Carta a los Reyes Magos

Todos los años, quizá para responder de alguna forma a la melancolía de mi niñez, escribo una carta como ya hice tantas otras veces a mano, cuando las cartas eran de verdad. Fluían como una sangre azul desde tu corazón, cuando aun no sabíamos del todo que no era el corazón, sino la cabeza la que ordenaba nuestros sentimientos todos los años.  Sus Majestades, por estas fechas, más o menos, les escribía una carta en la que más que dar, pedía. Tan fuerte era mi creencia -qué tiempos aquellos-, que incluso ponía mis zapatos en el balcón porque así mandaba la tradición (y todo termina en on, como emoción, pasión), que ya el tiempo lo cambia todo. Entonces bien que lo recuerdo, aunque a veces se me va la memoria, porque tengo el pájaro oscuro del alzhéimer, posado en mi hombro y no hay forma de hacerlo volar siquiera por un día de fiesta.

Es por eso, que les escribo hoy, porque dicen que los viejos y los niños dicen la verdad, porque piden lo que quieren, por imposible que sea; razón por la que hoy, día tres para cuatro de enero del diecinueve, les mando esta carta por la manera que ahora  es habitual, esto es a través del blog de ¡Hola!, que envío a todo el mundo, ahora con la frecuencia de una por semana, aunque bien sabe Dios, que lo que más me gustaría es hacerlo cada día porque tengo tanto que contar, de tanto como he vivido, que mucho me gustaría echarlo fuera antes de irme al otro mundo, y quizá no todo lo que he vivido para contar, se convierta en ceniza, que es lo que siempre pido a los míos, etc, etc..

En fin, que os escribo, Melchor, Gaspar Y Baltasar porque nunca le he escrito a Papá Noel que aunque sé que existe, porque por estar, he estado en su casa del alto  Finlandia en Rovaniemi, donde hay una capilla del hielo bellísima del arquitecto Alvarato, que es una joya del frío. Allí visite al viejo de la barba de algodón, rodeado de sus renos, con sus ojos tristes (los renos digo), y donde los niños ya viejos, y los viejos ya niños dejaban en un buzón que había a la puerta de su choza confortable, con la chimenea encendida siempre, incluso durante el  corto verano, por si con la cercanía se ganaba en algo el tiempo. No. ni me retraté y bien que lo sentí más tarde con aquel viejo venerable, que por lo visto  siempre entraba por la ventana como Mary Poppins, ahora de gran actualidad que incluso es una de las palabras de moda, aquella de… a ver si lo escribo correctamente:  Superfragilistico, espigaligoso.

Más o menos digo yo, cuando me tiemblan las palabras tanto como las manos. Pues a lo que voy, que desde entonces he dicho muy pocas veces eso de sus Majestades, no sé por qué, y eso que he entrevistado a tantos reyes, sobre todo como enviado especial  de ¡Hola!, del que fui redactor jefe como todo el mundo sabe, más de veinticinco años. Ni siquiera, a los reyes eméritos nuestros, a los que siempre quise tanto, ni a los jóvenes reyes que ahora tenemos, y  de los que tan cerca estuve en su historia, siempre les  dije: Señor y Señora, que también está permitido en el tratamiento y el protocolo, y más en el tiempo que vivimos, que ya saben ustedes, señores míos, que ni la eñe me funciona ya en el viejo ordenador, que hay un dicho que dice:

“llegará el día en el que solo haya  cinco reyes en el mundo. A saber, los cuatro de la baraja, y la reina Isabel de Inglaterra que ya está, por encima, Dios salve a la reina, más de noventa años.”

Y a lo que voy, Majestades, que les escribo para pedirles solo una cosa porque si les pido todas, y aunque llevan escribas en camellos especiales y carteros reales que les ayudan, no tendrían sitio suficiente por ser tanto el pedido. Así que solo una, si bien, es muy difícil de conseguir y más en el tiempo que vivimos, lleno más de pólvora que de polvorones por jugar a las palabras. Pero en fin, mis queridos tres reyes, que están precisamente hoy, que el ser humano llega a la luna oculta, entre metralletas y fusiles, avanzando como pueden, sobre colinas minadas, envueltos en un peligro de perros de la guerra, o sea de soldados valientes siempre en combate, y teniendo que llevar sus coronas puestas aunque estén por dentro forradas de acero, para sobrevivir a la contienda que bien que recuerdo aquella última Navidad en la guerra de Irak, cuando en la noche del gallo, le pregunté al coronel que me acompañaba, entre sacos terreros y chalecos antibalas.

– Eso que vemos ahí, en el cielo oscuro de esta noche, la estrella de Belén, tal vez.

Y me respondió valiente militar de Toledo que poco después, la guerra es la guerra, moriría en una explosión traidora, sonriendo tristemente.

-Pues no, mi amigo Medina. No es la estrella de Belén, sino un misil tierra que igual nos está buscando y que caerá solo Dios sabe dónde.

Terrible, estremecedor, así que como aquí tanta gente les espera, y no solo niños, sino gente como yo, abuelos porque sigo creyendo en ustedes y en que  ya están llegando, y el verme reflejado en los ojos asombrados de mis últimas nietas, Macarena y Paula, les quiero pedir una cosa. Un día, o mejor, una noche de hace ya muchos, muchísimos años, de alguna forma, sustituí por enfermedad de Baltasar, encima de una carroza en Granada, del que tengo un recuerdo inolvidable. Luego volví a quitarme el carbón del rostro y la anilla que colgaba de mi nariz, y devolví a su Majestad el africano, su realeza total. Sí señor, claro que sí, de lo que me encuentro tan orgulloso. Bueno, que se me va el santo al cielo Majestades, que lo que os quiero pedir se condensa en una sola palabra, yo que vivo de esto y soy tan palabrero. Solo os pido una palabra de solo tres letras: Paz.

Paz en el mundo, no solo a los hombres de buena voluntad, entre los que más o menos, no  siempre, me encuentro; sino paz para los que no tienen buena voluntad precisamente. Y con eso me basta, y que me traigan lo que buenamente merezca si es que merezco algo. Por ejemplo, seguir haciendo este blog, este mensaje al mundo,  aunque solo sea una vez por semana. Es por eso que esta noche vuelvo a ponerme mis viejas botas de guerrillero, de enviado especial, de reportero  de siempre, de nómada inmóvil, como cuando era niño, o sea desde ayer mismo. Ese dos mil diecinueve es el año en el que estamos. Buen viaje, Majestades. Y ya saben dónde me tienen. Beso la orla de sus mantos respectivos y les deseo buen viaje.

Suyo. Vuestro. Tico Medina

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