María Callas, siempre

No es la primera vez que escribo de este “monstruo” de la música, tan grande, y perdonen la comparación, como Mozart, por dar un nombre tan solo, aunque sé a lo que me arriesgo con esta clasificación. Pero me la juego, porque aunque no es la primera vez que de ella escribo, – mis eficaces compañeras del blog me avisan que ya lo hice hace casi año y medio, la actualidad me obliga, con toda su fuerza a volver a recordarla.

Porque ahora, estos días, hace cuarenta que se nos fue. En París, en su gran casa donde vivía a solas, su nostalgia llamó a su servidora que le trajera un café, lo tomó, en la cama, se levantó después y en el camino, muy corto, hasta el baño, cayó de bruces al suelo. Se llama su médico urgente y según cuenta ya la leyenda, su corazón había dejado de latir, de pronto, quién sabe si de tanto sufrir, porque sufrió mucho la pobre mujer rica, de tanta pena en la ópera, en el escenario y en su vida misma, porque era, fue, una perdedora vestida de ganadora como tantos otros seres humanos que reivindican la gloria de ser leyendas como ella, sin duda alguna. Murió la Callas en su inmensa soledad, como tantos crepusculares, y a renglón seguido reventó su leyenda. Ahora, a los cuarenta años de su adiós,  se han vuelto a poner en marcha todo lo que hizo en vida, nada como la actualidad drástica de los números redondos del almanaque. La griega, inimitable, única, tan hermosamente bella, y perdonen la redundancia, vuelve a los medios con toda su fuerza. La Warner ha colocado en el aire de la actualidad toda su voz, la de siempre, la inconfundible voz de la Callas, la nunca posible de imitar. Lo que de ella se tiene, y lo que de ella se busca, una película en puertas, otra, porque no es la primera, no sé cuántos libros de la gran trágica, que después de tenerlo todo, bueno, casi todo, murió sin tener nada.

Muchas veces he contado -quizá esta tampoco sea la última seña de su actualidad perenne y no de la mía- como la conocí aquel día en el Waldorf Astoria de Nueva York, por donde alguna vez pasaba por lo menos por su espléndido hall, que ya me dijo aquel día mismo Onassis, tan feo como gigante, apoyado en la funda de sus palos de golf -trabajados de un pene de ballena, según él mismo me dijo aquel día, recuerdo-, increíble, en el que les descubrí sentados, en un sofá circular, esperando que vinieran a recogerles rodeados de guardaespaldas y conserjes.

“Una de las tres cosas que son necesarias para triunfar en el mundo de los negocios es vivir en un hotel como este, que tenga un hall formidable donde te vean aunque tú estés en la peor habitación, aparte de que tengas un buen color, pero no de piscina, sino de yate, y que siempre des la sensación de que tienes dinero fresco”.

Me dijo alguna otra cosa más, que ya publiqué en su momento y en distintos lugares porque aquello era el encuentro con dos mitos, con Aristóteles Onassis, claro, y también con aquella sombra luminosa, aunque vestida de negro, que estaba en pie junto a él, una mano suya sobre el hombro del magnate. Alta, delgada, de mirada misteriosa, grandes ojeras violeta, que se llamaba, se llama aun después de muerta hace cuarenta años estos días, María Callas. Aprovechando como siempre que soy un alimañero de las grandes piezas, quizá por eso tengo el premio Jaime de Foxa de caza, aunque no he cazado nunca otra cosa que sea la noticia en todas sus versiones, titulé: “El día que callaba la Callas”.

Tampoco era para un Pulitzer, pero tenía su momento, y así fue todo, luego vinieron a por ellos dos, que parecía un ejército de la expectación que despertaron, y yo que no llevaba fotógrafo ese dia que iba de paso, incluso vivía en un hotel que había en la misma manzana, cerca que se llamaba el Dover, y donde vivían los pobres hispanos que por allí cerca pasaban, y además, entonces no había todavía, ni los selfies esos, ni siquiera los teléfonos con disparador, nunca mejor dicho, incorporado, pues me quedé con la gana de poder dar fe verdadera, y no solo de palabra, de aquello que fue para mí un momento formidable, imposible de repetir, único.

Sí que les debo decir que se notaba que aquel hombre de las lentes de culo de vaso, del pelo desmadejadamente suelto, era el, como se dice ahora  “macho alfa” de la pareja, el que mandaba, y desde luego el que menos amaba de los dos. Luego vino Jacqueline, todo el mundo lo sabe, que aunque fue histeria, es historia, y María paso a la clandestinidad de a noticia. Desapareció la gran diva, que aunque nunca fue perfecta, dicen, cantando, sí que fue tan grande en la escena como en su propia existencia. Hubo un tiempo no muy lejano en el que yo la degustaba en el coche, o sea, me emocionaba, más que me gustaba, oírla, a la que además veía cuando la sentía. Alguna vez, debo decirlo, la vi por América, y desde luego un día en Milán, cuando escribía las memorias, entonces tan cortas y para ¡HOLA!, de Miguel Bosé, que bien recuerdo. En fin, que la Callas en su cuarenta aniversario del adiós vuelve a tener su fuerza.

Hizo de su propia vida una tragedia griega como las que hacía en la propia escena. Hoy cuando leo que el Rey quiere dar un título nobiliario, merecido, a Monserrat Caballé que es una muy buena noticia, puedo decirle, que quizá, quizá, nuestra  Monserrat, instalada en el silencio de su vaquería, de la montaña sagrada, pueda ser la que le está más cerca. Pero ese es un retrato que merece, entero, otro día. Quizá mañana, quizá pasado, pero ya sería una hermosa historia que comentar.

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