Rita Hayworth: aquella de ‘Gilda’ cumple cien años

Los ha cumplido estos días, aunque lo cierto, que siempre lo digo, es que las leyendas nunca cumplen años, entre otras cosas porque son eternas. Mantenemos de ellas, al menos un servidor de ustedes, aquel resplandor de cuando iluminaron al mundo, el del cine o el que sea, con su luz mítica y constante. Llenaron nuestro cielo de sombras con su fulgor fascinante y nos hicieron ver de otra forma aquello que nos rodeaba, casi siempre, tantas nieblas, incluso tantas tristezas.

Rita Hayworth fue una de ellas. Yo nunca le di la mano, o sea, no la conocí. Pero sí la vi con estos ojos que pronto se ha de comer la tierra, o que serán ceniza ya mismo, dada mi edad considerable. Fue un día en Nueva York cuando la vi a través de una puerta medio abierta, sobre el Central Park, cuando escribía la vida de su hija, la princesa Yasmina para la revista ¡HOLA!, la nuestra.

Rita se llamaba de verdad Margarita Carmen Cansino y era hija de un artista sevillano, posiblemente gitano -que no hay más que verlo en las fotos color sepia-, nacido en el bello pueblo de Castilleja de la Cuesta, uno de los lugares más hermosos de Andalucía, donde pertenezco. Está al lado de Sevilla y aunque se ha convertido en un pueblo dormitorio de la capital andaluza, lo cierto es que es un sitio para vivir, para soñar, rodeado además de lugares donde viven muchos y muy buenos artistas de este tiempo nuestro. Por dar dos nombres o tres tan solo, María del Monte, que sigue haciendo mejor que nunca un programa (o mejor dicho, dos) de sevillanas, número uno en la televisión del sur para grandes y para niños, y en este pueblo también viven Los Morancos y algunos otros muy buenos artistas del duende flamenco.

Rita, que fue la gran artista de cine de su tiempo, campeona del éxito, resplandeciente mujer de aquel Hollywood de entonces, tenía sin embargo los ojos tristes. Sufría, desde niña, cuando acompañaba a su padre dando tumbos, bailando por aquellos cabarets de Norteamérica, hasta sus últimos días. Se casó tres veces o cuatro y una de ellas fue con Orson Welles, que un día haciendo en España la película Falstaff me habría de preguntar antes de que fuéramos a comer cochinillo asado -él pudo con dos-, en la cocina, de aquel otro ser legendario Cándido, al que estuve a punto de escribir sus memorias en su casa inolvidable de Segovia.

-¡Oh, joven! Me dijo el genio andaluz como Margarita, que formó parte de mi vida.

Dicen que no le dio buena vida, que la hizo sufrir mucho y que la inclinó a “que ahogara sus penas en el alcohol”. Aunque las penas saben nadar, como me dijo en su día la nieta de Hemingway, quien también se arrancó la vida de su propia mano.

También Rita se casó con aquel mítico e inolvidable Alí Aga Khan. Guapo, uno de los hombres más ricos del mundo, hijo de aquel profeta de los ismailíes, al que pesaban en oro todos los años. Sí que les puedo decir que murió en la carretera, en un día negro, terrible al volante de uno de sus coches deportivos en una competición dramática. Hija de ese Alí Aga Khan y de la actriz Rita Hayworth, fue la princesa Yasmina, a la que fui a entrevistar durante un largo fin de semana para nuestra revista, que lo cuento es cierto en su hemeroteca. En nuestra hemeroteca.

Aquel día, primero sobre un resplandeciente Central Park, mientras Yasmina bajaba a ver jugar a su hijo rodeado de guardaespaldas, bajo los grandes arboles del parque, en un instante que se quedó el apartamento, bellísimamente decorado, porcelanas, cuadros, sedas, muebles de época, alfombras, aquel olor a jazmín, el entonces más joven y más valiente reportero contador de historias que soy, corrió al fondo de aquel salón en el que había una alta puerta como de hospital, blanca, distinta, entornada. Yo veía que mientras hablábamos, magnetófono sobre la mesita preciosa, una mujer, una dama vestida de un blanco especial, yo diría que blanco enfermera, de piel morena, entraba y salía con un cierto misterio y sin hacer ruido, de puntillas, y que siempre, aunque dejara una puerta abierta, la otra, la de la izquierda, siempre cerraba dulcemente, como para que el secreto que en ella vivía, moría, nadie conociera.

Y la empujé en cuanto me fue posible, ¡ya lo he contado tantas veces!

Porque en una cama de hierro blanco, en una sala de hospital, una mujer agonizaba, rodeada de venas de plástico, como en aquella foto memorable del papa Pio XII cuando su médico le retrató indebidamente. Se escuchaba su ronco respirar. Era como una sombra transparente, afilada, que, por un instante eterno, volvió la cabeza blanca hacia la puerta que se abría, y clavo una mirada como con una ascua dentro de la pupila.

Sí, era ella, era la que fue la más grande en su tiempo. Había hecho, por ejemplo, aquella película inolvidable en la que, un apuesto Glenn Ford, la abofeteaba cinematográficamente. Aquella historia feroz, entonces, les hablo ya de hace muchos años, nos dolió a todos más que a ella misma. En aquella cinta, Rita se desnudaba un brazo con la gracia y la picardía de un verdadero striptease, aquel guante largo, de fiesta, debe estar en el museo del cine de la ciudad del cine. Murió después de aquel día que yo la intuí, en aquella casa de su hija en Nueva York, donde la bella princesa hija de Ali Khan y de su madre Rita, la cuidaba de su mal de Alzhéimer, que la convirtió en una sombra luminosa de lo que fue. En la hermosa biblioteca del salón principal, sobre la chimenea de la hija de dos leyendas, había un libro para mí muy especial. Las obras completas de García Lorca, que tantas veces había leído su madre. Era el tirón de la tierra que, sin que naciera en ella, la obligaba tanto al sur de España. He querido recordarla, y si me es posible este fin de semana, me acercare por Castilleja de la Cuesta, uno de los pueblos, insisto, más hermosos del sur de España, de donde era su casta, y su sangre.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer