Mirando a Miró

Con un buen acento en la ”o” por que sino, el Miró del que os escribo no sería Miró. Y hoy con mas acento que nunca, porque desde el 17 de agosto pasado, inmediato, el pintor Joan Miró volvió a ser noticia. Triste noticia, es cierto Dramática y dolorosa pero fue una noticia que dio la vuelta al mundo. Fue ese día trágico en el que Barcelona fue asolada en su propio corazón, en Las Ramblas, por el ataque terrorista que sembró de muerte Cataluña, España, el mundo.

La furgoneta mortal llegó hasta ese mismo punto, cerca de la Boquería, cargada de dolor y de horror, hasta el mosaico en colores casi infantiles que en su día regló el pintor catalán, universal, al pueblo de Cataluña, tierra en la que había nacido.

Aquel mosaico bellísimo como pintado por la mano genial de un niño, que era como pintaba Joan Miró, se convirtió de pronto en el corazón entero, no solo de España, sino de todos los seres humanos de bien del planeta.

Las noticias, cada minuto y cada segundo, golpearon día tras día el sentimiento de un mundo asustado, reunido, que de una forma solidaria en el mismo momento del gran drama, empezó a llenar de flores el sitio donde se había detenido físicamente el enorme asesinato. Y sobre el mosaico aquel que hace tantos años regaló el pintor más grande, que pintaba como un niño, se fueron encendiendo velas rojas, se colocaron las flores mas diversas, se escribieron mensajes de amor y de dolor. Todo al mismo tiempo.

Como he vivido mucho, y ustedes lo saben bien -y ademas he vivido para contarlo-, les puedo decir orgullosamente que yo conocí a ese hombre, Joan Miró, con acento en la ”o” del apellido, que un día hace tantos años dibujó en un papel primario el santo y seña de lo que ya hoy es un emblema, un escudo y un tatuaje de la solidaridad. Insisto en la palabra, del llanto y a la vez el canto de una fecha ya imborrable.

Pues yo conocí, mis queridos y leales lectores del blog que lleva mi nombre, en persona a ese pintor que últimamente ha estado en boca de todo el mundo. Incluso ahora, después del manto de recuerdos y homenajes personales, y el llanto también y que se llamó Joan Miró. Aquel al que entrevisté un día que me permitió estar  junto a él. No era fácil entrevistarlo, era humilde y sencillo, un abuelo con los ojos claros y mediterráneos cuando bajó desde Mallorca (donde vivía, y tenía su estudio, precioso, blanco, luminoso, casi cegador), hasta Madrid a aquella sala de exposiciones donde venía a colar su obra.

Y junto a él estaba Pilar, su esposa, a la que conocí casi de muchacha y con la que tuvo una hija.  Había nacido el 23, en abril y se nos fue en su mejor momento creativo. Yo había visto en la casa de la Viga de Hemingway, en la Habanna, su cuadro precioso y preciso como un dibujo en un cuaderno escolar, La Masía sobre el atril en el que escribía el premio Nobel, aquella casa sencilla. y única que el escritor americano, al que yo un día di la mano en Madrid, había comprado con los derechos de su libro Por quién doblan las campanas, que luego fue una inolvidable película con Ingrid Bergman y Gary Cooper, sobre la guerra de España donde el también genial escritor americano fue corresponsal.

Le recuerdo, y bien, al pintor aquel día para mi hoy más que nunca inolvidable. Sencillo, casi transparente: Joan Miró. Pequeño, sonriente, como queriendo pasar siempre desapercibido, del modelo Antonio López. El pintor fue respondiendo a mis preguntas mientras caminábamos entre sus cuadros hoy ya, y entonces también fuera del alcance de  casi todas las fortunas del mundo. Entre los números de Picasso o Velázquez, por darles solo dos nombres.

Hablamos mientras caminábamos en aquellos lienzos del asombro donde, sin embargo, mandaban solo, nada mas y nada menos, que cuatro colores: azul, amarillo, blanco y rojo. Son los colores que mandan, que iluminan el mosaico de Las Ramblas que un día pintó para rendir homenaje a Barcelona, por tierra, mar y aire y a los visitantes que llegaran a partir de entonces desde todos los rincones de la tierra.

Maravilla sin duda, hoy de nuevo, reluciente bajo el sol de una de las ciudades mas hermosas del planeta. Y Miró está en mi recuerdo ahora mismo, junto con aquella entrevista publicada en Abc y después recogida en mi libro De todos los colores, editado por Dopesa, que mereció el premio Manuel del Arco de Periodismo, un premio grande teniendo en cuenta que del Arco, fue el maestro de la entrevista rápida y buena, que cada día publicaba en el diario La Vanguardia de entonces. El libro,  que fue publicado en el 73 (ajusten cuenta, ¡hace más de cuarenta años¡) vuelvo a buscarlo para encontrar alguna frase de aquella tarde memorable con el genio. Y encontré una frase titular tan solo. Esta.

-“Siempre es tiempo de aprender…”

Grande, grande, grande, de verdad entre los grandes. Yo me quedaría de su obra, si es que hubiera de elegirla, aquel Bodegón del zapato viejo, que hoy ya está fuera de premio, por que no hay dinero para comprarlo.

Debo buscar aquella foto que nos hicieron juntos. Como siempre digo, a ver dónde está. Y firmándome aquel cuaderno de su exposición, que hoy lleva su firma. Como el mural, sobre el suelo de Las Ramblas, con dos soles, uno negro, un trozo azul de mar -Mediterráneo desde luego- y un niño ángel como un grafiti en el patio de una escuela. Y termino recogiendo aquella frase suya, definitiva, suya.

-“Siempre quise conseguir lo máximo con el esfuerzo mínimo”.

Meditemos. Su padre quiso que fuera fraile o soldado. De las dos cosas tenía, y mucho. Por eso ha resucitado sobre el dolor, con más fuerza que nunca. Por que el dolor solo lo cura, si es que lo cura algo, la inmensa verdad del amor.

Como se acaba de ver en Barcelona. La Fuente de Canaletas ya no mana sangre, ahora vuelve a derramar el agua de la fraternidad, que todo lo cura.

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