Luto en el circo: se nos fue Pinito del Oro

Siempre la quise. Escribí y conté mucho de esta mujer valiente que jamás perdió la sonrisa. Por eso, ahora que se nos ha ido y cuando la gente compara muchas de las vidas que vivimos con el circo, ninguneando uno de los oficios mas hermosos, más difíciles, más valientes, más divertidos del mundo, yo reivindico la figura de esta dama que acaba de decir adiós a la vida a la que tanto, tantísimo, provocó, con acento en la o. Nació en Canarias, en Las Palmas, en Guanaterme, uno de los barios mas isleños del mundo, hace ochenta y siete años. Cuando vino al mundo esta hija del circo fue inscrita con el nombre de María del Pino -patrona de Canarias cuya basílica ermita recuerdo ahora mismo con emoción y nostalgia- Segura Gómez, que mereció en su día el titulo de la mejor del mundo en su género, ya que se jugaba la vida en un trapecio sin red abajo, sobre el suelo, a como poco quince metros de altura.

Era grande, única, inmortal sin duda. Fue una de las grandes españolas de su tiempo. Tenía los ojos negros de cerca y de lejos llenos de la luz cegadora de ese único foco que la envolvía en el  trapecio, cuando a él subía por un  elegante escala mientras redoblaba el tambor de la emoción. Era el asombro: volaba de trapecio lleno a trapecio vació como una gaviota. Sus  medias de malla, sus piernas perfectas, sus pies dentro de las zapatillas de bailarina de ballet y sus dedos replegados siempre, atados a la barra de plata. Esos pies que luego tuvo necesidad casi de reconstruir porque se habían convertido en las suaves garras de la paloma que volaban sobre la muerte.

 Y si impresionante era, y mucho, arriba en el trapecio, abajo era una mujer formidable, una dama de cultura amplia, de talento y exquisita, siempre al otro lado del teléfono cuando se la llamaba para la prensa, para la radio, para le televisión… Más bien menuda, elástica, dama de los cisnes sobre el mundo redondo del circo que mantenía el aliento, espantado, mirando arriba, jugándose la vida dentro de su vestido de princesa soñada.

Perdonen por el quizá excesivo estilo de mi blog de hoy, pero es que Pinito lo merecía, lo merece. Se nos ha muerto hace unos días y aunque siempre trató de huir de las necrológicas, lo cierto es que mi memoria se niega a olvidar a los gigantes, los héroes atrás de mi recuerdo y que llenaron de resplandor mi memoria.

Era hija del circo Segura Hermanos y tuvo a diecinueve miembros de la misma familia. No iba a ser lo que fue, pero lo cierto es que estaba escrito en las rayas de su mano. Murió su hermana, que iba delante, y le tocó a ella el pétalo de la margarita del  destino. Toda una vida ahí arriba y yo ¡la vi tantas veces! Les cuento que estuve a punto de escribir sus memorias cuando sustituyó en la película El circo, -¿recuerdan?- en los planos difíciles de arriba a la propia Gina Lollobrigida. Estuve a punto de escribirlas, pero al final ella me dijo un día en el Price de Madrid, en su camerino que olía a la par a linimento y jazmín:

-Lo haré yo, Tico, te agradezco la muy buena idea porque me gusta mucho lo que haces. ¡Me has hecho tantas entrevistas en tantos sitios! Pero verás, lo quiero hacer yo misma. Ya has leído algunos de mis cuentos antes de publicarlos, que tu leías antes que nadie para decirme lo que te parecían, pero las quiero escribir yo. Tengo tiempo libre y ganas de hacerlo. Cuenta con el primer ejemplar.

Las hizo y muy bien. Y ademas escribió un par de libros más. Se presentó a concursos muy importantes de novela. Inventó historias pero siempre, por brillantes que fueran, resultaban menos apasionantes que su propia vida. Su segundo apellido era Gómez. Estuvo a punto de perder la vida al estrellarse contra el suelo, así de duro resulta escribirlo, tres veces. Tres veces que fue operada urgentemente del cerebro, rota la cabeza en la caída. Se ponía en pie de nuevo y volvía a subirse a lo más alto. Impresionante. Pocos sabían, aunque alguno lo contó, entre otros uno de ellos fui yo, que abajo había por aquel entonces un muchacho fuerte vestido de gala con un esmoquin azul. Entonces era el hombre de su vida y que hacía de red con sus propios y fuertes brazos. Mas de una vez la salvó.

Hoy los periódicos, veo, que no han contado nada de aquello. Yo sí, peor no tengo a mano ni su nombre ni su apellido. Si sé que una noche se cayó del trapecio, en Niebla (Huelva) y que Huelva le dio su nombre a una calle. Sé también que al final de su vida de circo le cortó la coleta, ni más ni menos que Mary Santpere en el circo de Price de Madrid, y que servidor, como enviado especial, en este caso de enviado espacial, por que del espacio de trataba, estaba allí para contarlo. Grande, grande, grande, esta Pinito del Oro que ya habrá llegado allí, donde solo habitan las estrellas, que había veces que eso parecia querer: descolgar una estrella del cielo mismo, y perdonen por la metáfora. La recuerdo ahora mismo en una playa de Canarias, caminando, seguida de una gaviota de pico largo amarillo, coja, la pobre, con una venda en una de sus patas. Pinito, a la que quise tanto y que se acaba de marchar, insisto, al lugar de los inmortales.

La quise mucho y ella lo sabe, y hoy, mi blog de ¡HOLA!, que según me cuentan cada día lee más gente en todo el mundo, lo que agradezco de corazón, me da la oportunidad de recordarla. Aquella que fue reina del aire, que fue más feliz en el cielo que en el suelo. Nadie te ha superado, reina del circo, trapecista de oro. Única.

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