CARTA A DON ANTONIO CORTÉS PANTOJA, TAMBIÉN LLAMADO ‘CHIQUETETE’

Durante mucho tiempo, inolvidable Antonio, yo escribía una carta diaria, por la radio, con Encarna Sánchez, con Luis del Olmo, con Carlos Herrera incluso, que escuchaba mucha gente. Mira por donde te digo, que hasta hice un  libro con un puñado de aquellas, que fue en el tiempo de Encarna. Me gustaba mucho hacerlas. Siempre había una persona, nunca un personaje, nunca, porque eso son  dos cosas distintas.

Era una forma d expresar no solo la actualidad sino también la memoria. Era una forma de reivindicar que puede  haber sentimiento a la par que con también pensamiento. Por eso a veces en esta página semanal que llevo ya algún tiempo haciendo, escribo cuando al corazón me toca, un protagonista, que es cosa de tantos, pero que yo pretendo que al ser mía, al ser el que recibe el mensaje, puedo contarlo más cerca, de  cara a cara, incluso de boca a boca, como es esta carta de hoy, cuando después de tu adiós, en silencio y tan de pronto, he esperado unos días, hasta saber que ya te han hecho ceniza, ceniza de tu cuerpo de  tu carne, de tu hueso, pero no de tu copla viva, de tu canción tan cercana, desde aquellas sevillanas primarias que tu cantaste mejor que nadie, como ha dicho María del Monte, al pie de  su llanto, en Sevilla, y que además es la que más sabe de esto.

Tuétano del hueso flamenco, sin duda, en su música y su letra. ¿Recuerdas aquel día, don Antonio, en que en una barra de bar, creo que fue en el aeropuerto d Sevilla te dije, mientras te comías a media mañana un pastel enorme,  como si fueras un niño chico,  criado como tú en Triana:

-¡Es que Tico querido, me gusta tanto el dulce que no puedo remediarlo, aunque me engorde la diabetes¡

Y yo te respondí, eran otros tiempos, en los que yo decía alguna cosas con gracia… bien  que lo recuerdo.

¿Y sabes por qué te gusta tanto el merengue, maestro?

-Tú dirás- y tú con la boca blanca, con aquel pelo ya peinado, ordenado, como una arquitectura de portal de Belén…  volviste a preguntarme

Y yo te respondí directo.

– A ti te gusta tanto el dulce, porque cantas mejor que nadie, coplas amargas.

Me dijiste ole, que pocas veces me han dicho eso, sobre todo cuando hablo. Así que ahora voy y lo cuento, que se que era una verdad como la Iglesia Catedral de la Virgen de la campiña, que acaban de re consagrar en Lucena.

Vale. Bueno, pues además, como tú bien sabes, a veces, cuando subías a Madrid, con tu voz flamenca siempre, gitano de cuatro o cinco generaciones, gitano por la gracia de Dios, gitano artista sin tregua, naufrago de la tempestad de ti mismo siempre, capaz de darlo todo a cambio de nada- me llamabas para descubrirme

-Que canto en Madrid el jueves, si quietes mando que te guarden dos butacas.

Pero prefería tenerte cerca de otra manera. Me resbalaba lo que de ti decía la tele, o cuando escapabas de los reporteros de rosa, que a veces te seguían, cuando eras presa de aquello que decían los que de tan cerca estaban.

–        Son las cosas de Chiquetete, que menos mal que sigue cantando

A veces un disco nuevo hasta llegar a un millón de copias. O como aquella tarde cerca de la plaza de toros, en la Taberna del Morito, en el reservado, me cantaste a mi solo tan cerca que se me abrieron las carnes, y a poco lloro, yo que ya ando tan escaso de lagrimas, como mi abuela Concha, que me dijo un día limpiándose con el luto eterno de su delantal de vieja campesina de los montes orientales.

-Pase lo que pase, niño mío, ya no lloro, o mejor dicho que lo que lloro es sin lagrimas. Ya las he derramado todas de tanto como he pasado a lo largo de mi vida…

Cierto don Antonio, cierto. Pero me cantaste a mí, a mí solo, en aquel reservado, con una mesa en círculo, y unas sillas de grazalema, y cerca mi compadreen broce, Curro Romero, que volvió, lo sé, la cabeza cuando te escucho cantar tan a deshora y en seco después de probar la ensalada que hacia Antoñito en un lebrillo para la Duquesa de Alba, a base de papas cocidas y cebolla, mucha cebolla.

