“No me llames princesa, basta con que me digas Ira de Fürstenberg”

De pronto emerge de la sombra del olvido, que a ella la ha hecho aún más resplandeciente. Yo diría, que la conozco bien, que me contó entera- bueno, casi entera- su vida hace ya unos años para ¡HOLA!, como casi siempre. Fue inolvidable, la hicimos en unas semanas, había sido suficiente toda una vida para contar otra vida como la suya, apasionante, guapa hasta caerse, y más aun, a primera hora de la mañana cuando, con puntualidad germánica- es muy alemana, no en vano es hija de un príncipe alemán- aparecia a la puerta de mi  habitación junto al mar, en la misma línea del agua de Biarritz, a la sombra del alto castillo histórico que el Rey Napoleón II de Francia le regalo a su bien amada esposa Eugenia de Montijo, mi paisana granadina.

Hablábamos largo rato, frente a la mar, casi con la ola a pie de casa. Bebíamos agua mineral francesa, porque ella estaba sometida a un protocolo de salud, a eso, a base de agua, en aquel hotel especial casi espacial donde estuvimos, cada uno en su esquina, durante varios días. A veces paseábamos, con el magnetofón parado, por la inmensa y bella y fría arena de aquella playa francesa.  Luego ella se sumía en el secreto de su habitación. Recuerdo que un mediodía llamaron a la puerta, era un empleado uniformado de la casa junto a la mar brava del norte.

-“Alteza, tiene una llamada urgente, no estaba en su habitación y perdone que la busque aquí.”

Ella se puso en pie rápidamente, estaba como siempre, más aun sin maquillar, bellísima, posiblemente los ojos más verdes del mundo y eso que uno ha tenido, a una cuarta la mirada de Liz Taylor, la de Marta Toren- que se suicidó por un torero español del que no voy a dar su nombre…

-“¿Y sabe usted de parte de quién?”

Y respondió el muchacho de servicio de habitaciones:

-“Creo que ha dicho Monseñor”

Monseñor, era Rainiero de Mónaco envuelto en la enorme tristeza de la perdida de Grace de Mónaco, su esposa. Ella sin mirarse al espejo, fugitiva, tenía entonces el pelo largo.

-“Vuelvo enseguida Tico, tengo que responder a esa llamada. Si quieres y tardo un poco, continuamos por la tarde… O mañana más temprano.”

Como les cuento. Me abrió, creo, su corazón en dos partes. Yo tenía ya alguna referencia cercana, de Alfonso de Hohenloe, con quien estuvo casada desde los quince años, casi una niña. Ira, volvía también de su enamoramiento feroz, según ella misma conto, con Baby Pignatari, aquel tipo guapo  y resuelto, hombre de negocios brasileño, que sin embargo no le dio hijos. Al contrario que Alfonso,el príncipe español, le había dado dos, uno de ellos lejos, muerto en una cárcel de Tailandia.

Terminamos su libro de memorias, o lo que fuera, con una cena preciosa, en aquella habitación frente a otro mar, el de Venecia donde ella tenía un apartamento con una puerta secreta que conectaba con el más hermoso hotel de aquel tiempo, el de los arcos, donde se hospedaba Hemingway en sus años de novela corta, enviado especial a la historia  siempre, donde la historia estuviera.

Ira, era  y es princesa, claro que sí y aunque no lo contara su propia vida. Acaba de cumplir setenta y ocho años y emerge del silencio, no del olvido, gracias a la noticia de que ha comprado la hermosa residencia de uno de los mejores decoradores del mundo de su tiempo. Duarte Pinto Cohelo. ABC ha contado y con imágenes, esta nueva página de la vida de esta dama única, irrepetible, que me dijo un día caminando por la playa:

-“Yo más que princesa, rebelde, como alguien me ha dicho algún día, lo que  soy es como una zíngara que solo ama la libertad. Mi madre que era una Agnelli italiana, me decía siempre: Lo único que importa es la elegancia, pero la elegancia en la libertad, la elegancia n la propia vida.”

Y era, y espero que siga siendo, lo es. En el cortijo de las monjas del príncipe Alfonso en la serranía de Ronda, donde más de una vez, fui invitado, por el príncipe, el inventor de Marbella, sin duda, a probar su vino imperial que él mismo cuidaba, de su propia cosecha. Ella se refugiaba últimamente, pero sin que fuera esa hermosura, su casa definitiva. Tiene, creo, casa en Roma y en Madrid algún apeadero, colecciona joyas, de todo tipo que a veces saca de su tesoro personal y, lo más importante es que de vez en cuando da una fiesta privada de las que se llenan de guardaespaldas  y choferes a la puerta. Ella es la que invita, la protagonista sin duda, aunque se llame con todos sus apellidos.

Ira Carolina Tresa Pancraciagardina- espero haberlo escrito bien- hija del príncipe tasio de Fürstenberg y de la Agnelli, de la familia también imperial en la industria, de los coches italianos, entre otras cosas.

En fin, que aparece, en su hermosa soledad, de nuevo, haciéndose de la casa de la calle san pedro, en el Madrid de los Austrias de uno de los mejores decoradores, portugués, de su tiempo. Ella ha dicho aceptando la noticia, que quiere arreglarla un poco y ponerla a disposición de este Madrid, que ella conoce muy bien, y al que adeáas adora.

A mí me llena de alegría, que esta romana excepcional, formidable,- eso se lo dirá usted a todas me confiesa a veces, dada mi habitual generosidad, con aquellas personas de las que tanto aprendí- y le remito a el archivo poderoso de ¡HOLA! donde está la historia de esta mujer, que también ha sufrido lo suyo. Libre inteligente y feliz, he leído en su reaparición. Vale. yo desde aquí, deseo a esta dama, tan bella, tan inteligente, que hace que su ojera como dice el: “ya saben, española y con ojeras está queriendo de veras”, una criatura fascinante. En su cuello, un collar de lapislázuli azul chileno, se convierte en una joya de Tifanny’s, créanme. Madrid debe estar contento del todo, sus noches van a ser más libres, más elegantes, más reunidoras,  con más glamour, estoy seguro. Le deseo toda la suerte del mundo,  la merece. Aunque no la necesite. Ella es la suerte misma porque a pesar de su nombre inquietante, nunca conoció la ira. Osea jugando a las palabras de nuevo es la hora, de Ira.

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