A mí no me retrató Andy Warhol

Ahora que el enorme genio de la publicidad, que se llamó de la difícil manera que titulo este retrato de hoy, vuelve a vivir (no a resucitar por que siempre esta vivo). Y viene a Barcelona justo en estos momentos, ya que La Caixa lo trae con una exposición antológica de toda o casi toda su obra. Quiero ocuparme de uno de esos que son grandes en lo suyo, la publicidad sobre todo, y ya que soy como saben un coleccionista de leyendas, me habría gustado mucho, muchísimo, si no entrevistarle porque no era fácil, por lo menos darle la mano para haber presumido ante ustedes, mis desconocidos lectores del blog. Se trata de un icono de su tiempo, que sobrevive a su tiempo sin haber sido, más que sobre todo, un genio de la publicidad. De la propia publicidad, un talento único al menos para mí, y no es por depreciarlo, que no puedo ni debo en lo que a su propia imagen se debe.

En su factory de la ciudad de Nueva york, siempre capital mundial del arte (sobre todo a la hora de vender), en aquel piso quinto te recibía, si es que alcanzabas a tener la suerte de ser bien admitido, con su pelo blanco y falso por que era un peluquín mas bien feo, pero bellamente feo, como se ha escrito en algún  sitio. Alto, desgarbado, con sus lentes claras de culo de vaso y su aire  como de vuelta de todo, como sobrevolando en el espacio en el que se asentaba.

Hace ya algunos años creo que fue, acabo de consultarlo, en el ochenta y tres, visitó Toledo. Hasta allí me traslade cuando no había ave porque me llevó un amigo galerista que quería conseguir una foto suya como fuera. El mundo del arte estaba revolucionado y no era para menos: el gran gurú (con acento en la segunda u) ya nos visitaba, sobre todo por que por lo visto deseaba ver al greco uno de sus dioses pictóricos. Vale. Hubo un tiempo en que aquel hombre flaco, que se llamaba Warhol (no se si lo habré escrito bien), nacido en Pitsburg, hijo de padres católicos, y emigrantes del centro de Europa, llegó a Nueva York con lo puesto dispuesto a triunfar, aunque no lo decía en voz alta.

Sabía mucho de publicidad y dibujaba bien, como si fuera para niños, pero sobre todo tenía una enorme personalidad física. Era distinto y además, de grandes maneras, deseaba ser conocido y reconocido. Todo el mundo conoce su historia o al menos casi todo el mundo: sus retratos de Marilyn en nueve versiones de color, de Elvis , de Mao, de la sopa Cambell o de la Coca Cola, por dar unos nombres tan solo, causaron con el tiempo el impacto de lo revolucionario en el mundo del arte, llegando a ser comparados con el propio Velázquez o con Picasso, por dar un par de nombres tan solo. Vale. La prueba esté en que cualquiera de sus obras vale hoy tanto como un Van Gogh, como les digo, sin respetar la distancias.

Yo que no tuve la enorme suerte de poder siquiera, no ya que me hiciera una foto para recrearse después en su estudio con su polaroid, de foto al minuto, cosa que no hizo entre otras cosas, por que tonto era -ni soy, ni absolutamente nadie-, si acaso mi fuerza radica en lo que he vampirizado a los más grandes de mi tiempo. Por lo menos le vi cerca de la puerta de aquel museo de Toledo, pero debo decir con urgencia que ya tenia resplandor, como los gigantes de la noticia que había tratado en mi tiempo. Ese era mi oficio, como el que colecciona lepidópteros gigantes de los andes.

Lo cierto, (por terminar ya, que me estoy haciendo largo sobre todo por que creo que es de las pocas veces que trato de escribir de alguien que me despreció, o al menos me desconoció desde su altura universal), es que deseo asegurarles que el hombre, genial sin duda, que hoy actualizamos por que vuelve a materializarse en Cataluña en una exposición única, excepcional, formidable, murió a los cincuenta y ocho años, de una sencilla -y todo el mundo insiste que rutinaria-, operación de vesícula biliar. Le velaron además personalidades del mundo entero en Pittsburgh, donde había nacido en una iglesia católica, y fue vestido de cachemir, según cuentan, con sus propias lentes de toda la vida, llevando en las manos, en una un breviario católico, unos evangelios y una flor.

Por lo visto, durante toda o casi toda la vida, llevó un corsé fortísimo para tener derecha su columna herida, rota, en un atentado que sufrió en sus propias carnes. Dicen que no se le conoció amor de mujer y que en el fondo fue tierno, distinto y distante. Se ha hecho ya alguna película de su vida, con mas o menos acierto y se han publicado y se publican numerosos  tratados, más sobre su obra que sobre su vida. Yo, desde que leí su primera biografía, fue el más grande publicitario de su tiempo, le recuerdo casi todos los días. Les contare rápidamente porqué.

Porque con frecuencia trató de encontrar una faja como la que el usaba, por tratar de hacer huir al dolor que le habita. He visitado también esa quinta planta de su factory y he encontrado vida, aunque él no esté en su catedral de lo exagerado, lo inmenso, podríamos decir que de lo irrepetible. Y me he retratado junto a su figura coronada por una peluca imposible. Se reía de sí mismo. Esa era su grandeza: genial, excéntrico, excepcional, eterno. Siento mucho no haberlo podido conocer personalmente. Así habría tenido la ocasión de que con su maquinita me hubiera hecho un retrato. Hoy sería no Tico Medina, sino Rico Medina. Claro, que igual no habría podido tener la ocasión de escribirles, uno a uno, como me gusta hacerlo con ustedes desde hace ahora más de sesenta años… que muchos de ustedes ni habrían nacido siquiera.

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