Me cantaste, llevando además, tu compás, tu sentido inolvidable, que solo conocen, porque es un secreto los que llevan el duende en el bolsillo superior de la chaqueta, como si fuera un pañuelo y si es que llevas chaqueta. Elegante, siempre Antonio mío,  que me importa lo que digan de ti, estos días, que yo he conocido alguna de tus esposas, las que han estado cerca de ti, en las duras  en las maduras porque has tenido más de las primeras que de la segundas. Me van a contar a mí, cuando hace poco, en aquel estudio que lleva mi nombre, todavía no sé por qué, donde fuiste a echar una copla para promocionar tu último disco, me confesaste.

–        Ya llevo mucho  tiempo, sin  cantarle a nadie, solo, ahora siempre canto para mucha gente.

Me quede con la gana de enviarte la letra de alguna canción  mía, que a veces escribo para ser cantadas, algunos versos. Lo hice sin poderlo conseguir para Roció Jurado, la más grande en lo suyo, sin suerte, por mi parte, que me habrá hecho más Tico que rico, y para ti, una que se llamaría,

Déjame que cuelgue mi ropa en tu armario. La tengo escrita por ahí, ni tu hijo que canta precioso, y al que acabo de ver llorándote en Carmona, lo haría como tú. Pero mira que otra vez voy y me quedo con las ganas. Porque estoy harto de escribir para contarlo, y me gustaría hacerlo para cantarlo que tengo algunas canciones antiguas sueltas, que llegaron a ser disco, como  aquella que decía.

–        Me llamo soledad y no estoy sola…

Le pus la música Filipo Carleti, ¿Por qué me tengo que acordar de cosas que incluso no quiero recordarlas? Siempre dando el corazón, don Antonio, y es por eso, que de tanto darlo, en las buenas y en las malas, bebiendo la copa amarga, esa sopa de ajo de la fama, que a veces lleva espinas sueltas, espinas de rosa de tallo garo, espinas de tiburón, adiós don Antonio mi viejo amigo, que te mes vas con solo setenta años, con el corazón partió, que la última vez que hablamos por teléfono, total que de eso hace ya algún tiempo, siempre hablaba con la sombra de tus damas, en el ave, de viaje, con  Raquel que esta hermosa de rabiar, o con la Gaona, que parecía sacada de un poema de la Gitana Gabriela Ortega de la familia de los Huevofrito, querido Antonio siempre clavado en la cruz que tú mismo hacías, Antonio siempre en fuga, escapando de la fama, que sin querer, tanto querías, querías y necesitabas..

Adiós, don Antonio, nunca te dije Chiquetete, que me parecía un ninguneo, a tu nombre bíblico y a tu apellido, por dos veces gitano. Estos días, mira por donde, desde que te fuiste de pronto, y sin avisar, que una de las pocas veces, que nos hemos visto, hace unas fechas me dijiste, siempre fuera de la disciplina de la entrevista, rodeados de fotógrafos, implacables, como si fuéramos, dos asesinos de niños, entre el cric crac de las fotos, el resplandor de las cámaras, y  te llevaste la mano a la cadera, no sé ni quién había contigo siquiera.

–        Y ahora en unos días, voy a arreglarme la cadera, que la tengo fatal , que ni la siento a veces…

–        Tú siempre, maestro, con tu cadera perpetua..

No nos dio tiempo ni de echarnos al cuerpo un buñuelo de viento, o un pastel de hojaldre del que hacen las monjas del barrio de Santa Cruz.

Así que, que quieres que te diga, que te has ido con setenta y que te llevo todavía catorce, que sepas que nos vamos a ver  pronto, si es que hay donde verse, porque yo he visto el Valle de Josafat cuando iba buscando en Palestina, el árbol de que se ahorco Iscariote, y allí no cabemos más que tres o cuatro. Pero en fin, te has ido en la Navidad y este año la zambomba de Jerez, te va a echar mucho de menos. Hasta el villancico me suena triste, y hoy que cumple cincuenta años creo, que me parecen  muchos. Te va a llorar en silencio, Alejandro Sanz Lo dicho que no quiero más metáforas. Adiós, don Antonio, adiós. Te vamos a echar mucho de menos, aunque estos días van a quitarte el  pellejo.  Pero es lo que pasa siempre, después de hacerte ceniza,  ahora más que nunca arde la brasa de tu arte. Te vas a jartá, con acento en la segunda, de que pongan tus cosas. Esa será, tu revancha.

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