De pronto, María José Cantudo

Que ha vuelto, que de nuevo, desde hace unos días -muy pocos- ha dicho con su garbo de reina de Sierra Morena, porque es nacida en Andújar, uno de los más hermosos pueblos, ciudad más bien de nuestra brava geografía del sur.

– Aquí estoy yo. ¿Qué pasa?

Fue en la cinco y en el sábado Deluxe, la Cantudo, de sesenta y seis años y un día volvió a enseñar sus dientes de loba de su mapa. ¡Qué guapa que está, aquella niña, a la que yo conocí hace tantos años, tampoco tantos, cuyo nombre de verdad de verdad es María Purificación Josefa Cantudo Porcel! A la que servidor de ustedes conoce desde que era una niña. Casi.

Chica valiente sobre todas las cosas, además de bella, guapa. Andaluza total que acaba de volver con todas sus palabras. Siempre fue una valiente, que tomó grandes decisiones, y que por donde pasó dejó huella. Si no, del todo como actriz, sí, como empresaria de comedias musicales, revistas, películas, buscadora de las más exquisitas antigüedades de su tiempo. Tiene un museo en sus casas, que siempre han sido formidables, brillantes, y que a veces quiere vender. Por ejemplo, la de hace poco de Madrid, y no sé si querrá hacer lo mismo con aquella de Navacerrada, que es un museo en la montaña de Madrid.

Hace muchos años, lo he contado alguna vez, siendo una chiquilla recién casada con Manolo Otero -joven, guapo, que cantaba lindo- hablamos algún día, incluso almorzamos juntos en aquel bar de esquina, con el héroe Ángel Nieto, que se nos acaba de marchar del todo y que aún seguimos llorando.

¿Recuerdas, niña María José Cantudo? ¿Recuerdas? La película se iba a llamar -de haberse hecho, que no se hizo- y de haberse hecho aquí entre nosotros no habría pasado a la historia, El caballo de acero y trataba de la historia de un motorista, entonces ya Ángel era campeón del mundo, que se enamoraba de una vedette joven y guapa, que cantaba la copla como pocas…

En fin, un drama al final. No sé por qué terminó por no hacerse, aunque me viene a la memoria que Ángel me dijo un día estando con Pedro Carrasco, que era amigo común, a la puerta de aquella gestoría que tenían de carnet de conducir en la calle Doctor Esquerdo.

– ¡Si es que además es mucho más alta que yo! A ver si tengo que darle un beso aunque sea al final, de la película…

Grande Cantudo, la verdad sea dicha. Películas sin suerte, muchas de miedo, en toda la extensión de la palabra, comedias musicales las que quieran, televisión a porrillo, de series y de estrenos…

Por ser fue, hasta lo copio literalmente, “el primer desnudo integral del cine” en aquella película cuyo nombre no recuerdo a veces, que tengo tan mala memoria. La otra noche, me la encontré en el sábado de la cinco y me gustó comprobar, que seguía siendo como una duquesa de Benamejí, con un cuchillo entre los dientes. Mantiene su acento andaluz y yo, pues la tengo como de mi familia, que no en vano he tenido el honor, el inmenso honor, de ser pregonero de la patrona de Andújar, esa virgen pequeñita pero tan grande de lo alto de ese santuario que los astronautas ven lucir cuando miran abajo, desde las estrellas. Escribí el pregón, aquel, en una humilde celda del Monasterio que reúne al menos una vez al año, después de 365 curvas en la carretera, tantas como días tiene el año, escuchando en la noche el aullido del lobo, y viendo como brillaban en la oscuridad los amarillos ojos del lince, que está en extinción como los buenos reporteros.

Y además en Andújar, por eso me marcó tanto su ciudad de origen, pude acariciar con mis propias y ya temblorosas manos, aquel libro de las horas de San Juan de la Cruz, donde se dice aquello que yo comento tanto de “y al atardecer, sea la hora en que seremos examinados de amor”… Cierto.

Amor quiero que no le falte a este blog de hoy, como siempre para todo el mundo a través de ¡HOLA!, donde la entrevisté tantas veces, para con esta criatura sureña pura, que pertenece a mis querencias más personales. Tierra la suya, mineral y brava, que produce por lo tanto, protagonistas como ella, que sobrevive a cualquier tipo de tormentas, que se defiende con su propia sonrisa feroz, que amenaza y ejecuta, y que además sobrevive a todos los naufragios, incluido los suyos y lo digo en tiempos de tormentas, que los rayos y los truenos, golpean en mi ventana madrileña, cuando aún agostea.

De niña vivió en Puente Genil, la tierra de la carne de membrillo, y un hombre del motor Del Val le ayudó a viajar hasta la capital con su belleza acuestas a buscar fortuna. Demandas aparte, María José Cantudo regresa, retorna, a esa edad donde las mujeres saben bien lo que se hacen. Sigue siendo una princesa en el exilio de su verdad, llevando como lleva una navaja de siete muelles, con el mango de oro, una faca relampagueante, que hay que tener mucho en cuenta. Me gusta recordarla, hace tantos años, en el teatro, cantando las Lealdras con su par de piernas espléndidas, y su cintura de claveles… a ver si nos podemos ver, aunque sea en el ave, querida María José, y nos tomamos unos flamenquines de los que hacen en aquel restaurante de tu tierra que hace esquina.

Que sepas que me avala, el haber sido pregonero de la romería más inmensa, más intensa del mundo. Hace años, pero inolvidable… por cierto, reina, ¿Cuándo escribes tus memorias si es que no las has escrito ya?

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