Carmen Lomana, dos veces feliz

Porque acaba de encontrar el amor y porque, según ella misma confiesa-cosa que no puede ni quiere negar- su historia está en las enciclopedias de hoy y acaba de cumplir el día uno de agosto, sus primeros y gloriosos setenta años de vida.

Yo no tenía la suerte, en este caso la inmensa suerte, de conocerla personalmente, si bien, ya tenía su carpeta. Producía siempre la noticia con valor y con amor, con elegancia no exenta de riesgo, siempre. Me gustaba esta dama, a la que a veces había leído y guardaba, no sé por qué todas o casi todas las entrevistas que le hacían, la veía de vez en cuando en la televisión en los programas más diversos y sobre todo siempre me gustaba -y mucho- su talante y su talento, cosas que aunque tan distintas, suenan igual. Las virtudes o aptitudes que se reúnen, sin lugar a dudas, en esta como ahora se dice influencer y que da gusto leerla y escucharla, y -en mi caso concreto- conocerla.  Jamás la había entrevistado, aunque tenía muchas ganas. Habla de verdad y de frente y ha escrito no sé cuántos libros sobre cómo debe ser, o cómo tiene que ser la mujer de este tiempo que vivimos, eso sí, sin ser -ni falta que le hace- ser una feminista feroz, sino a su aire, a su manera, con la seguridad que le da el haber vivido mucho y sobre todo, sin perder la cabeza. Aunque haya puesto en tantas ocasiones por delante su propia vida.

Por eso, este retrato  ahora, a través de nuestro blog para todo el mundo, más que del cumpleaños, que también, por haber tenido la inmensa oportunidad de tenerla frente a mis viejos y cansados ojos, que mi hijo Tico, subdirector de ¡HOLA!, dijo un día que son más que grandes, gordos. A lo largo de un inolvidable viaje de Madrid a Sevilla, dos horas y media, cuerpo a cuerpo, cara a cara, ella frente a mí, yo frente a ella, envuelta en ese aroma, ya como de inasequible mujer, elegante, ropa muy buena, perfume exquisito, el justo, ni un miligramo más de jazmín, impecable el rostro, la sonrisa justa y yo feliz de tenerla frente a mí y agradecido, además, porque fue muy buena con este viejo que soy, y no quiso cambiarme el sitio a pesar de que lo intente, ya que ella iba, inmerecidamente, de espaldas a la marcha. Alguna vez habló por teléfono y al final me dio el suyo, que muchas veces tengo ganas de llamarla, para invitarla a comer, a mediodía, aunque sé que igual ella me invita a su casa porque también conoce el secreto de la buena mesa, que es un lugar donde se aprende tanto, que ya lo dice el refrán, “dime con quién comes y lo que comes y te diré quién eres”

Es sabia, sonriente, de voz cálida y valerosa, capaz, muy capaz de asombrarte en la distancia corta, donde uno mira al fondo de los ojos del otro y a veces te tiembla la palabra. Lo pasamos bien, al menos por mi parte. Y aunque nos dimos los teléfonos no nos hemos llamado todavía. Es viuda, de un hombre muy importante chileno y ahora se ha descubierto porque ella misma lo ha dicho, porque nadie como ella para contar sus secretos, que los tiene como todo el mundo, como mujer que ha vivido mucho y sospecho que ha querido mucho también, y que soporta la embestida de la ola de la calle, como quien dice, en el bikini de su verdad, incluso aguantando lo que se ha escrito en los papeles. Sabe de moda, de fama, la conoce y la tolera y en la política es clara, directa tanto que no sé cómo no está en uno de esos tribunales, de la calle. Su resplandor es claro y su glamour indudable, conoce el difícil secreto de dónde se debe estar y dónde no se debe estar y forma parte, he leído en algún sitio, del  equipo de las mujeres con la influencia mediática de este país, que es el suyo, porque además el ser de León te marca para bien y mucho.

Figura en su curriculum como empresaria y lo es de la comunicación y la elegancia. Es capaz de estar en una pasarela, abajo viendo con mirada inteligente lo que por arriba pasa, pero podría hacerlo también como maniquí ya que conserva gracias a su cuidado y su esfuerzo, un cuerpo diez, que no hay más que verla, aquí a un metro de mí, durante ciento cincuenta minutos, bebiendo ella, eso sí, de una discreta botella de agua, que me acompaña. En algún lugar he leído, que es bohemia, que es una virtud formidable, inteligente, emprendedora y yo recuerdo, cuando hice las memorias de la princesa Ira von Fürstenberg que se publicaron como siempre en ¡HOLA! que me confesó un día mientras paseábamos a primera hora por la hermosa, pero fría, playa de Biarritz, al pie del palacio que le regalo un día el emperador Bonaparte.

Me hubiera gustado mucho haberle preguntado por estas cinco cosas del cuestionario Proust, que aunque no parecen imprescindibles, sí que son fundamentales. Señora, dígame un color deseado, un olor inolvidable, un sabor que le agrade, un sonido maravilloso y un tacto fascinante.

Tampoco es entrar en las grandes verdades, pero me vendría bien para concretar su retrato. Es un juego de niños que nunca falla, pero que te abre una ventana en la naturalidad de aquel con el que trabajes, el paisaje íntimo al que te estés asomando. Aprovecho para felicitarla por las dos grandes noticias. No todos los días, se enamora uno y menos de una pareja como la que ahora llena su vida, una especie de Rosano Brazzi, al que yo entrevisté en su tiempo y que me causó gran impacto. Y además, por brindar con champan francés o con vino tinto en una taberna de Madrid, por los setenta años tan bien cumplidos, tan resplandecientes, lo sufrido, lo vivido, lo llorado  lo sentido, es casi un milagro. Adiós, Carmen Lomana, que no se en que creencia te encuentras. Capaz de asomarte al espejo y de contar lo que ves, quiero que sepas, que iba a titular, ya sabes, La fuerza de las palabras me gustaría saber el libro que estas escribiendo ahora.

Carmen, católica apostólica y Lomana… O sea, como vivir la primavera, en el otoño de tu vida…

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