‘Les Luthiers’, mucho más que un sexteto

Hace unos días el rey de España -que por cierto, pronunció un discurso magistral- entregó el Premio a la Comunicación y Humanidades a Les Luthiers en la solemne sesión anual de los Premios princesa de Asturias del año en curso. Un servidor (siempre tengo que contar algo de mi cosecha propia) ha asistido a esa ceremonia a la que he llamado el Azul Campoamor durante muchos, muchísimos años. Por ejemplo, aquel día que el príncipe (entonces de Asturias), don Felipe, hoy rey de España, pronunció su primer discurso en público arriba en el escenario del precioso teatro de Oviedo, tuve el inmenso honor y la gran responsabilidad de retransmitirlo para América dentro del programa, creo, 300 Millones, que aún siguen dándolo a trozos por todas las televisiones, ahora iberoamericanas o latinoamericanas, entonces hispanoamericanas, aunque hoy podría añadirse también lo de afroamericanas, o nipoamericanas, o chinoamericanas, etc.

Muchos años acudí a la cita inolvidable, entre otras razones porque siempre era invitado, ya que además tengo inmerecidamente la medalla de Asturias que exhibo, no solo en sitio de honor en mi casa que es la suya, sino también en mi memoria como uno de los galardones más queridos de mi ya larga vida de contador de historias.

Este año, el premio llamado ya y con razón el “Nobel en castellano”, en uno de sus apartados ha sido entregado por el Rey don Felipe a cinco personas juntas, no revueltas, que este año hacía ya cincuenta (y parece que fue ayer cuando empezaron), llamados Les Luthiers. Tengo entendido, sin consultar el diccionario, y lo hago mal, que los lutiers, sin hache en medio, son aquellos que hacen instrumentos musicales, sobre todo de cuerda: guitarras, violines, bandurrias, etc.

Los seis que este año han venido por que el grupo universal, famoso y además popular (que son dos acepciones distintas), ya que no solo son conocidos sino ademas queridos. Son Carlos, Jorge, Marcos, otro Carlos, Horacio y Martín. Me van a permitir que no les dé sus apellidos, que restringirían considerablemente la disciplina de mis palabras. Pero sí que les puedo asegurar que están en todas las Wikipedias del mundo. Son, insisto, universales. Llevan reunidos, cantando, divirtiendo, humanizando y, en fin, haciendo reír con su inmenso talento, desde su descomunal talante. Son gigantes aunque su estatura física sea la normal, salen a la escena del mundo entero y aparecen en sus vídeos o en sus discos antiguos, en sus apariciones o donde sea y como sea, haciendo al planeta mucho mejor y más cercano. No solo gustan y entretienen, también divierten insisto, con cada una de sus creaciones, tanto contando como cantando. No solo hacen milagros sino que enseñan solidaridad: la sonrisa es necesaria y la risa mucho más. Son los embajadores de un  mundo mejor, que tenemos ahí mismo, al alcance de la mano.

Y eso que se nos ha ido algunos a lo largo de los años. Yo los  he visto y los he aplaudido, y hasta los he entrevistado en los sitios mas diversos, a saber, en Tucumán de Argentina, donde de hecho nacieron. Yo iba hasta Buenos Aires como poco una vez al año en mis tiempos de corresponsal, así que los he tenido cerca. He compartido mesa y mantela en Granada donde son muy queridos y deseados, en el restaurante de Chikito, que ya se nos fue de este mundo, argentino afincado en la tierra que tuvo la desgracia de verme nacer y donde por lo menos una vez al año acudían a la cita de los buenos amigos y admiradores entre los que me encuentro, pues no faltaba más.

Son geniales Les Luthiers, estos seis magníficos a los que el Rey premió merecidamente. Comunican felicidad, son más humanos que los más humanos, y hasta incluso esa noche del premio se pusieron de corbatita y señorío, con sus cabezas ya blancas, su sonrisa abierta y su historial solidario tan difícil de imitar.

Inventan instrumentos musicales de viento y cuerda, alzan palabras nuevas, tienen su diccionario propio y, sobre todo, alegran la vida del respetable que les sigue, les persigue y por fin los consigue, por lo menos en directo una vez al año. Empezaron de universitarios corales, como habitualmente son, en un país tan rítmico y original como es el suyo, y los de hoy son, por ejemplo, de Rosario, de Buenos Aires y me viene a la memoria ahora mismo que tengo alguna foto por ahí, con el maestrísimo Rabinovich, que fue un tiempo alma y voz también de este conjunto de genios que ya han tenido Grammy y de todas las categorías de los creadores y artistas de mundo.

Buena gente, disciplinados dentro de su libertad, filósofos de la vida. Bien que los recuerdo un día en el teatro Colón de Buenos Aires, uno de los más hermosos del mundo, al que me llevó a verlos José Carlos, mi paisano granadino, un poeta muy bueno y encargado de la cultura de nuestro país en una nación tan sabia y compuesta de tantas sangres diversas como es Argentina. Me gustaría hoy, aquí, ocuparme de todas y cada una de las invenciones musicales de este grupo de seis hermanos de idioma, inventores de la alegría más popular y culta al mismo tiempo, capaces de hacerte pensar y reír sin otra trampa que esa vitrina transparente y luminosa de su propio resplandor.

De ellos se han escrito libros, se han  hecho películas, poemas. Me viene a la memoria aquel día que les ví en el barrio de la Boca de Buenos Aires hace tantos años, cuando empezaron a  sorprender en un país, en un planeta inmenso como es Argentina, donde escribir, cantar, pintar,  jugar al fútbol y hacer deporte, es un hábito diario. Que este que aquí ven, servidor de ustedes, ha entrevistado a Di Stefano, a Borges, A Fangio, o a Leguisamo (el mejor jokey de todos los tiempos a lo largo de la historia), o a Mercedes Sosa, por dar solo unos nombres. Me queda de los de hoy, Messi, por ejemplo, pero no pierdo la esperanza.

Así que por hoy, hablo de Les Luthiers, a los que me gustaría ir a ver de nuevo en cuanto me sea posible. Sé que los que vienen después sabrán de ellos, porque aunque pasen siglos formarán parte de la historia de los “monstruos” de nuestro mundo.

Son inmortales.

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