¡Te quiero Barcelona! Hoy más que ayer, pero menos que mañana

He dejado pasar unos días hasta que el dolor se calme un poco. Solo un poco, por que a veces el dolor que no se termina de hacer cicatriz, que es la consecuencia de la herida, se hace mas fuerte, más hondo. Es cuando el dolor se convierte en amor (por que como digo siempre, el dolor es una forma del amor de otra manera ofrecido, demostrado).

Por eso he esperado unos días. El médico neurocirujano me tiene ordenado “que trate de no emocionarme demasiado, por que no es bueno para el coagulo de mi cabeza y de mi cerebro”. Pero ya no puedo más y por eso escribo en este nuevo golpe de sangre, ya insoportable. Me cura cuando lo escribo y no quiero que se me haga fuerte, difícil, ingobernable.

Así que aquí está en lunes, cuando debía haber sido el viernes por la mañana. Y esto es lo que digo.

Lo que escribo para que las palabras dichas, solo pronunciadas, no se las lleve el viento de la tarde. No. Que escritas queden para siempre.

Te recuerdo, Las Ramblas de Barcelona, fíjate lo que te digo. Desde cuando hace ya tantos años ¡HOLA! nació ahí cerca, ahí mismo, casi a la vuelta de le esquina, aquella historia formidable del imperio editorial que nació en torno a una mesa de camilla con doña Mercedes y don Antonio, cuando acertaron de entrada al nombre. ”Le llamaremos Hola”.

Por eso yo, desde Madrid -lo que son las cosas- digo “¡hola!”, con su admiración final, a la par que digo adiós a los que se fueron en esa tarde de angustia y pánico que todo el mundo ha sentido.

Por eso hoy estoy aquí diciendo la de veces que bebí agua de la fuente de Canaletas. Por cierto ¿dónde estará aquella fuentecita que me entregaron de premio aquel día hace tantos años? Era un agua culta y amada. Sonaba el agua como los pájaros en los grandes arboles, como se escuchaba crecer las rosas, que el día de san Jorge, serian regalo y recuerdo para todos. Los bancos del paseo, uno de los mas bellos del mundo, que seguirá siendo para siempre aquel caminar despacio, respirando la paz y la cultura. Aquel día que firmé ejemplares de aquel libro junto a Loquillo en las casetas del día de la rosa y el libro cuando el libro es una rosa y cuando la rosa se convierte en libro.

Paseo de Las Ramblas. La Boquería, universidad de todos los sentidos. Los que te ofrecían retratare, incluso pintarte, en una urgencia bohemia en la mitad de la calle, las terrazas por donde se veía pasar la luz y la vida. Te recuerdo hoy más que nunca, Las Ramblas, después de todo, cuando todo empieza de nuevo, si es que han podido romper lo que eras, lo que eres, lo que vas a seguir siendo. Un río de vida.

La Ramblas de tantas fotos, las modelos bajo los arboles, los vendedores de molinillos de papel, aquella tarde con Raquel Meller, por ejemplo, retratada con una pierna con media mostrada, a la puerta de aquella puerta neoclásica. El día de la boda de la infanta de España desde la terraza cuyo bocego había hecho Gaudí, el genio al que atropello un tranvía. Con cugat y su perrito en el bolsillo, aquel chihuahua que yo le conocí con dos damas distintas y espectaculares. Abbe Lane y Charo Baeza, la murciana espléndida que él exhibía como si fuera su mascota. Con Dalí arrastrado por un león vivo con una cadena de plata al que no dejaban estar en las alfombras del hotel Ritz, donde nos hacían un descuento.

El almuerzo de mediodía, en El canario de la Garriga, en el que comías mejor que en ningún sitio, entre dibujos del pintor Antonio Casas. Todo el mundo al que íbamos a ver, a visitar, a entrevistar, si estaba en Barcelona, si era catalán y si no también, quería fotografiarse, en Las Ramblas. Es difícil no creer que se vieran desde el camino de los astronautas, como dicen que la muralla china, los Andes, o el Amazonas.

Paseando con Gironella después de Los cipreses creen en Dios, que le valió el premio Planeta. Te quiero recordar plaza de Cataluña, estos días tan retratada, tan simbólica, como cuando paseábamos con Chamaco, que era el gran torero de entonces y que por Las Ramblas hacía también el paseíllo de la gloria. ¡Qué tiempos aquellos! Dónde estarán aquellas fotos de entonces, emblemáticas fotos, muchas de ellas hoy quizá color sepia por el paso del tiempo. Aquella caricatura al paso, por cinco duros de entonces. El autógrafo a Kubala que iba de paso como un  dios del Olimpo vestido de paisano. Con Lola Flores y Antonio González, que era el gitano más gitano de todos los gitanos del mundo y que llevaba la guitarra como un niño en brazos.

Las Ramblas, siempre. El helado de coco, los quioscos llenos hasta arriba, con bancos cerca, bancos de sentarse digo, para poder leer los periódicos. La Vanguardia que parece que estoy leyendo y que hace unos meses titulaba, porque así quise yo al decirlo “Tico Medina: ‘Soy un campesino ilustrado'”.

Que lo soy y que lo sigo siendo. La joven esposa de Pau Casals, al que no pude entrevistar por que estaba durmiendo la siesta, pero al que vi bajo un mango en el jardín de su casa y que me dijo:

– Dejémosle en paz, por favor. Tal vez sueñe que está en Las Ramblas de Barcelona.

Muchas vece me senté para tomar un alivio antes de subir a la casa ancha y elegante, aquel piso alto de los Samaranch, en la plaza de Pío XII, a la vuelta de la esquina. O como cuando jugué a los trenes con Mas, el presi entonces, en su ático, hace ya tantos años. O el día de los premios Ondas, “primero una cerveza”, después vamos a palacio, o…

Los nombres se me agolpan, o se me agolpan, que a veces quisiera ser analfabeto. O en aquel hotel que hacia esquina, vestido de arte deco, con acento en la o, antes de ir a casa de Carmen Lirio, la dama misteriosa y hermosa, que entonces mandaba en la comedia musical, que había que decir, aunque era la revista. O  a la vuelta ya bien entrada la noche, mas bien la madrugada, al volver del Molino, buscando la última horchata del día.

No quiero hacerlo mas largo. Quizá recuerde más nombres, me atropellen más apellidos. Más recuerdos imborrables. Hoy de pronto todos, casi todos en tropel. ¿Dónde estarán mis dos premios Ondas, ahí recibidos? Un día me entrevistó Manuel del Arco, grande, grande, grande, que en una columna, preguntas, respuestas, breve y bravo, y aquella caricatura a vuela lápiz, hace ya… ¿medio  siglo? Fue en La Vanguardia, que por dos veces recuerdo, o con Raimond, llevándole el compás, en lo que cantaba, entonces rodeado de leales y de guardias.

Hasta allí, Barcelona, ciudad de puertas abiertas, siempre, este recuerdo, vivo, agua de la fuente de canaletas, aquel músico que tocaba el saxo, y que había subido del sur buscando sitio por que sabia que allí se sabia de música.

O la noche que aquel muchacho con una talega en la mano, que ni llegaba a maleta, le dijo en la estación de Almería donde yo había ido a contar cuando el sur, era Hollywood.

– Me llamo Manolo Escobar, y me voy a Barcelona, buscando una oportunidad, porque soy cantante…

O Montserrat Caballé en su piso, riéndose como una niña, con el ¡HOLA! a un lado, recién nacido, como un niño en una cuna…

– Da gloria verla, ahí donde usted la ve, porque es simpática y positiva…

Salimos a Las Ramblas para retratarla haciéndose el aire con un abanico de papel. Buenos días Las Ramblas, paseo inolvidable. Amigo. Antes de irme del todo, subiré a buscarte y te encontraré igual que siempre o por lo menos parecido. Quinta avenida de este viejo cuerpo mío, donde se hablaban ya todas las lenguas de Europa y del mundo. Joaquín Blume, el gran atleta, me hizo el Cristo, en las cuatro esquinas de la plaza de Cataluña. Hasta aquí la memoria. Ahora empieza el futuro, el mismo jueves pasado. Y me siento en esta terraza, y pido un café  frío y recuerdo  cuando Dalí me descubrió su españolidad… bajo el toldo naranja del Ritz, como ya había hecho en su casa de Portlligat junto al Mediterráneo.

– Póngame usted, por favor, pero para Salvador Dalí, ya sabe, o sea bien servido, una paloma, hecha a base de agua de Vichy y anís del mono…

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