Bo Dereck: ahora más que ‘mujer 10’, es 11

No es por echarle un piropo hoy, que cumple sesenta y un años. No es por eso, sino porque ha sabido más que envejecer y aguantar la vida. Tanto, que es capaz de demostrar que, como en otros tiempos, -¿recuerdan?- ”la arruga vuelve a ser bella”. Lo es en su silencio, con el aire en la cara, con el sol arriba, siempre encima del caballo o a su vera, en su rancho de California junto a los suyos.

La sigo desde aquel día hace ya mucho (ajusten cuentas, fue en el ochenta y cuatro), pues hace como poco treinta y tres años cuando hizo Bolero. Aquella película que dirigió su marido, un bellezón sin duda, que la rodó por cierto en España. Hacía servidor, creo, la última del primer cuadernillo del Diario Pueblo, que era sin duda el que más se vendía en las tardes de España. Vale. Bueno, pues un mediodía, el conserje me llamó desde abajo, que es donde estaban los conserjes, y me dijo un tanto asustado las cosas como son:

-Señor Tico, que aquí abajo hay un señor que dice que viene a matarle porque asegura que ha escrito usted algo que no debía sobre su mujer, que es esa tan guapa que siempre está montando a caballo…

Lleno de miedo, como es natural (porque el miedo es libre, ya saben), le dije que “esperara un poco, que para morir siempre hay tiempo y más de mala manera” y terminé mi pagina que hacía, por cierto con Manolo Summers y su dibujo de todos los días, y acudí a que me auxiliara en lo posible nuestro crítico de cine, Tomás García de la Puerta, y no solo porque lo suyo fuera el cine, sino por que además, era casi  como un armario de grande: un tipo de boxeador de paisano, muy elegante siempre,  además de viejo y buen amigo mío.

-Dígale que espere a este señor y dígale que enseguida bajo, que se vaya tomando una cerveza a la que le invito, ahí en el bar de Rafa, que además tiene fama de ofrecer buen marisco, que no tardo en bajar…

El Diario Pueblo estaba, en la calle Narváez número setenta, cerca del Retiro de Madrid. Allí fue donde tanto aprendí como reportero, que no trataba de arreglar el mundo sino siempre contarlo.

Repasé lo que había escrito dos días y publicado, todavía con la tinta fresca. La protagonista era, claro que sí, aquella americana dorada de pelo ya entonces a trencitas africanas, como se lleva ahora, que había sido retratada en su película Bolero, que dirigía su marido John Derek. Un chico guapo, sin duda, aquel de pelo plateado que llevaba casado con ella no sé cuanto tiempo, y que había sido también su descubridor  cuando la niña tenia tan solo dieciséis años. Fue un amor que tuvo entonces mucha prensa. Él venía del cine y de algún otro escándalo, y además, tenía una cierta fama de violento. Rebajemos el adjetivo dado que ya no está entre nosotros: tenía un resplandor como de tipo duro. Igual era cierto lo que traía entre manos.

Rodaban en España la película Bolero y a mí quizá, a la hora de escribir en las definiciones, se me había ido la mano en cuanto a su esposa se refería. Había hecho ya la película diez y era ya reconocida como una de las mujeres más perfectamente dotadas por la naturaleza, dueña de un cuerpo perfecto, inimitable y be-llí-si-mo. La foto aquella donde aparecía montada en un caballo de raza andaluza por una playa del sur tal y como vino al mundo en Long Island, años atrás, estaba dando la vuelta al planeta. Y yo, invitado especial, uno más entre los dos mil invitados de todo el mundo, había estado presente en la ceremonia de la admiración.

Total, que igual tenía razón John Derek, el guaperas fuerte que me estaba esperando abajo. No lo quiero hacer más largo, que luego me falta sitio aunque son generosos conmigo en el blog. Terminamos después de unos tanteos iniciales con el puño de la palabra, cambiando impresione de entrada y lo cierto es que terminamos almorzando en el primer piso de Rafa, todavía uno de los mejores restaurantes de (sobre todo) marisco en Narváez. Hace esquina con Ibiza y queda muy cerca, por cierto, de la casa en la que había nacido Plácido Domingo. Había una placa que recordaba a este cantante único y que aún sigue cantand, cada día mejor por el mundo entero. Madrileño universal que está cumpliendo ya más de medio siglo desde que rompió a cantar, según se celebra estos días, viejo amigo que sigue soñando y, según me ha contado a mí, suspirando en más de una ocasión y por distintos lugares del planeta.

Pues bien, Bo, californiana pura, más bien de estatura mediana, uno sesenta y uno, ojos incapaces de aguantar más de quince segundos cara a cara, ha escrito un libro como de memorias y equitación al mismo tiempo, dos cosas que van muy bien con ella. Tanto es así, que de cuando en cuando todos los años una vez como poco, se acerca a España, que forma parte de sus pasiones preferidas. Tiene, que yo sepa, un a yegua de cría cordobesa a la que además, al no tener hijos tras casarse de nuevo con un cantante muy popular, se ha dedicado por completo a cuidar.  No hay que olvidar que ella revela, siempre que puede, su frase más memorable y sorprendente.

-Todo lo que sé, lo he aprendido del caballo…

Hizo cine atrevido, por llamarlo de alguna manera, cayendo quizá en lo cursi durante un cierto tiempo. Era capaz de aguantar cualquier primer plano sin maquillaje, solo necesitaba el sol y el viento en el rostro, y aunque ella sabía que jamás conseguiría un Óscar, sí que fue siempre ejemplar y envidiable por su cuerpo perfecto y divino. Fue la mujer perfecta durante mucho tiempo y aunque no tiene hijos, tiene muchos sobrinos y con todos vive en compañía en un formidable rancho de la montaña entre caballos (claro), hermanos e hijos anteriores de su matrimonio actual.

Mary, como se llama de nombre de pila, era hija de gente de la farándula: su madre maquilladora y su padre guionista. Yo la recuerdo también en aquella película donde hacía de Jane, la mujer de Tarzán, en la primera jungla del cine en color, inolvidable. En fin, que felicidades, bella. Tan importante en su silencio como en aquel grito de su primera aparición, a caballo o a pie, por el cine de hace casi treinta años. Las fotos que son maquillaje, dicen, acaban de aparecer de usted tocando la guitarra junto a su esposo feliz y enamorada. Son un retrato de normalidad, de paisaje y de que sigue regando el tiesto donde crece la flor de la humildad, que es también, sin melancolía, una virtud formidable.

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