Nueva carta a Rocío Jurado devolviéndole la flor que le han robado

No te dejan en paz, querida niña Rocío. Por eso te escribo de nuevo. Es la mía hoy, día catorce de agosto de dos mil diecisiete, una carta urgente y con actualidad, como son siempre las cosas tuyas. Tus cosas que permanecen, que interesan, porque tú sigues siendo noticia.

Perdona que empiece como se deben iniciar las cartas, como cuando se enviaban las cartas escritas y uno terminaba pegando la vuelta del sobre con su propia lengua escrita, con el sello de su saliva.

Querida, inolvidable Rocío Jurado. Que sigues siendo para mí, como siempre fuiste, la más grande.

Verás, este fin de semana está lleno de noticias que comentar para mí en este tiempo en que la actualidad sigue fluyendo en el río de la vida. Por ejemplo, el torero Morante de la Puebla, que dice que se va, lo ha dicho más de una vez e igual es un pronto de los que tiene, porque ya esta harto del momento tan difícil que esta viviendo el mundo del toro y qué te voy a decir a ti, que estuviste casada con un gran torero como Jose. El Juli, siguiendo dentro del mismo círculo, ayer cortó no sé cuántas orejas y no sé cuántos trofeos más en el sur en una de sus grandes plazas. Karina, el sábado pasado se hartó de llorar, la pobre en la tele con lo del supervivientes. Ya sabes que yo fui el primero que entrevistó a Karina en la revista Chicas hace, como poco, cincuenta años o más. Ya sabes lo de Ronaldo, que se quedó medio en cueros por que se quitó la camiseta, cosa que no debe hacerse, y lo mandaron abajo, después de empujar al árbitro, etc.

Pero a lo que voy niña, ya sabes lo que a mí me gustaba llamarte Niña, niña con mayúscula siempre. Y a ti lo que te gustaba, que me consta, escuchármelo. Todos los periódicos, las radios, y las televisiones de este país nuestro llamado España, comentan que se ha cometido en tu estatua del cementerio de Chipiona, cerca de donde está tu museo, una salvajada. La salvajada de arrancarte de la mano de la estatua estupenda que te hizo Luis Sanguino, que también es mi buen amigo y que en su día me regaló aquella cabeza de Hemingway como la que hay a la puerta de la plaza de toros de Pamplona y que se habrá quedado, porque no la encuentro, en alguno de mis numerosos naufragios. Porque ya sabes, y tú mejor que muchos, que en el fondo y hasta en la forma, no soy más que un superviviente.

Vale. Bueno, pues que alguien se ha llevado el clavel de bronce que habían puesto en tu mano en esa escultura bella, bellísima en la que estás como Dios manda, de uniforme, con traje de flamenca, que da gloria verte, que solo te falta hablar como dicen muchos de los que van a verte, hasta tu sitio final. Donde tantas veces hay flores frescas, y lágrimas ardientes.

Rocío, que es una barbaridad lo que han hecho y que sepas, que todo el mundo en España entera y en América, donde también yo comprobé y contigo tantas veces, que eras, eres y sigues siendo la más grande. La irrepetible, la, por más que haya, única.

Y que por eso te escribo para decirte que como tú sabes quién ha sido porque desde donde estás se sabe todo, porque todo se ve, igual mantienes el secreto de que ha sido un devoto tuyo, un admirador profundo alguien que quería tener de tu mano, esa flor que tú llevabas, el clavel, que solo huele a memoria, a luto y a pena.

Rocío Jurado que te juro que de alguna forma lo que yo quiero hoy es reponer esa flor de bronce que alguien te ha robado, tal vez tan solo para colocarlo en la maceta de tu pecho y perdona porque la metáfora parece de Manuel Alejandro, al que me dicen que a veces ven pasear por la playa grande de Cádiz por donde camina ausente de su presencia. Rocío Jurado, de los tuyos, ya sabes todo, siempre de frente y de perfil como la viva moneda que nunca se volverá a repetir. Eso solo ocurre con las leyendas y sus flecos, que duran  como poco, cinco generaciones.

Permíteme que prenda en tu mano vacía del garbo de esa última flor, este puñado de palabras mías y que te sirvan como un pequeño abrazo de violetas, margaritas y hasta espárragos trigueros del camino de la gloria. Ahí se quedan para que nadie note la ausencia del pecado de esa mano que te robó el homenaje. Sabes que te quise mucho, que estuve contigo cerca muchos días, muchas tardes y hasta aquella noche última de ese pueblo de Sevilla donde se te daba un homenaje de los gitanos de Jerez y no subiste a dar las gracias cantando. Mira por donde, también va en el ramito que te pongo, esta mañana y para todo el mundo, ese algo de la hierbabuena de oro de aquella noche inolvidable y triste. Recibe también este beso en la carita, uno solo, que siempre digo que son más que dos.  Y ya sabes que te quiero, con permiso de tu marido, que sigue siendo gran amigo mío aunque no lo vea últimamente y de tu niña, la de los limones, que tanto se parece a ti en tantas cosas,  aunque no del todo.

Te quiere. Tico Medina.

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