Al pan, pan

El título es sin duda, como todo el mundo sabe, incompleto, tiene una segunda parte: Y al vino , vino.

O sea, al pan pan y al vino vino.
Pero aunque no es habitual que me dedique en mi blog de hace ya tanto tiempo- tengo que preguntar  cuanto, y  que es por supuesto más suyo que mío- que hoy por desengrasar un poco, aunque hay quien dice que el pan engorda, cosa que puede ser cierto y que la verdad es que tampoco me importa mucho. Había pensado escribirles hoy de las ballenas que es un tema también muy de moda tristemente porque Japón vuelve e echarse aunque sea dentro de sus mares, lejanos, para cazarlas, que es más que pescarlas como todo el mundos sabe; argumento ese que aunque ustedes no lo crean, yo conozco mucho. Quizá un día me dedique a escribir sobre esa historia formidable, que siempre me atrajo irresistimblemente. También quería , y está a punto de hacerlo, hablar de Olivia de Havilland, que ha cumplido  103, una edad que por otro lado alcanzan muchas estrellas de aquel Hollywood, lo que pasa es que se quitan años.

Pero a lo que voy, que una de las estrellas, porque es una estrella de verdad, que atenta tanto a nuestro modo de vivir, nuestra manera de continuar, que me he dicho esta caliente mañana de julio ya, del 2019: “vamos allá viejo Medina”, y aquí me tienen hablándoles de lo que podría llamarse: el pan y yo.

Porque siempre formó parte de mi vida y se también de la suya estén  donde estén, en cualquier parte del mundo donde a través de esta página de hoy me leen, pobres y sufridos blogueros míos, que me llevan aguantando no se cuanto tiempo.

Siempre me crié cerca del pan, más que del  vino incluso. Cuando era aun un nene pequeño, iba al pueblo donde había nacido, para pasar el verano. Mi tía Claudia, parece que la estoy viendo, aunque de eso hace más de setenta años, siempre vestida de negro, su marido y un hermano habían muerto en la guerra civil, y la seguía en su fábrica de harina, haciendo su pan diario. “No hay olor como el de la hogaza recen salida del horno”, me decía mi tía Claudia, de la que ya solo me queda el recuerdo. La memoria maravillosa, de aquella dama, que había sido guapa, fuerte , hasta el final, de acero y luna, que prestaba, fiaba mucho pan, recién salido le horno de una manera extraña pero segura. No había ordenador, ni cuadernillo, siquiera, ella anotaba la deuda, en un caña de azúcar partida en dos, en la que con un trozo de hoz de siega iba haciendo la mueca de las unidades que daba, a cuenta. Si era completa, o si era media, según si la hogaza había sido entera o la mitad nada más. Se pagaba, si pagaba en perras gordas de aquellas negras, casi romanas, pero eran las menos veces. A mí, al niño que ya quería ser poeta y que dormía en Piñar en la casa de su abuel, y que tenía un toque de eso que se llamaba picaresca y que yo curaba al sol, o mejor dicho a la sombra, bajo aquella higuera, junto a la alberca donde habitaban las ranas que ponían en la noche un sonido, único, e inolvidable. Bueno, pues yo bajaba a la fábrica de harinas de mi tía Claudia, y me gustaba, aquella hogaza de pan caliente, partida en cuatro en la que se derramaba un vuelco generoso de aceite del nuestro, aceite de sierra, de los montes orientales, que en la mañana era con sal. ¡Que rico!

Close Up Of Hands Kneading Dough

Y era en la tarde, el mismo pan y en el aceite como siempre, y en lugar de sal, azúcar. A veces con eso solo, ya me iba haciendo más fuertes los débiles huesos de aquel niño que yo era, que escribía aquellos versos de entonces, que a veces recuerdo hoy ya en el filo de la orilla de allí de donde no se vuelve dicen. Que aún eso sigue en duda.

