Carta a la niña Marisol

Porque como sabes, tú serás siempre aquella niña que un día conocí en los estudios, bueno,  los estudios por llamarlos de alguna manera, que era solo un garaje grande con una antena grandísima en la avenida de La Habana de Madrid, cerca del estadio de futbol Santiago Bernabeu.

¿Recuerdas? No sé hace ya cuanto tiempo, pero a mí no se me olvidado, ¿sabes por qué? Porque siempre te recuerdo como una de las grandes cosas que me han ocurrido en la vida, y mira que me han sucedido como contador de historias durante más de sesenta años. Así que  acudo en tu ayuda, aunque sé que no lo necesitas porque  tu  escudo, desde siempre, es tu fabuloso, pétreo e inconquistable silencio.

Aquel mediodía yo tenía cincuenta años menos y tu llegaste al estudio de la única tele que había entonces, cuando la gente confundía una antena de la televisión con un pararrayos domestico. Venías con un grupo esplendido de niños, y niñas vestidos de gitanas y gitanos que habían viajado desde Málaga hasta Madrid, cuando venía hasta el centro desde el sur, era una gran aventura. Veníais, en grupo con los de Educación y descanso para trabajar en la Feria del Campo, en la que en cada provincia- entonces aún no había Autonomías como ahora- y en la que  se comía, se cantaba y se bailaba, y aquello era gloria bendita como ahora decimos algunos viejos del sur, supervivientes, porque nos acercaban, hasta el sitio del duro combate del oficio, algo, no todo, de los cinco sentidos. De nuestra tierra de origen.

Bueno pues al frente de vosotros, como jefe de grupo, estaba un viejo amigo malagueño que tiempo atrás había luchado por que a un servidor y su santa- mi esposa- nos dieran la medalla de aquella  cofradía malagueña de la que ya era hermana mayor la Duquesa de Alba, Cayetana a la que yo como he dicho tantas veces, quise tanto y de la que hice en su día sus primeras memorias. Para mí que he escrito veinte libros, o más, han sido verdaderamente memorables.

Me traía mi amigo malagueño la sorpresa de su grupo, todos con sus ropas de faralaes, y sobre todo en un aparte, cuando me dijo:

–        Aquí tienes esta niña, que si tienes tiempo en tu programa, querría cantar y que es una maravilla..

Y me indico tu presencia, aquella niña de ojos azules, rubio el pelo, con una rosa de papel en la cabeza. Tan linda, tu sonrisa, quiero decirte ahora aunque ya lo he dicho tantas veces, que ya tenias el resplandor de tu personalidad, se te notaba entre todas entre todos quizá porque ya tenía yo también el detector de cómo descubrir talentos únicos al primer golpe de vista.

Te hice algunas preguntas, pocas, por que enseguida daba comienzo aquel telenoticias, que entonces hacia yo con el periodista Yale, de Cordoba, padre por- darte un dato- de esa enorme novelista extraordinaria, que se llama Julia Navarro y que acaba de sacar hace poco lo que es, por ahora, su último libro, ya betseller, Tu no matarás.

-Y tú ¿ómo te llamas niña?

– Me llamo Pepa flores, para servirle

Como entonces se decía. Tenias las manos en jarras y parece que te estoy viendo. Podría decir hoy que ya traías contigo el aroma de la flor de la biznaga, que es la que representa en lo floral a tu hermoso pueblo de Málaga.

-Me dicen que te gustaría cantar

-Claro que si, desde luego.

-¿Y cómo quien, niña?

– Como Lola flores, que además ya nos la sabemos los del grupo y donde la cantamos gusta mucho.

Alguien hizo sonar los palillos, de palo de Granada a ser posible.Repicaron las campanas de las manos con duende, y sonó la voz del trabajo.

¡Adelante y al estudio!

Mas directo imposible. Tenía aquella niña, aquella criatura que eras tú y que en muchas cosas sigues siendo, que hay cosas que no pueden esconderse, aunque se quieran, por más que pasen los años, un empuje, una verdad, una gigantesca artista dentro. Tenías ya el duende contigo, Pepa Flores de la que estos días, se está hablando tanto y en muchas ocasiones sin conocimiento de causa, de oídas, incluso solamente por hacer daño.

Y lo hiciste de lujo, como nadie, aplaudieron soltando las pocas maquinas que había hasta los cámaras, niña mía. Éxito total cuando además solo había una cadena en todo el aire en blanco y negro de aquella España de hace más de medio siglo. El ordenanza, que iba de gris y con galones dorados como los conserjes oficial de aquella época, vino hasta mi para indicarme.

