Raffaella Carrà, el tsunami de platino

Al cumplir los veinticinco eres de plata, a los cincuenta eres de oro, pero… ¿y a los setenta y cinco? Pues eres de platino, aunque luego viene el diamante… Aunque eso solo está reservado, por ejemplo, para la reina de Inglaterra que para eso es Reina. Las leyendas sin embargo, con el tiempo -aunque no tienen edad-, también merecen un premio y si se lo merecen pues mucho más, como es el caso, de hoy, el de nuestra Raffaella Carrà, con acento en la a del apellido, que hace unos días celebró (y con ella el mundo entero lo hizo, sobre todo España, donde tanto lució), sus setenta y cinco años de nacimiento. Nunca es tarde si la prosa es buena, en este caso positiva, y además todos los santos tienen octava así que estoy en mi sitio, aunque a veces me retrase como mucho un  par de días, ya que a veces mi viejo cuerpo se irrita y hay veces que me pregunta sobre todo frente al espejo.

-”Pero vamos a ver, vida mía, ¿es que te crees que sigues teniendo treinta años?”

Es verdad. Pero quiero ser fiel a mis principios, o sea a las personas en este caso que han sido para conmigo, y en consecuencia también para los míos, ni más ni menos, que fructíferos, asequibles, aunque solo sea por agradecimiento. Es el caso de esta nuestra Rafaella, que aún no sé si es rubia de bote, pero lo que sí sé es que posee una melena ahora rubia, y una hermosa colección de pelucas, las mejores del mundo y de pelo natural, más aún que las veinticinco que poseía, aquel Sinatra del que hemos hablado, incluso criticado y siempre admirado Frank Sinatra, que en paz descanse.

A lo que iba, que Rafaella ha querido venir a España aunque solo sea brevemente para estar como siempre bravamente, jugando a las palabras, y hacer saber en el  programa. Me alegro de volver a verte, que.

-”A Madrid siempre que me llame, vengo. España es mi segunda patria.”

Lo de tsunami viene, metafóricamente hablando, por una sola razón: donde llega arrasa, positivamente digo. Mueve no solo la vida de las audiencias, como monstruo que es de la televisión, sino que además los equipos que la rodean se alborotan, las luces de los focos en los estudios languidecen y todo es “alrededor de”.

Raffaella, a veces escribo su nombre, ya ven con dos efes y a ratos con una, pero me suena lo mismo de bien, tiene el sonido del arcángel alado, el que del cielo llegó con su pez y su calabaza y que corona las casas y las iglesias de Córdoba, de donde es uno de sus santos patrones. Por cierto, enhorabuena ciudad única, por ese patrimonio universal que ha merecido esa medina Azahara hace unos pocos días, el verdadero monumento al amor, en la historia de los siglos, más aún que el de Taj Majal, en la India, donde hace tiempo me retraté con su maravilla al fondo.

Raffaella, que ha sido capaz de decir hace muy poco estos días, al cumplir los setenta y cinco como más arriba les digo.

-”Cuando vi que interesaba menos a mi público de siempre, y al que venía llegando, decidí decir adiós a la televisión…”

Más bien podría, debería decir, hasta pronto, porque igual un día la nostalgia, la melancolía, llamada a su puerta dorada y le dice.

-”Niña, que te estamos esperando, que tu resplandor nos falta.”

Yo la entrevisté no sé cuántas veces, con Valerio, sin Valerio, en la Uno, en la Cinco, en aquella terraza frente al mar, en la entrega de premios -que si ella estaba en pie, se los llevaba todos-, cuando tenía amor, cuando no lo tenía, bailando, cantando, aunque no era la Callas, y ella lo sabía, pero dándole aire a la fiesta, que nos hacía sentir más alegres, más ricos, más guapos… sí. Y hasta alguna vez me entrevistó en aquellos estudios grandes en los que cuando ella entraba, sola o acompañada de su corte de músicos, de admiradores, de bailarines, de técnicos, de periodistas, se hacía todo más pequeño. Ella tenía resplandor y aquí debo certificarlo ahora mismo, que a veces se conocía le fuerza de las personas, al menos a mí me pasaba por raro privilegio, por el aura que les cercaba la sonrisa. Rafaella la tenía, y por lo tanto debe conservarla, porque eso no se pierde con el paso y el peso de los años, sino que se multiplica.

rafaelacarra6z

No me atrevo a asegurar, no pongo la mano en el fuego, como ahora se dice, cuando casi nadie pone ya la mano en el fuego o en el hielo por casi nadie, que hayamos perdido ese fulgor, -que fantástica es la fiestaaaaa- que de ella se  desprendía, digo en directo, cuando se lo jugaba todo a una carta, si acaso alguna conversación de recuerdos. Si acaso, la memoria que no falte, pero siempre la tendremos ahí como una referente, incluso hizo una película que no mereció el Oscar, las cosas como son, una o dos que yo recuerde, pero la tendremos en el vídeo antiguo, aquel que guardamos cuando ella bajaba las escaleras de la gloria de la tele, con más primor, y más brillo, que incluso le propio Jorge Javier, que anda haciendo teatro, que es lo que más le gusta en el mundo o bañándose en alguna playa privada de Bali, es un decir, con el último por ahora amor de su vida.

En fin, termino, adiós, vale, pues adiós, platino puro de la alegría, sembradora de sonrisas, deslumbrante cegadora criatura del espectáculo, que te echamos mucho de menos, aunque tantas y tantos, como se dice ahora, quieren imitarte. Muchos y muchas quieren siquiera parecerte en algo, divina muchacha de Bolonia, pero ¿sabes lo que te digo, nena? Pues que de nuestros imitadores, serán nuestros defectos, pero nunca tendrán ninguna de nuestras virtudes.

Así que adiós no, Raffaella María Roberta Pelloti, hasta cuando quieras, reina ya no queda gente como tú, princesa, un ejemplo. Beyoncé, es un decir, solo hace que copiarte, y perdonen por la comparación, eso sí, a la americana. Y hasta el año que viene por estas fechas que volveremos si  tu no quieres antes, cuando cumplas los setenta y seis.  Mucha suerte y a luchar contra la nostalgia.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer