También se nos fue la Moreau

Vaya verano del diecisiete, cuántos de los que brillan en la hora póstuma de las perseidas, las estrellas que lloran en el cielo, estos días, se nos van, y digo que se nos van porque aunque hoy día uno de agosto no quería escribir de nadie o de casi nadie, incluso se nos fue Sam Sephard, el enorme actor, director americano, lo cierto es que si yo conocí personalmente a Jeanne Moreau cuando hacía una película con Orson Welles. El otro día recordé en la Moncloa con el hijo del gran maestro Cándido de Segovia, aquel día que almorzamos mano a mano los dos, el genio y servidor, dos cochinillos y de una sola tacada, cuando hacía, digo más arriba, la película inolvidable Campanadas a medianoche, que cuando acabó la tacada fue y me dijo.

– Espero joven que haya usted conocido ya a la mejor actriz del mundo, que se llama Jeanne Moreau, y que como siempre digo, es la mejor actriz de cine, y no de aquí, sino del mundo. Y si la entrevista, no se caiga usted en el profundo temblor de sus ojos. Y escriba su nombre, con dos “ennes”.

¡Cuánto tiempo, señor Welles! Claro que sí, y por eso hoy la recuerdo para mis lectores de medio mundo. Hablé con ella en aquel hotel de Madrid, creo que era el Hilton, que durante mucho tiempo fue como mi casa de tanto acudir a la cita de las estrellas que llegaban, cuando Madrid era Hollywood, que lo fue, pues allí que estaba aquella mujer que aunque ya era una dama, no me atrevo a decir madura porque sus ojos eran de fuego, es curioso, fuego y ternura al mismo tiempo, fogosa mirada, de aquella mujer de voz grave, que fumaba tanto, tanto, que casi tenía la voz de Humphrey Bogart en la película aquella de La reina de África, también inolvidable…

Recuerdos y olvidos, claro, como el libro de don Paco Ayala. Más de lo primero que de lo segundo. Aquella mujer que estaba frente a mí, o yo frente a ella, que parece ser pero no es lo mismo, porque ella mando en la conversación, siempre, sobre todo cuando me dijo…

– Joven, no se preocupe, usted me habla en su lengua, que yo le hablare con la mía… que lo entiendo perfectamente. No hay más que leerle en el libro abierto de sus ojos, que es donde una debe leer lo que dicen…

Así que hable en mi viejo idioma. Claro, y hasta incluso titulé aquella entrevista en el diario Pueblo de entonces, última pagina. JEANNE AMOREU…

Porque fue una entrevista llena de silencios, en la que, no sé por qué, ella derramaba un amor fuerte, casi feroz, como quien bien conoce a los hombres, aquella que aunque nunca quiso se madre, lo dijo tantas veces, incuso aquel día conmigo, pero que al final tuvo un hijo, que le dio más  dolor que amor, y está en sus biografías. Se ha ido Jeanne a los ochenta y siete años, y no me atrevo a escribir lo de nonagenaria porque mi compadre Curro Romero, del que siempre hablo, me dijo un día en el tren.

– Compadre, ¿y no le parece usted mala idea que le llamen a uno octogenario, aunque tenga uno ochenta años?

¡Ay, los recuerdos¡ Se nos fue la mujer que tanto amó, que fue la musa de un tiempo feroz de Francia, aquel de la nouvelle vague. Que conoció a los mejores directores, que con ellos trabajó, que hasta hoy mismo escribe en El Mundo, Pedro Almodóvar, que tan raramente escribe en los periódicos porque no le da la gana porque lo hace muy bien, y que cuenta de un par de encuentros con la divina, los dos llenos de admiración por ambas partes, claro.

Jeanne, que además, por si fuera poco, había nacido en París, y que fue actriz con los grandes del cine, a los que hacía incluso mejores. Valiente, desinhibida, que es cosa que ahora se dice, capaz de hacer frente a la cámara lo que hubiera que hacer por difícil que el guion se lo mandara. Natural, bella, brava, capaz, inteligente, ávida de los libros, matricial del cine grande, que hasta poco antes de irse, y no digo morir por que no morirá nunca, Jeanne hizo una película, eso que se llama póstuma, como si tuviera la fuerza en todo, de una becaria que empezaba. Siempre al borde del abismo, se ha escrito de ella estos días.

Cierto. Valiente, la cámara no es que la quisiera, como decimos a veces, la cámara le temía y la adoraba, que es eso que se llama el amor verdadero. Fue un icono, yo la recuerdo ahora mismo, por ejemplo, en aquella película que se llama Los amantes y que hoy está en los clubs de cine de todo el mundo. La más libre, como escribo, la más valiente, pero siempre vencedora nadie fue capaz de colocarle una valla delante, la saltaba siempre, sin perder el arte, siempre elegida entre las elegidas.

Adiós Jeanne. Un día me habló de ella en un rato de tranquilidad, José Luis Vilallonga, que fue uno de sus satélites, y lo digo con cariño, porque en el cine no había papel pequeño para ella, con Maille, con Vadim, con Antonioni…

Ya de niña fue una actriz de los pies a la  cabeza, en la comedia Francesa. Era clásica y moderna. Que nunca descanse en paz, la inmensa. Y se bien lo que me digo, porque siempre estará ahí, como aquel día que de lejos la vi, mandando en aquella constelación de estrellas, en aquel festival de Cannes, cerca del mismísimo Michelangelo Antonioni. Con el que hizo, La noche. Inimitable leyenda.

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