-Señor Tico, que le llaman por teléfono.

-¿A quién? ¿A mí? ¿Está usted seguro?

-Como le digo. En el teléfono de abajo, el que está junto al bar, ya sabe..

-¿El que huele siempre a tortilla de patatas?

-Ea, no tarde. Vaya.

Me acerque al teléfono un poco nervioso. Era aquel un tiempo de lucha, de pelea, de combate, en el que nos multaban por algo que no debíamos decir y habíamos dicho o habíamos hecho alguna trastada, y además, teníamos algunas trampas de supervivencia las cosas como son.

La voz del otro lado era profunda, de hombre mayor, sin duda.

-¿Sabéis lo que habéis hecho, muchachos? Eso es un descubrimiento…

-¿Se refiere usted a la niña Pepa Flores que acaba de cantar en la tele?

-La misma. Soy  Goyanes

-¿El productor de cine?

-El mismo. Ya nos conocemos Medina. Me interesa mucho hablar con el que lleve a esta niña, pero ahora mismo a ser posible.

Le traje al hombre que dirigía el grupo, mi amigo, que ahora mismo no recuerdo su nombre, de Málaga.

Y ahí termina la historia, al menos por ese rato. A veces ella, no siempre, lo recuerda quizá como si quisiera olvidarlo incluso, porque pertenece a su pasado y ella, aunque lo haya vivido con sus rosas y sus espinas, prefiere dejarlo en la cuneta de lo ocurrido.

Después, nos hemos visto personalmente algunas veces a lo largo de su vida. En Altea cuando era la esposa del bailarín Antonio Gades y tenían una casa blanca en el pueblo viejo, y una barca de pescar sol que se llamaba la Alpargata. También haciendo alguna película, aquella con Antonio el bailarín o aquella con el caballista genial, que hace poco que se nos ha ido y que se llamo Ángel Peralta. Creciste niña, aquella entrevista en Málaga en aquel hotel junto al agua. La serie, de la que porque no habla nadie ahora que te hizo ante mí más grande, porque fue interpretando el papel de Mariana Pineda, una de las grandes de mi historia de Granada, la bonita criatura de hierro y nardo que murió ahorcada por bordar la bandera de la libertad en su casa de la calle Elvira.

Cuantas veces en las revistas de entonces; Chicas, Caretas, El Diario Pueblo, Niña Pepa…  Incluso buscándote y tu fugitiva de tu propia vida escapando siempre de tu sombra, cuando eso es imposible hacerlo… Gigante niña Pepa Flores, mucho más grande, como he dicho tantas veces y por escrito para que no se lo lleve el viento, en ¡HOLA!, también pues claro, por tu silencio, despreciando los números, las pajaritas de papel de los cheques, que se que te los han mandado “póngale usted los ceros”, la puerta cerrada a la fama. Por las calles de Málaga, con tu hija en el carrito, la felicidad en el rostro con tus ojos de siempre, del color de la  persona que tengas en frente que es algo que no había comprobado yo a lo largo de los años, solo en Liz Taylor cuando hacia La Loba en Florida, y  ¡HOLA! me envió a entrevistarla.

Di una conferencia sobre ti en Málaga, tu sitio, y no fuiste a verme, niña Pepa, pero te perdono todo. Y es por eso que ahora que ahora que hablan de aquella criatura mágica y única a la que Cesar Lucas retrato, como su madre la parió. Yo te escribo mi carta para todo el mundo, Pepa Flores, para decirte que te recuerdo, pero que además, te admiro, sobre todo por la última parte de tu vida, donde desde tu silencio te has hecho más grande, más admirada, más única. Y desde luego, acepta mi declaración de amor tardía. No te olvides, que yo nunca he querido olvidarte. Y que sepas que no hace mucho fui a rezar un “padre nuestro” tardío, a esa tumba de la Habana, donde esta aquel bailarín, que formo parte de tu vida. Incluso de tus equivocaciones, saliste mas grande, Pepa, con tu flor de papel en el pelo, inmarchitable como tú, aquel roto en tu voz que tenías, como cuando cantabas La niña de los peines a la que un mediodía entreviste en Cádiz, y en la que no hablamos de ti, porque aún no habías venido al mundo. Por eso, perdona, hoy te llamo niña…

Ya sabes que te sigo queriendo, Pepa.

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