Manolete cumple hoy 100 años

Anoche, día tres de julio, lunes, bajé a Córdoba, ciudad a la que tanto quiero, y en la que escribo desde hace mas de veinte años para hablar de Manolete, torero legendario al que, por cierto, no conocí.

Yo tenía exactamente catorce años cuando un toro lo enganchó, causándole la muerte en la plaza de Linares, “cuando más brillaba el sol aquel día de agosto del año cuarenta y siete”.

Era, es, de Córdoba, y fue -para los que no sepan de él- una leyenda que hoy su tierra natal sigue, continúa dándole vida. No es para menos, Manuel Rodríguez Sánchez fue más un mito, podríamos decir que pertenece a la propia historia de España. Tuvo una vida dura, difícil, fue un hombre austero y verdadero, siempre en el filo mismo entre la tragedia, casi griega, no hay que olvidar su profunda sangre romana, su seriedad manifiesta, en la plaza y en la calle -en la plaza de toros digo-. Amó y fue amado, y de su vida se han hecho películas inolvidables, no del todo perfectas. Y lo más importante: fue un artista valiente, un caballero profundo, y sobre todo, alguien que en su día llegó a ser inmortal.

Cuando murió todas las campanas del sur sonaron. Y hoy lo que de él queda, físicamente, es un puñado de recuerdo, formidable, siempre fresco, en el cementerio de la salud, otra de las metáforas de Córdoba, tierra de toreros de siempre, madre de los Califas, de luces, algunos también de cruces, que aún siguen dando brillo a una ciudad como es Córdoba, fabulosa, única, a la que yo aunque sea, soy, de Granada, pertenezco.

No tuve el gusto, el honor, el amor, de conocerlo físicamente, pero siempre sentí por él un respeto, una emoción casi visceral. Formó parte de mi estrella inconquistable. Tanto es así que uno de mis libros se llama El día que mataron a Manolete, que es un título fuerte, editado por la editorial Almuzara que ahora está siendo de nuevo reeditado. Muchos también de los que nos leen, fuera de España, en la América total, saben quién fue, porque en México por ejemplo, fue un héroe total, permanente.

Yo conocí a su madre, Doña Angustias, en su casa de Córdoba, aquel palacete que compró su hijo para ella, para que no le faltara nada. Era una mujer poderosa, siempre enlutada, hija de toreros, madre también de toreros. Cuando hablé con ella aquel día, de la que tantas veces se ha contado, doña Angustias haciendo se aire con un abanico mientras sonaba el agua de la fuente que salta en aquel patio de las pilastras, el san Rafael, patrono de Córdoba, en un azulejo bellísimo, azul, en su mecedora de olivo, me dijo, que está grabado en un viejo vídeo de entonces.

– Mire usted, joven… -porque yo era joven entonces – aquel día que mataron a mi hijo…

Era una forma de hacer grande si no un presentimiento, esa intuición del sur que es capaz de justificar y hasta de demostrar todas las suertes. Todas las muertes incluso. Yo traté de conocer a los que en su vida no solo formaron parte de su vida, los más cercanos, sino aquellos que estuvieron cerca en su vida y su final. Los médicos que le operaron y no se atrevieron a cortarle la pierna, herida del toro que se llamaba Islero y era de la conocida, también legendaria ganadería de Miura, “porque nadie se imaginaría a una leyenda como era Manuel con un pierna de palo”… el cura que lo bendijo aquella noche en el hospital de Linares, apretando el Cristo que el caballero de las espuelas de oro, el gran rejoneador, Álvaro Domecq le puso en las manos; los toreros que junto a él hicieron aquel día “el paseíllo”; Luis Miguel Dominguín, el padre de “papito” por dar más señas; y hasta la que fue el último amor de su vida, Lupe Sino, a la que yo traté y conocí en Madrid, en los últimos años ya de su existencia. Aquella actriz nacida en España, en Guadalajara, que había vivido en México, que quiso ser actriz sin conseguirlo, como no pudo alcanzar la efímera y trágica consecuencia de casarse, aunque fuera en última instancia, como se decía entonces antes de que el torero muriera en la cama del hospital. No la dejaron ni acercarse a su habitación. Doña Angustias, que hacía honor a su nombre, porque sufrió más que gozó, insistía siempre quizá poniendo por encima y sobre todo el amor de quien parió a la leyenda.

– La única mujer que hay en la vida de mi hijo, por muchas mujeres que haya, soy yo, que soy a la que más quiere, mi niño. Y si no ya sabe lo que decía siempre que se le preguntaba “El amor de mi vida es mi madre, aunque eso no quita para que me gusten mucho las mujeres”.

Era un genio y era un niño. Hombre de pocas palabras, siempre muy serio, muy flaco, elegante de luces, torero sin mentiras, con su infancia de niño que, sin hambre sin embargo, en un tiempo difícil, necesitaba el pan que llevarse a la boca. Su padre fue un buen torero de plata, de los de segunda fila, que toreaba con gafas.

Manuel Rodríguez Sánchez, que nacía en Córdoba tal día como hoy hace un siglo, está siendo resucitado. Lo merece. Pertenece a la escasa galería de los grandes, los dioses de la calle. Los cantados en los romances, en las historias, en las cuatro esquinas del mundo entero. Está en pasodobles, coplas, romances de los más grandes poetas. Y está sobre todo, en la admiración, el cariño popular, de incluso los que, sin conocerle han llegado a la admiración del ídolo, a través de sus padres, sus abuelos. Yo dije ayer mismo en ese público, a rebosar la sala, junto a otros que de verdad saben lo que fue, como torero y como persona, que si “quisieran hacerlo santo”, como en su tiempo se hablo de hacer a Camarón de la Isla, del cual también estos días se cumplen años de su adiós, el enorme cantaor de flamenco -a este sí que lo conocí personalmente-, que estoy dispuesto, si es posible, para defender su causa. Manolete fue grande, único, español total, y murió ahí, demostrando, su valor, su amor, y de una forma, arriesgada y verdadera, también su honor.

Por eso hoy esta aquí en mi blog del martes, para aquel o aquella que lo recuerde, o lo haya escuchado, que está en mi galería de los inolvidables, los imposibles de repetir. O como decía aquel dicho andaluz, de mis años de niño. Después de hacerlo humano, Dios rompió el molde.

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