Tom Jones, el tigre sigue rugiendo en Madrid

Para un servidor de ustedes, dada su edad longeva, que ha tenido la satisfacción de ver, con estos ojos que no se va a comer la tierra porque pienso incinerarme -o mejor dicho que me quemen que no es lo mismo- tigres vivos en la selva de Bengala, o como aquel disecado total que hasta olía cuando cambiaba el tiempo, en el palacio de las trescientas sesenta y cinco ventanas, como días tiene el año, si no es bisiesto, en Jaipur, donde asistí enviado a la boda, para ¡HOLA!, del hijo del maharajá, aquel tigre disecado enorme, casi como un mulo, con su pijama a rayas y sus colmillos como sables, en la mitad de una de las salas del palacio inolvidable, la verdad es que nada tiene que ver con este tigre Jones al que he vuelto a ver el otro día -vídeo del Teatro Real de Madrid, sitio para muy pocos- aquel Tom Jones formidable que fundía las lámparas si cantaba en cerrado, y al que vi hace tanto años, que muchos de ustedes, mis lectores y lectoras como se dice ahora, ni habían nacido siquiera, dada su increíble juventud, como siempre digo.

A lo que voy, mis leales. Que Tom Jones ha vuelto a cantar en Madrid en el Teatro Real, y que ha causado asombro, emoción, respeto y sobre todo el aplauso de aquellos que tuvieron la suerte de verle en persona, porque todos los medios aseguran que estuvo si no mejor que nunca, que no es posible, sí que consiguió llegar al éxtasis de los allí congregados.

Porque Tom Jones, británico, aunque perdón, que debo decir Sir Tom Jones porque así lo quiso la Reina Isabel II, que fue su admiradora y lo sigue siendo según noticias de Palacio, está, si no es mejor que nunca, excepcional, vibrante, vivo y hasta mejorado en la voz, si no tan fuerte, si modulada, más tierna, transmitiendo, según todos han coincidido y sobre todos los críticos musicales y por unanimidad.

Se llama como ustedes ya deben saber, a ver si lo copio bien, Thomas John Howard y nació, claro que sí, en Inglaterra, es galés, y acaba de cumplir setenta y siete años, que más que edad para cantar es más bien para escribir sus memorias,  cosa que por otro lado ya ha hecho.

Ha vivido mucho, tiene un hijo, se casó sola una vez con aquella que fue su novia de juventud, que murió el año pasado, y cuando de ella habla dice que “siempre fue una mujer con depresión que se multiplicó con los años”. Dicen que cantando el amor como lo cantó en su tiempo, bravamente con un torrente de voz incuestionable, el mejor sin duda en su tiempo.

No, las cosas como son, pero en el exclusivo Teatro Real de Madrid lo ha hecho modulándose, acercándose mucho más al corazón de sus devotos. Tiene ya el pelo blanco y el aire feroz, de siempre, eso sí, su barbita a lo Lenin que ahora se lleva tanto, esto es solo para ocultar el hoyito de la barba si es que se tiene, y vestido de manera como siempre juvenil y elegante especie de Sinatra en la garganta de Pavarotti, por explicar su manera de cantar, su estilo.

Servidor de ustedes le entrevistó más de una vez, hace tiempo, para ¡HOLA!, como siempre, y para la tele y la radio en su tiempo, claro que sí. Creo incluso que hasta para Pueblo y que me ayudó mucho, de intérprete José Nio Plaza en los últimos días, cuando aún era corresponsal de Pueblo en Londres.

Tipo abierto, conversador, que alguna vez hizo suspirar a Julio iIglesias, que yo estaba cerca, aquello de “¡vaya voz la de Tom Jones!”, aunque no añado más, porque me puede leer que está escribiendo sus memorias en Ojen, que especifica siempre, y no en Marbella, en su casa de las cuatro o las cinco lunas…

Tom Jones, viejo amigo que regresa suavizando su rugido pero como alguien ha escrito, y muy oportuno por cierto, tigre con las uñas limadas, que no afiladas, pero que de acariciar es capaz de matar más y mejor que antes, subiendo el corazón a la boca, más que cantando, acariciando que no es lo mismo, capaz de “matar”, entre comillas, de la más fácil manera.

Todos los medios han recibido con alborozo su visita, porque era una noticia autentica, y más cuando mejora, es un decir, su modo de cantar, más que con la fuerza con el sentimiento. Lleva ya cincuenta años en la pela, y no es fácil sobrevivir en este tiempo, cuando a veces mandan más los que te acompañan que lo que a ti te acompaña.

Era un guerrero del amor, del amor cantado, y ahora es un guerrillero del cariño. Perdonen por la metáfora. Pero se ha puesto de pie después de cantar en Cataluña, que le gusta tanto al difícil público de la capitalidad y en un lugar tan emblemático como el Real. Fíjense si el milagro ha sido grande que han escrito del tigre que siendo como es, un selvático en su invierno, lo han encontrado mejor que nunca, en su otoño. Sobre todo, dicen, cantando aquel Sheila, incluso este KISS de la otra noche. Como cuando los últimos tigres de la india rugen con la cabeza levantada a la luna en las inmensas noches del amor, de las historias inolvidables de Rudyard Kipling, aunque ahora mucho más cerca de Rabindranath Tagore, el inmenso poeta de nuestra, ay, ya lejana juventud, cuando teníamos cincuenta años menos.

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