Carta a la Duquesa de Sussex

Muy señora mía,

como se decía en las cartas antiguas, cuando se escribían a mano, cosa que ya no se hace, hasta aquel día que alguien le respondió al que escribía, diciéndole, seña cierta de que era muy celoso.

Señora mía, no, que es mi señora esposa desde hace mucho tiempo, le escribo para decirle, en plan de carta que es mucho más cercano y a través de ¡HOLA!, que ha sido sin duda, la publicación que ha hecho mejor la crónica de la boda real para todo el mundo y en cuanto a idiomas se refiere. Y es que ¡HOLA! ya sabe, porque se que forma parte de su cotidianidad ha hecho el milagro de contar en un número pasado lo de ese día sin duda, que ha sido el más feliz, hasta ahora, de su vida. Entre otras razones por que ese sábado día 19, servidor, que es uno de los que inventaron la televisión en España, hace más de medio siglo, jamás vio un  suceso, que fea la palabra “evento”,  de tal envergadura.

Brillante, bien contado, por la BBc a través de la imagen, tanto en sus planos hermosos, como en el movimiento de sus cámaras, o los detalles íntimos, que tanto gustan a las muchedumbres, porque están cerca de los instantes maravillosos e irrepetibles. Por eso, señora Duquesa, que también puedo llamarla Alteza, creo, según el  antiguo protocolo de las  reales y más la británica, de la que en su día dijo Churchill, al que yo vi de cerca mientras pintaba una de sus famosas acuarelas, a bordo del yate de Onassis, que aun no había nacido usted, porque solo tiene treinta y seis hermosos años, una de las edades más lindas, de la vida de una mujer y mas tratándose de la suya.

A lo que voy, Duquesa, que he esperado unos días hasta verla ya convertida en lo que es, y después de ayer, que ya como esposa del príncipe Harry, que nos cae tan bien a todo el mundo, sobre todo porque sé que amaba a su madre, la princesa Diana, a la que yo tuve la suerte de besar su mano en Londres aquel día de hace  muchos años, cuando nos recibió y note aquel olor, a jazmín, que a ella le gustaba tanto.

Bueno, pues que lo ha hecho usted, su alteza, muy bien, y que si nos gusto verla de tan cerca el sábado más me ha gustado a mí, porque le ha dado juventud y alegría, simpatía y hasta humildad a un viejo título que, a veces, a la protagonista le viene grande, pero que usted ha convertido en más cercano, más popular, más nuestro.

Quiero decirle también que en un pueblo del sur hemos encontrado a una doble suya, si, que se le parece mucho y que quiso hacerse conmigo una foto en el estudio que lleva mi nombre en Sevilla. Es como una gota de agua. Y ya se ha convertido, en el pueblo de Peñaflor, que es además un nombre precioso y preciso para un marquesado de la calle y de las cuatro esquinas del sur, donde además ha gustado usted tanto. Y a mí también, por que dejo una pequeña  ojera, como las que tenia siempre la dama de la copla que pintaba el pintor cordobés Julio Romero de Torres, porque la ojera responde a una  antigua canción que dice en el sur de España.

-Andaluza y con ojeras, está queriendo de veras.

Y además, por el brillo de sus ojos, que no engañaban, mirada de enamorada y porque cuando se besaron, usted, si usted, mientras el príncipe Harry, le besaba, apretando los labios, por que supo que había mil cámaras, mirándole con lupa, usted, mi señora, entreabrió los labios, como corresponde a un beso de amor verdadero. Y eso que, aunque usted no perdió ni un solo instante de saber que la estaba viendo y analizando, todo el planeta, no dejo de ser quien era, además de una buena actriz de serie de televisión, ni más ni menos, que una niña enamorada.

Eso es solo lo que deseo decirle y asegurarle también que mi señora esposa, con la que llevo casado, se siente tan orgullosa, porque de niña era pelirroja, como es el príncipe Harry, que por cierto nadie ha dicho que como corresponde al protocolo real, llevaba, como su hermano William, espuelas de plata, según  manda el uniforme de gala de la  realeza británica.  Espuelas para domar al caballo del tiempo en el que vivimos. Pelirrojo, pecoso, como dice el chiste andaluz de “igual que si hubiera estado tomando el sol con un colador”. Que reciba el saludo en la distancia del pueblo llano, y que haga lo posible por parecerse en algo a la mujer a la que más amo su esposo, que a pesar de ser tan noviero, y tan señor que invito a dos de sus exnovias más conocidas a su propia boda. Quiso más que nadie a su madre, doña Diana, de la que todos seguimos tan enamorados.  Que la piedra azul de su dedo, que fue de ella , le acompañe siempre con su raro mágico resplandor, y que sepa que Diana caminó por un  campo de minas, un día, lejos, si  perder la sonrisa, y que usted lo sepa hacer tan bien como ella porque a pesar del  hermoso futuro que le espera, en su nuevo lugar en la tierra, no olvide que de un campo de minas se trata. A ver si se acercan un día por este sur, que tanto le gusto a Diana, y que ya la está esperando con los brazos abiertos, como quien conoce como nadie las historias de amor, de los seres humanos. Por que las vive, las conoce, y las reconoce, las siente y las multiplica. Como la suya, de la que tanto esta el mundo, falto.

Gracias por su ejemplo duquesa y presuma de su piel canela que es, sin lugar a dudas, la más bella piel del mundo.

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