Don Alfonso de Borbón

El pasado miércoles hizo treinta años de aquel día y parece que fue ayer. Pocos medios lo han recordado, pero yo sí porque tal día como este fue cuando, por un mal golpe del destino que nunca le acompañó del todo, el príncipe don Alfonso de Borbón Dampierre encontró la muerte mientras esquiaba, era campeón olímpico en la nieve de los alpes europeos. La noticia dio la vuelta al mundo, claro. Fue un hecho trágico, por supuesto, inesperado, brutal, y a la par histórico. Sorprendente, dramático, no vio que estaban instalando un aviso con un hilo fuerte en aquel momento. Prácticamente le degolló. Alguien, incluso, llegó a encontrar un parecido terrible e histórico con sus antepasados franceses. La guillotina.

Fue un  hombre bueno, sin duda. Y yo tuve la enorme suerte de conocerle personalmente, y mucho, en largas conversaciones para ¡Hola!, sobre todo. Podía haber sido rey de España, incluso de Francia, si la suerte que nunca le acompañó, como el mismo reconocía tristemente, hubiera estado a su lado. Nació, si es que es verdad la leyenda, con la sangre azul necesaria, aunque el propio Rey Juan Carlos me descubrió un día que eso de la sangre azul es mentira. ‘Yo que soy rey te aseguro que tengo la sangre roja como todo el mundo’, me dijo.

Don Alfonso de Borbón se casó, todo el mundo que en esto se interesa lo sabe, con una nieta del jefe de estado Francisco Franco, que le hizo Duque de Cádiz, aunque él tenía un puñado de títulos que le acreditaban como alteza real en todas las cortes europeas. Era guapo, tirando a triste. Insisto en lo de buena gente, yo por conocerlo llegué a saber de él en lo más íntimo por aquella dama del teatro, que fue su amante en su tiempo. Recuerdo a don Alfonso, ahora mismo, vestido de oscuro con su corbata siempre de buena firma, en la que era entonces su casa. Aquel primer piso de la calle Núñez de Balboa esquina a Jose Ortega y Gasset, un piso ancho, discreto en un gran sitio en la que hoy es milla de oro, pero que no llegó a ser un palacio. En el palacio solo cuando fue embajador en Suecia o en aquel despacho como director general del  departamento de Hispanoamérica donde yo le entrevisté alguna que otra vez durante aquel tiempo. Era discreto, pero como si estuviera aplastado por el peso implacable del destino, que siempre o casi siempre, le fue tan adverso. En un día de hace ya muchos años, según reconoce el gran historiador Paul Preston en su libro sobre el Rey de España don Juan Carlos, cuenta que aquel día que le entrevisté para el diario Pueblo, hizo  una declaración histórica. Debo contarles hoy que antes había entrevistado aquella misma mañana en su casa del barrio de Serrano, primero a don Alfonso, que era entonces también de alguna otra forma, candidato a la Corona, y después a don Juan carlos, por donde andaba como siempre, mi afecto desde sus primeros años al regreso del exilio de Estoril, donde vivía  con sus padres don Juan conde de Barcelona, el que fue, padre de rey  e hijo de rey, sin llegar a serlo, y doña María a la que yo quise tanto. Y lo demostré escribiendo. Que lo escrito escrito queda y no se lo lleva el viento.

Hice primero a don Alfonso, y de alguna forma, aunque no del todo, cometí la traición, sin que me lo pidiera el príncipe de España entonces, de decirle que lo había visto en la mañana. Juan carlos,  que estaba entonces estudiando, lo relativo a las leyes de aduana, gruesos libros que como una torre  le acompañaban aquel día,  me preguntó: ‘¿Y cómo está mi primo Alfonso?’

Total, que había entrevistado a su primo, aquel día. Juan Carlos lo sabe, que acabo de comprobar que, aunque apoyado en su bastón, sigue en la brecha, rodeado de amigos, entre los que me encuentro, y él lo sabe me consta. Hablaba  mucho con don Alfonso,  y en muy distintos lugares. Vestido de diplomático,  trajeado de político y, hasta  con el aire del deportista. Por fin,  ya muy avanzada su vida, incluso ya divorciado de Mari Carmen Martinez Bordiu, le entrevisté largamente, día a día, ya viviendo en aquel chalet de las afueras de Madrid con su hijo don Alfonso. Este, hoy felizmente casado, fiel a su pasado, y del que hoy precisamente se cuenta que se siente feliz al saber que es inmediato el nacimiento de su próximo hijo con su esposa la bella venezolana con la que está, a pesar de aquel momento histórico, ni mas ni menos que con el pretendiente de Francia. Hoy se cuenta de aquel príncipe de Orleas, que acaba de morir hace unos días y al que yo también entrevisté para ¡Hola! en su casa de ParÍs, casado con aquella dama española, guapísima con la que tuve el honor de haber pasado una larga tarde hace ya algunos años. Llegué a conocer, incluso, a una bella muchacha francesa que vivía en una especie de molino restaurado, con el aire de la Provenza, preciosa criatura rubia, alta, elegante campesina, con la que, en un momento después  de la rotura con Carmen, algo había. Primero fue un rumor, que no sé si llegó a ser amor, pero que me alegro, porque don Alfonso merecía, siquiera la sonrisa de un nuevo cariño en su vida.

Le entrevisté después de aquel accidente de coche, en la que perdió a su hijo, ya en el hospital, en el que estaba con su pierna rota entraba un fuerte sol en aquella habitación quirúrgica , cuando me mostró la escayola del hecho y sobe todo su corazón partido, por la muerte de su hijo. ‘Ya ve, medina,- siempre nos hablamos de tu- soy el rigor de las desdichas. Cuando me voy recuperando de una tristeza, me viene otra inmediata, aunque esta no me va a ser posible olvidarla. Nada mas doloroso, creame, para su  padre que la muerte de un hijo’.

Durante un par de semanas, día tras día, escribi sus memorias, un  modesto magnetofón, que aún conservo, ¡ay si hablara, de aquellos largos silencios a lo largo de toda una vida de contador de historias de los demás. Cerca, en aquella habitación que daba a un modesto jardín con una piscina vacía,- nada hay mas triste y desolador que una alberca seca- me contó  todo o casi todo lo que podía contar. Conservo todas las cintas, como guardo tantas cosas. Darían incluso, para un libro. No sé por qué aquellas largas tardes no se publicaron, pero están aquí, conmigo, a mi mano casi, y hay fotos de aquellos días, de aquellas tardes en las que tomábamos un largo té en una vajilla sin escudo. Y allí estaba día a día, su hijo Alfonso que ha crecido con el paso doloroso de una soledad no merecida tampoco. Aquel niño ya guapo, serio, junto a la figura de su padre siempre en el constante exilio  de su propio destino. No me importaría, ahora que tengo un poco mas de tiempo, reescribir sus confesiones al atardecer con aquel noble  que, quizá pudo ser en su día, Rey de España. Para terminar, se atrevió a darme este titular emocionante y adverso: ‘Bien medina, pues ya le he contado todo o casi todo. Ya habrá podido comprobar, que no soy precisamente el que corresponde a aquel dicho que decía ‘soy la alegría de la huerta…’

Le recuerdo no sabe cuanto, como un hombre herido por el dolor, pero sobre todo, desheredado del amor, que al fin y al cabo es lo mismo.

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