Semana de Pasión

Ya está aquí desde hace días: el Domingo de Ramos es una tradición popular andaluza y granadina que advertía, que “el que en Domingo de Ramos, no estrena, es que no tiene manos”. Esto era sobre todo un ripio, pero al menos que para mí, niño del sur, significaba por lo menos, por poco que fuera, unos calcetines nuevos recién comprados como poco, y desde luego, salir a la calle Mesones de Granada, mi ciudad, donde vivía, aunque había nacido en un pueblo nazarí llamado Piñar, entre olivos y almendros. A ver, pasar la primera procesión del domingo, que era y bien que lo recuerdo, la de la Borrica, que nosotros decíamos “la Burriquita” donde veíamos pasar aquella imagen de barro en la que Jesús, hijo de Dios, humildemente, entraba en Jerusalén  sabiendo lo que iba a tener que sufrir: su crucifixión y muerte en el calvario, arriba del todo en el Calvario, tras en su sed pedir agua y recibir a cambio en la punta de la lanza de aquel centurión llamado Longines, una esponja con hiel y  vinagre, para apagar  la sed de aquel que agonizaba entre dos ladrones.

Desde niño y desde entonces, sentí una especial devoción por el símbolo de la cruz. Tanto es así, que más tarde inicié -más por admiración, sin duda- una colección de cruces que aún me acompaña: desde cruces de las Pasiones de América donde viví tanto tiempo, de cerámica, de cartón, hasta aquel Cristo de la guerrilla del Salvador donde estuve como corresponsal de guerra, que lleva al cinto desnudo, encima del paño de pureza como se dice en el sur, un revólver al cinto, entre el sacrilegio y la pasión, por la Pasión, como tantas veces he escrito.

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Tengo mucha cruces que me acompañan, cruces como esta de palo de olivo hecha de una sola pieza del árbol más querido para mí,  puesto que entre ellos nací, aunque no fueran míos. Alguna vez he escrito que a este cristo en la cruz precisamente creo verle destilar, como llanto milagroso, lágrimas de aceite de olivo, que más bien se trata de un presentimiento que de una realidad, pero eso aviva mi fe de cristiano viejo que soy, desde que vine al mundo, hace ahora ochenta y tres y pico de años.

He visto después con mis propios ojos los lugares de la Semana Santa en su propia geografía y algunos de ellos de forma muy especial, incluso inolvidable porque acompañé al papa Pablo hasta los mismos santos lugares en su viaje santo, hace ya muchos años, encontrándome con la ocasión única de quizá por milagro, darle mi propia mano después de ofrecérsela, cuando intentaba bajar hasta el lago Tiberíades, cuando quiso hacerlo. Estaba en una suave colina cuando pretendió hacerlo, descendiendo entre tantos y había un joven periodista que estaba allí, y que con el agua del lago santo hasta casi la cintura y solo le tendió su mano temblorosa. El Papa, a quien ahora quieren hacer santo, bajó su mano, pequeña y cálida como yo conté después, hacia aquel que se la tendía abajo. Y escribí aquel mismo día emocionado hasta el diario ABC donde entonces escribía y era jefe de reporteros: “Y es así como sentí dos mil años de la historia de Cristo, en mi mano emocionada”. Tan cierto es lo que les cuento, que aunque aquí solo yo di la noticia, porque fue tembloroso protagonista, no se ofreció la foto del documento que naturalmente conservo. Pero sí que la dio a doble página, ni más ni menos que la revista Paris Match, que entonces disfrutaba de un enorme prestigio mundial. Conservo naturalmente el documento único, siquiera por dejarles algo importante el día que me vaya del todo a mis nietos, que además por ahora son cinco y medio, porque espero otro, y que han sido bautizados en la fe cristiana.

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Bueno, pues ya pasó la procesión de la Brriquilla y ya es Lunes Santo en el que escribo. Parece que el tiempo va a respetar las procesiones de toda España y eso esperamos y deseamos todos. Huele, incluso en mi sensación personal, a cera, a flor, esa flor fresca de la Semana Santa del sur. He sido pregonero especial de la mía granadina en el inscribible lugar del falla de Granada, en la Alhambra, y he pregonado también la cofradía de los Gitanos y otras más de distintos lugares, como aquella emocionante de Medina de Rioseco, en el corazón de Castilla, al pie de un cristo de Gregorio Hernández que sin querer me hizo gravitar de escalofrío en aquel día también para mí, inolvidable. No quiero cansarles más en este Lunes Santo que escribo, pero sí decirles que será hermoso pensar que de alguna forma, cuando Cristo mueva la piedra redonda, que yo he visto también, según dice la tradición que le devuelve a la vida, antes de subir junto al Padre, a nosotros nos ocurra también lo mismo. Es un buen momento como ocurre a veces, para iniciar una nueva vida, quizá más luminosa, más alegre en la que hagamos realidad nuestros sueños. Siempre, también hay que decirlo, dentro de la solidaridad para con los demás, que buena falta que nos hace.

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