Hasta luego, rey Juan Carlos

No puedo decirle adiós por una razón sencilla. No se nos ha ido, sigue ahí mismo, quizá en el norte, en Galicia, allí donde no hace mucho sentado en su silla de capitán de barco, aseguro, mirando hacia el inmediato horizonte en el agua de Sangenjo. El mar es la libertad… Con lo que demostró su casta. Por que lo que en sí es don Juan Carlos de Borbón, es eso, un marinero, a veces un naufrago, un cazador de ballenas, un ‘Rodrigo de Triana’ de tantas veces como vio América, y dijo tierra a la vista, y yo con él a su vera.  Yo lo conocí personalmente hace ya muchos años,quizá mas de cincuenta cuando me enviaron a entrevistarle para el diario Pueblo, del que fue director Emilio Romero, quien me ordenó, ya la cita preparada.

“Debes ir a entrevistar, que ya te está esperando, al príncipe de España, que era su título oficial entonces, y también habrás de hablar con el duque de Cádiz, el marido de Carmen Franco, la nieta del jefe del Estado, que podría ser también candidata a la Corona de España.

No era fácil, claro que no, pero lo hice. Así que hable con él, en la Zarzuela donde ya tenía su casa, o por lo menos vivía. Era un joven alto, echado un poco haca adelante, rubio, con aire deportivo y sonriente, que me recibió con un fuerte abrazo. El primero de toda una vida, la suya y la mía, no me atrevo a decir ya, y los que me quedan, si Dios quiere, porque luego me dio unos cuántos más, muchos. Y siempre con la misma gana, de verdad, no señales de protocolo. Podríamos decir, que se trata del rey que más abrazo, porque era también su manera de recibirte y también de despedirte. Su manera habitual de que ya no te olvidaras de él nunca.

Le entrevisté una mañana. Me señaló, hay foto, una torre de libros. Ya llevaba el anillo azul en el dedo pequeño de su mano izquierda, eso que en la cultura de la heráldica se llama un ‘chavalier’, y que aún lleva en su sitio, desde hace más de no sé  cuántos años.

Recuerdo que de entrada me dijo:

-“¿Cómo dices que has dicho que te llamas?”

-“Alteza, me llamo Escolástico, pero en la profesión me firmo Tico”

-“Lo que te quiero decir, es que lo que me gustaría es, por ejemplo, estar con las bonitas chicas de la universidad donde voy todos los días, y no leyendo y aprendiendo esto, que igual no me sirven de nada mañana, pero la obligación es la obligación y hay que cumplirlo, así que a sus órdenes…”

Paul Preston en su espléndido libro sobre el Rey, no sé si ya se puede decir emérito, aunque a él la verdad que creo no le gustaba nada el que así le llamen, y lleva mas razón que un santo, cosa que se dice habitualmente, bueno, pues el gran escritor británico,  tan español en tantas cosas ya recoge en su extraordinario documento histórico, como esa entrevista nuestra, la del príncipe y servidor, fue la primera en  la que oficialmente dijo tantas cosas interesantes, que lamento no reproducir ahora porque tampoco es el caso. Lo cierto es que se dio, miren por donde, el mismo día y en el mismo periódico, Pueblo,  junto a la que le hice al Duque de Cádiz, candidato a la Corona, aunque de una forma encubierta, pero que tenía sus seguidores. La gente creía que el general Franco deseaba que fuera rey en su día , El Duque del que escribí sus memorias, para ¡HOLA!, que luego no se por qué no se publicaron, y que en su voz aún  mantengo conmigo, claro.

Hice una trampa entonces, no me pregunten por qué, pero la hice, quizá por un pálpito del corazón. Entrevisté primero al Duque en su casa de la calle Castelló, en aquel primer piso, esquina a Ortega y Gasset, y cuando lo hice con don Juan carlos, y él me pregunto sin darle importancia: “¿Y qué te ha dicho?”, sin mala intención, palabra de honor, yo le descubrí alguna cosa, pero de poca importancia, que estaba triste y don Juan Carlos respondió despreocupado: “Mi primo estaría triste, como siempre, pero es muy buena gente. Haberle dado recuerdos míos”.

Como pasa el tiempo, ‘blogueros’ míos. Después fue rey ya lo saben, y le di mucha importancia en los medios donde me movía, que eran más o menos los mismos de ahora, menos los blogs, que entonces todavía no se habían inventado, un acto histórico, aquel día en el palacio de oriente, donde el Conde de Barcelona, con Juan, que fue hijo de rey, Alfonso XII, y padre de rey, don Juan Carlos, si haber llegado a ser rey , abdicó en una ceremonia sencilla, inolvidable, a la Corona, renuncio a la Corona, en la figura de su hijo Juan Carlos. Momento que se terminó con aquel taconazo del Conde cuando dijo, bajando la cabeza, “A sus órdenes majestad”.

Sonó a historia pura. Lo era. Desde entonces, y si sé porque, cada vez que este modesto soldado que fui, aunque fuera de paisano, cada vez que sabia que podía encontrarme con él, jefe, como le llamé siempre, incluso hasta le dije Baranda, que es como los gitanos llaman a sus jefes de familia, no olviden que soy de Granada donde están las cuevas de Sacromonte y viven y cantan y bailan, y sufren y aguantan la zambra, debía ser ya patrimonio de la Humanidad, y a él sé que le gustaba.

Por lo demás, he vivido con él tantos años, momentos, días, viajes, horas, inolvidables. Que en muchas ocasiones tienen hasta su propio documento gráfico. Como por ejemplo, no hay quien pueda decirlo, y mucho menos en mi oficio, la noche que yo cumplía cuarenta años, ajusten cuentas si es que tengo ochenta y cinco, y en la embajada de España en Guatemala, supo lo de mi aniversario. Con él estaba como siempre, entonces, la reina doña Sofía, brindo conmigo con una copa de champán en un tiempo en que no se podía retratar a la familia real con una copa en la mano, ahora ya si puede hacerse, y sobre todo en el momento de escalofrío en que me tiró de las orejas, lo nunca visto, claro, y me abrazó fuertemente, más que nunca, y me dijo:

-“Que los cumplas y muchos más, que somos de la misma quinta…”

-“Señor, me gustaría decirle, que yo le llevo tres años…”

– “Vale, vale, a ver si nos volvemos a ver el año que viene por estas mismas fechas, y vuelvo a tirarte de las  orejas, que es cosa que no hago todos los días…”

Total y termino, la última vez, que estuvo más cerca fue cuando murió su padre don Juan, y la portada del ABC dio una foto de padre e hijo juntos, y un artículo mío, que se tituló, recuerdo, ‘A sus órdenes, mi almirante’. El día que lo llevo hasta el pudridero del Escorial, donde están los reyes y familias reales de España, al paso por el banco donde yo estaba, con los ojos enrojecidos por el llanto, vestido de capitán general y jefe de los ejércitos de España, me alargó la mano derecha  y me dijo mirándome a los ojos

“Gracias esta vez, Tico, por lo que has escrito sobre mi padre, a él también le habría gustado mucho”

Y tantas cosas más, tendría para un libro, el rey y yo, pero ya no me queda tiempo. Eso si, decirle, siquiera por última vez, majestad, que nunca le dije, siempre “señor”, a sus órdenes, y ya sabe donde me tiene.

Y  como siempre, como Dios manda, a ver que zapatos llevo, vale, los de escobilla que tanto gusta de paisano el rey su hijo, y este fuete, decisivo, emocionado, por mi parte en este taconazo de papel que escribo desde Madrid y que me dicen, que se lee en todo el mundo.

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