Chicho, maestro

A  Narciso Ibáñez Serrador, por fin le van a dar el Goya del cine del diecinueve. Y más aún, va a ser el de Honor, porque también en eso, se lo merece. Lleva entreteniendo a la gente, media vida; más, porque acaba de cumplir los ochenta y tres (somos casi de la misma quinta, yo naturalmente más viejo que él), y en su historia se cuenta que hijo de dos grandes del teatro, su padre fue Narcico Ibáñez  Menta, y su madre Pepita Serrador, enorme  dama de la escena a la que también tuve el honor de entrevistar más de una vez, para todos los medios.

De los dos tenía Narciso, que nació prácticamente a pie de escenario como quien dice, en esa hermosa ciudad a la que yo vuelvo siempre que puedo que es Montevideo, capital de Uruguay, país culto y campesino, por lo que no es, como se cree, argentino, sino uruguayo de donde también se dice que era, Carlos Gardel, que servidor ha buscado su casa en aquella plaza triste, bella, con una casa en la que hay una placa, o la había, que lo recuerda.

Le llamábamos ‘Chicho’, y muchos también como yo, maestro, incluso nada más arribar desde Sudamérica, a la televisión aquella de la Avenida de La Habana, porque venía precedido no solo de su sangre, sino también de su talento. Tenía una sonrisa, tiene -digo entonces- extraordinaria que te acercaba inmediatamente. Era, pocas veces lo digo, un  genio. Cautivaba con una cierta humildad, nada teatral, pero en su trabajo de  director, era fuerte, duro, yo diría jugando a las palabras que es lo mío, implacable pero también impecable. Si había que repetir, se repetía las veces que fuera necesario, dirigiendo en los estudios de la televisión, o en el teatro, o en el cine, en que también, fue, es, un maestro indiscutible. No sé si les he dicho más arriba que  tiene ochenta y tres veranos, pero el caso es que los mantiene todavía, con su mirada irónica, culta, directa, aquella forma de ver  de mandar, de pedir y de ordenar, que lo hizo excepcionalmente único. Aprendí mucho de él, muchísimo, y me encantaba verle, joven Hitchkock del terror, que para él era, es, una forma de amor, sin duda.

Hizo en la televisión, para los que no lo sepan, series inolvidables, concursos, piezas teatrales, y no les voy a dar la lista que todos recuerdan, sobre todo los de una edad, como ‘Historias Para no Dormir’, que de haberlas hecho en estados Unidos, le habría obligado a subir a la escena en la rutilante noche de los Oscar.  Yo, trabajé a su lado, mucho y me viene a la  memoria, aquel día que ya instalados en la nostalgia, que es una manera del cine, acudimos juntos a dar como una especie de clase, más bien de  memoria a una reunión  de especialistas en la comunicación en Sevilla. Vasile, el gran maestro de la ventana mágica, nos acompañaba aquel día, en su cargo de patrono ya de la cinco, con su rostro de antiguo, no viejo, senador romano del tiempo de los cesares. Nosotros, Chicho y yo, estábamos tras de él, y recuerdo que lo pasamos en grande. Nos reímos mucho. Chicho, ofreció al capitán  italiano.

-Podríamos hacer una especie de dueto para ir por las ferias y las fiestas de los pueblos de España, contando nuestras historias.

Cierto. Hoy, Chicho, está sentado en una silla de ruedas, y aunque no tiene que ir para arriba ni abajo, porque tiene lo que se llama una enfermedad  degenerativa, de tanto mover el esqueleto, en sus historias terribles, y yo cuando acabé lo de la televisión, y el quiso hacer una especie de serial escrito sobre aquello que causaba el pánico, me encargó los capítulos de algunas de las historias que yo había vivido en mi vida frenética como reportero. Y así puedo recordar ahora, que me lo tiene recomendado como terapia cerebral el neurólogo.

 

El hombre guardián de la plaza de toros extremeña, que cayó una noche al foso donde estaban los toros bravos de una próxima corrida, y allí estuvo, en un rincón, horrorizado, hasta la mañana siguiente que  pudieron sacarle, vivo, del agujero mortal. Eso sí, el pelo se le puso totalmente blanco del miedo vivido.

O la niña, muerta, que se aparecía en una esquina de la cuesta de las perdices a veces en las noches de luna.

O la mujer  de Tenerife, que estaban velando, en su casa , después de su defunción, y se levanto entre el rezo y el susto, de los que la lloraban, pidiendo un poco de agua que tenia la boca seca…

En fin, que no quiero darles  más el susto, que me alegra mucho que Chicho, al que siempre llamé maestro con el que incluso hasta hice mucha televisión, y del que tanto aprendí, en su forma de ser y en su manera de estar, que ya da en el curso de una entrevista en su despacho-estudio lleno de sus cosas más queridas, por ejemplo, aquella primera muñeca calabaza, de doña Ruperta, del ‘Un Dos tres’, inolvidable, de  pronto nada más empezar el trabajo, me sonó el teléfono que ya se llevaba y que viajaba conmigo siempre, más o menos como ahora. Chicho, me miro paternalmente, sin perder la sonrisa y me dijo sin levantar la voz pero inclemente.

-Lo primero que se ha de hacer, Tico, al  llegar a este tipo de trabajo, ya sabes, desconectar el telefonillo móvil. Es igual que el problema de los calcetines arrugados, que dejan ver un trozo de pierna blanca. Eso termina con cualquiera por importante que sea. No lo olvides, amigo.

Era, es, un fenómeno, sin duda. Sin tregua. Elegante y tierno. Feraz y feroz al mismo  tiempo. Su hijo Alejandro,  me dicen que está a su lado. Estará siempre aprendiendo. Le recuerdo en su casa de la colonia del Niño Jesús, cerca del Retiro madrileño. Con barba, sin  barba, fumando a veces, en pipa, buena gente, tan cercano, actor a veces, que lo llevaba en la masa de la sangre. Hizo una película terrible, digna del Oscar, que se llama ‘¿Quién puede matar a un niño?’. Siempre que le llame, estuvo, al menos para mí. Tiene para empapelar un estudio de Hollywood, premios, todos, galardones, guiones que aun no se han hecho, pero no hay que perder la esperanza. Le debo mucho, más que dinero,  enseñanza. La lista de lo suyo sería interminable. Está en las enciclopedias. En los diccionarios. Y sobre todo en la memoria de la gente de la comunicación ya de dos o tres generaciones. Un día le preguntaron:

-¿Y si hay que buscar un oficio, para poner en su epitafio? (por  cierto que es una palabra tan fea)

Y el sin perder la  sonrisa, tan coqueto como siempre, sin dejar un solo momento de ser el estupendo actor, de casta le viene a Chicho, respondió:

–Entretenedor. Es lo único que he hecho y he querido ser a lo largo de toda mi vida, desde que a los ocho años, doblé  la voz para el cine del conejo, en la película ‘Bambi’.

 

Gracias maestro, que merecidamente, volverá a pisar la alfombra roja, la noche de la entrega de los Premios Goya del cine español. Hay una frase suya, como tantas, que merecía que recordáramos siempre. Es esta:

– No le temo a la muerte. Solo tengo miedo al fracaso.

Ha dicho.

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