Ay, el pan de Alfacar que dicen  que es de los mejores del mundo,  el pan granadino por excelencia, ay el pan del  Vacar, de Córdoba, que desde lejos en coche, ya huele a gloria bendita,   historias , la sierra del Pan Bendito, o la escena aquella de cuando el niño Pablito Calvo, el del convento de frailes, iba a llevarle el pan al Cristo de la Iglesia, hasta el día aquel, en el que el Cristo desclava su mano de la cruz y la baja hasta recoger  el regalo que le lleva el niño del tirante y los ojos luminosos.  Aquella historia única  que asombro al mundo entero, y que escribió el buen periodista Sánchez Silva, que lo escribió, en aquella casa que tenía cerca de donde nosotros teníamos alquilada una casa en el Esocrial, y al que entreviste tantas veces…

El pan, duro, el pan ácimo,  la masamadre como ahora se llama, el pan insisto ácimo de los judíos, que yo he comido con los últimos sefarditas de Jerusalén, cuando yo era corresponsal de guerra en la de los seis días….en pan de pasas, el pan de cañamones, el pan pobre, de cebada, que le decíamos ceba con acento en la, el pan de trigo, de los que tenían más posibles, el pan con algo dentro, una naranjita corta dentro, como la levadura del pan de la libertad, en las cárceles de ayer, el pan hecho monumento, el pan como la cerámica, el pan negro, el pan blanco, el pan con forma de pez, el pan que le mandan todos los días desde todos los pueblos de Andalucía a Juan y Medio de las formas más diversas, y con el que se podría hacer un museo del pan, el pan que llevé yo a Picasso desde Ronda un día cuando llamé a su puerta recomendado por muy buenos amigos suyos y no me quiso hacer caso. También le llevaba le llevaba chorizo de su tierra, Málaga, un pan de aquella misma mañana que me costó tanto trabajo pasar por los carabineros de la aduana de entonces…

El pan italiano de cien forma y sabores. Cuando te decían en la l bollería de Venecia:

–        Y luego, pues tenemos el pan, que es el pan pan, de verdad.

El pan bien amasado, aquel que mientras  amasaba, con amor, a levadura, en el secreto más grande, que era no otro, que harina de trigo y  agua, agua a ser posible de la buena, claro, el pan, con sabor a ti, que es el pan que tu querías, aquel cantaor de flamenco que cantaba las panaderas como nadie, fandangos con olor a pan, el pan del que se hacían cuando yo era monaguillo, las sagradas formas y que aunque luego lo confesábamos, nos  tomábamos a escondidas, con los piquetes puestos en la sacristía dela iglesia de Piñar que es el nombre de mi pueblo, ¡que hermoso oficial, artesanía pura, a veces arte, de los panaderos de entonces! Las panaderas de entonces, genios de la madrugada , las largas palas de madera de olivo, la brasa en su punto, a ojo, los mandiles, la larga mesa, de la tahona la harina en los sacos de  otra cosa…

Aquella panadería modesta, hoy de lujo donde la gente compraba en Paris, barrio latino, el pan, aquel del que hacían los croissant más ricos del mundo.

El bocadillo aquel de estudiante, no superado por  ningún otro sabor y se lo dice a ustedes el que ha probado de todo, de comida digo, en el mundo y a lo largo de mi vida…

Y ahora el pan, con  la ley encima,  con el mandato dentro, menos imaginación y más verdad, el pan pistola, el pan medio, el pan entero… El pan nuestro de cada día, que debo rezar cada día para no olvidarlo, el  milagro del pan y los peces que todavía se repiten el trabajo diario de las ONG, los misioneros, y las monjas, del mundo entero, aquel loco de Lujar al que conocí y entrevisté un día, en aquel libro de Almeria al sol, que solo comía pan, y que tenía un perro que se llamaba Agua…

El pan, que gracias a esto que escribo, viene a mi casa cada día, y a que a veces, acaricio aunque no es mi pan de niño, mi pan de carce, que también lo he tomado aquella larga noche de agadir, cuando el terremoto, que murieron aquel di a terrible, más de veinticincomil personas, la piedra que muele el trigo, la burra aquella, la borrrica que es más suave, que llevaba los costales de lona, con la harina recién hecha…¡ay si hubiera si es que ya no lo hay un perfume, o incluso un agua de colonia que oliera al pan aquel de mi niñez de niño de pueblo! Cuando para decir de un maestro generoso, abierto, entre los mapas de hule, decíamos de él:

-don Ramon- que así se llamaba- es mas bueno que el pan.

Pero eran otros tiempos…

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