Azul, la otra crónica de la entrega de los premios Princesa de Asturias

Para empezar la verdad de la verdad- he escrito tantas veces la  crónica de los premios Príncipe de Asturias desde que empezaron hasta hoy en el teatro Campoamor de Oviedo que he tenido que cuidarme de no decir  Principe y no, lo que es, que al fin y al cabo es lo mismo, Princesa en su celebración ya del 2018.

Dicho esto, decir, de entrada, que amo profundamente a esta tierra del Principado. He tenido casa- aunque no he dormido en ella- en Cudillero, dos en vez de una, durante algún tiempo, y además y sobre todo soy medalla de Asturias, de lo que me enorgullezco no saben cuánto. Por si fuera poco, he  buscado a los asturianos de América, desde Usuhaia, hasta Canadá, para escribir la cronica de su gesta, de su gesto, que luego de publicarla en la Voa de Asturias, fue un libro que se llamó en su día Asturamericanos. He llorado escuchando el himno, ya saben, “Asturias patria querida…”, por ejemplo, aquel día en que los entonces Reyes de España, que aún lo siguen siendo si bien eméritos, vistaban Buenos Aires, y en aquella plaza pública de la capital argentina, sonaban las gaitas asturianas, tan lejos pero tan cerca.

Por si fuera poco, tengo el premio Asturias de Periodismo por un trabajo en ABC,  tengo la cruz de plata del Principado, soy pixueto de honor- y de amor- vaqueiro de Liébana, y no se cuántas cosas más que harían interminable este relato de cada semana. Hoy quiero dedicarlo a lo que ocurrió el pasado viernes y que tantos vieron, por la tele, incluido servidor, también ustedes, aunque a través de la húmeda mirada de quien ha vivido ese relato maravilloso, emocionante, maravilloso, durante tantos años, y muchos de ellos, para esta casa ¡HOLA!, en la que de una forma u otra continuamos estando.

Y a lo que voy. Por lo pronto como siempre digo, el azul  de ese día, que es un azul formidable, distinto. Como son los dos colores de Asturias, el verde del campo, el azul del cantábrico sin lugar a dudas, distintos, a todos los demás azules y verdes del mundo entero.

La reina Letizia, bellísima y no es porque sea la reina, que lo es, sino por que aguanta el primer plano de las cámaras de la tele mejor incluso que cuando era presentadora de un telediario. Vestida como debe estarlo, en este caso, por su especial modisto casi de cabecera, en se color blanquinegro, que tan bien le sienta. De joyas, ni diademas, ni collares, ninguna, además de los pendientes, que a mí como andaluz me gusta llamarles “zarcillos”, si acaso con ese brillo fascinante de su sonrisa asturiana. El teatro  elegante, lleno,  guapo como se diría en en bable, y desde luego, el Rey, sin género de dudas, admirable en su presencia, también en cuanto a su barba bien cuidada – ya está en la calle, por cierto, la moneda del Rey Felipe y su hija la princesa heredera de Asturias desde hace tan poco tiempo. Un rey joven, fuerte, de aspecto, de su tiempo, con su punto del toisón de oro en la mirada. La corbata, dicho sea de paso, morada,  sin otra interpretación colorista, que el que es de alguna forma, tan cerca del carmesí el nuevo color de la institución  monárquica,  en su enseña protocolaria.

 La reina Doña Sofia, como siempre, presente, desde hace tantos años, en su palco solitario, que recibió el aplauso más fuerte y más largo de toda la noche. Sonrió también, no diría yo que con un punto de tristeza, pero casi, de nostalgia, que es una forma del recuerdo y la distancia. Bien que recuerdo aquella noche, cuando el príncipe entonces leyó por primera vez su discurso, y cuando alguna vez se equivocó, miro hacia arriba, al lugar de la Reina Sofia , como para pedirle “que comprendiera su errata”, cosa que ya no ha tenido que hacer en esta ocasión. Porque también debo decir, que su discurso de la noche del diecinueve de octubre, fue no solo impecable, sino implacable, lleno de cultura y de razón. Fueron las palabras inmejorables de un Jefe de Estado, en el mejor momento de su vida y de su historia.

Me gustó mucho ver a Graciano, que fue director general de la Fundación y con el que he pasado tantos y tan buenos momentos. Recordé como siempre, a Faustino Álvarez del que soy compadre todavía del bautizo de uno de sus hijos, en aquella iglesia románica del paisaje de León hace ya tanto tiempo. Ese hotel Reconquista en el que siempre me dieron una buena habitación y que merecerá en su día que sea denominado lugar histórico, sin duda, cuando se escriba la historia contemporánea del Principado, del que tanto escribí a lo largo de mi vida. La música inolvidable con  el leve giro de en lugar de “en algunas ocasiones” por en todas las ocasiones.

La sensación, difícil de definir, de esa Reina que llego del pueblo, que fue periodista y que lo sigue siendo todavía, tanto es así, que nadie me quita de la cabeza, que escriba un diario cada día, cada noche, cuando vuelve a la Zarzuela donde me han dicho que a veces en la noche bajan los jabalíes del monte del Prado a cenarse las hortensias de los jardinea reales. La lista de los nombrados premios Princesa de Asturias, de la que ya se ha dado tantas veces cuenta. La madre de la Reina, en un  sitio destacado del patio de butacas, Paloma Rocasolano. La mirada del Duque de Alba, mi ya viejo amigo. La vicepresidenta, los ministros, y sobre todo es distinto a los demás azules del planeta tierra. La solemnidad con un toque siempre correcto, sin que nada sobre, ni nada falte. El protocolo, los saludos en la calle, dicen yo no los escuche, de algunas personas, no contentas, la caravana de coches, por esa iniguable calle Uria, la solemnidad de lo popular, tanto es así, que hasta dicen que la estatua del viejo genio en bronce Wody Allen,  giro la cabeza desde su sitio en la calle sin paso, cerca de esa chocolateria en la que el pastel más rico del mundo, es de uso cotidiano. ¡Cuantos recuerdos, Asturias, en este día de memoria¡

Aquel día que retransmití para todo el mundo , desde ese teatro, para toda Ámerica,  las primeras palabras pronunciadas por el príncipe heredero antes de que fuera , como es, Rey de España. Los sabores, ese cuenco de fabada asturiana, plato inmortal, el pueblo ejemplar de este año, las mazorcas de maíz, los horreos, hoy convertidos muchos, para el munto turístico en apartamentos con olor a manzana, la sidra en vena, la cruz alzada, los saludos más que de rigor de amor, el besamanos, la foto de familia, la alegría de la calle hacia sus  reyes , la memoria siempre hacia el general ayudante del Rey emérito, al que su jefe hizo Conde, los brindis, la música, los rostros conocidos, populares y famosos que son dos cosas distintas, los políticos, peor para los que faltaron, la periodista  mexicana valiente y directa que por primera vez hizo sonar  la hermosa palabra de “los reporteros” que es el oficio al que pertenezco y no quisiera olvidarlo, que es lo único que soy, y a la aventura a la que pertenezco. Tanto es así que no me importaría, morir, y que me enmararan en el principado, junto a Cabo Vidio, por ejemplo, si me dieran oportunidad de elegir mi futuro, hecho ceniza eso sí, querida Asturias, de las tres “a” de mi vida, a saber.

A DE ANDALUCIA, de donde vengo.

A DE AMERICA, en donde estuve.

Y la A FINAL, de ASTURIAS, de donde en gran parte soy, y donde no me importaría quedarme una vez, el adiós, para siempre, por los siglos de los siglos, cerca de La Santina, amén.

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