veces recuerda viejas palabras mías, que es seña de que me tiene al tanto, lo que es de agradecer y mucho cuando la flor del olvido, la hiedra de la nostalgia anida en el viejo ladrillo nazarí de esta torre de arena, de harina, de orina, en la que ya a este cuerpo herido, se ha convertido. Herrera, juego de tronos, de trenes, nunca mejor dicho, de trinos, Tiene un zorzal que es el pájaro del olivo en la voz, juego de tromos,  devoto de la Semana Santa, que en su palabra es distinta siendo la misma, cronista de la feria más grande que es la de abril de Sevilla, donde él de por sí ya es una caseta, aunque solo vaya de paso, lo que pasa es que es de pasodoble, querido Carlos Herrera, Mariló a la que quiero tanto que cada día  se pone el mundo por Montero, padre de Rocio, esa niña linda y seria, que  cuando pasea por la Quinta Avenida de Nueva York,  hace que la gente vuelva la cabeza a su paso, cosa que no ocurría y que yo viví en mis propias carnes, ya más bien mis propios huesos, aquella tarde de abril con Nati Abascal, grande entre las grandes, que convertía la primera calle del mundo, después de la de las sierpes, en su propia pasarela…. Y el chico, que ha heredado de su madre y de su padre, niño de las dos leyendas, lo mejor de cada una. Hoy he querido en este blog, que leen millones de personas con el tatuaje de ¡HOLA! en todo el mundo, seguir en lo mío, en lo último que me queda,  trilero de las palabras, cuando a veces solo me siento ya, maquillador de cadáveres,  y a lo que iba, que muchas feicidades ya sabes, aunque gracias a ti me permites que sea, buscador de placentas tiritantes, en los vertederos de la memoria.  Perdona pero es que se me ha ido el santo al cielo. Y dale a Naranjo, al que noto siempre tan cerca, aunque este en su casa de Lopagan, tomando los barros, que es por cierto cosa grande, por que es de donde venimos y también a donde vamos. Y a Maria Luisa, ese ángel, que me atiende y me  comprende. Mi querido comandante. Ya sabes dónde me tienes. Siempre en posición de firmes, aunque me tiemblen las piernas. Tu seguro servidor que tanto aprende ti, aunque estés de vacaciones. Tico medina. Por cierto, ¿cuántos veranos cumpliste ayer: sesenta y dos como dicen, dieciocho como tienes, o dos mil quinientos lustros que es la edad de las leyendas?

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