Carta a Íñigo

Mi inolvidable José María. Che mai, viejo amigo. Perdona que haya tardado tanto en escribirte esta carta, ya sabes que a mí me gustan mucho, y perdona por el refrán que se dice -y a veces es cierto-: que todos los santos tienen octava.

Y perdona por lo del santo, macho. Pero en este caso además es cierto. Últimamente nos veíamos poco, pero sé que nos teníamos ley, lo sé, porque si hay algo que tú no sabías hacer, era fingir. En este tiempo en el que casi todo es mentira, no sabías hacerlo, se te notaba enseguida. Pero tenía que hacerlo, José María, porque habíamos toreado mucho juntos y porque he encontrado una foto última, de hace unos meses, en aquella comida de Granada en la feria del turismo. ¿Lo recuerdas, campeón?

La verdad sea dicha, igual ya estabas malito con tu cáncer a cuestas, pero no se te notaba ni querías que se te notara. No te quejabas jamás, y eso que ya estabas con el cangrejo encima, lo que te hace más grande todavía, mi querido José María Íñigo.

Lo primero que tengo que hacer es felicitarte, porque el ministro de Cultura acaba de concederte en este preciso instante la Medalla de Alfonso X el Sabio, que solo ha dado tiempo a los confidenciales, y que te merecías más que nadie, mi hermano. Y además la del trabajo, que si quieres te mando la mía, dime dónde porque si algo hiciste en tus setenta y cinco años de vida fue eso, mi maestro, trabajar sin tregua. Hasta ahora no se había sabido que en los momentos mas difíciles, que los tuviste porque no heredaste nada, vendiste por las noches en el teletienda, lo que podías, eso sin sin dejar de sonreír y como si nada.

José María Íñigo recibe, a título póstumo, la Encomienda de la Orden Alfonso X el Sabio

Qué grande eres amigo y déjame que te lo diga. ¿Recuerdas- y no es por sacar a relucir cosas no tan alegres-, aquel programa que hicimos juntos? Tú de presentador, servidor escribiendo el guion, que era algo que no hacia falta y Chicho Ibañez Serrad, dirigiendo. ¿Te acuerdas que solo duró un programa, porque no tuvo éxito alguno?

Lo que es la vida, camarada, viejo amigo, insisto, que eras mucho más que un bigote, mucho más que la cuchara de Uri Geller, mucho más que un profesional, gigante, mucho más que una referencia, mucho más, muchísimo más que la voz de Eurovisión y que aquel que hizo un programa en la tele en el que perdió un zarzillo.

Veinte libros te avalan, entre otras cosas, una enorme capacidad para saberlo todo sin que se te notara, humilde vasco, que la última vez que comimos juntos fue en el José Luis, vasco como tú, en su casa de cerca del Bernabeu, cuando le dijiste aquello: “Oye, que cuando quieras comer unas cocochas de verdad, me avisas con tiempo y me dejas un rato la cocina, que ya verás lo que vale un peine, paisano”.

Grande, ingenioso, agradable, sabio, sabio, sabio, maestro que nunca presumía de magisterio y que la última que te vi fue haciendo el programa de Aquí la Tierra en un restaurante donde probabas no sé qué, de eso que se hace ahora, pero lo que tú querías de verdad era aquel plato con cuchara de cuando tu padre metalúrgico llegaba a casa cansado y roto y veía en los pucheros de la cocina familiar.

Querido José María, España, este viejo país nuestro, viajero siempre del mundo, mira lo que se me viene a la memoria ahora mismo, que es lo único que me queda ya, aquel día que me subo un avión de Iberia, aquellos que hacían la ruta de América de noche, con mi escaso equipo, pero bueno, de gente del programa Trescientos millones y me caigo redondo en la clase turista aunque a veces algún capitán nos dejaba pasar a mejor, cerca de ti.

Te digo suspirando profundamente, roto y eso que no había hecho mas que empezar el vuelo,  que estoy roto Iñigo, fíjate que la semana que viene tenemos que volver a España. Y me respondes, ya tenías el bigote grande: “¿Qué quiere que te diga Medina? Si yo llego mañana por la mañana a San Juan, de Puerto Rico, presento un  programa de televisión y tengo que volver mañana por la noche.” Me quedo de piedra, no obstante insisto por si puedo salvarme y digo que menos mal que ya no tendrás que volver hasta Dios sabe cuándo, a lo que me respondiste: “No, si esto lo hago todas las semanas, y desde hace un año, voy y vengo en el día además del programa de Puerto Rico, pero es que el lunes vuelvo a tener el mío de la tele en España”.

Me quedé de piedra, maestro. Te escuchaba todos los fines de semana en el programa de Pepa de Radio Nacional, con tu voz personalísima, segura, distinta, tuya, y me gustaba, mira lo que te digo, aprender de ti, saber de ti, porque siempre, siempre, siempre me enseñabas algo que no sabía y  con sencillez, con la verdad por delante. No sabes cuánto me gustó que te dieran en la academia, de donde los dos éramos académicos, ese premio Iris, merecido de toda una vida. El galardón también llamado Premio Bolero, porque tiene el nombre de una canción inolvidable. En fin, amigo, que quiero que sepas, que he estado triste todo este fin de semana y que no me puedo resarcir del todo de este viaje tuyo, del que igual vuelves cualquier día de estos. Tengo una foto contigo de hace poco, que mi santa me ha dicho al verla que me la han mandado desde Granada: ”Hijo, está más contento que tú, que parece que el que te vas a morir ya eres tú, hijo mio”.

Y es verdad Íñigo, de todas formas quiero que sepas que la mejor definición que se han hecho muchas estos días la ha hecho tu compañero de filas, en la Radio nacional, Aberasturi, cuando este sábado, anteayer, como quien dice, fue y dijo aquello de:

“Sobre todo, José María Íñigo, era, un hombre bueno.”

Eso sí que es un oficio difícil, una asignatura pendiente. Te pido que me protejas, que me ayudes. Y no te hago santo porque no te gustaría serlo. Deja que te cante hoy:

Una lagrima cayó en la antena.

No me olvides.

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