La ‘Lollo’ cumple ‘tres veces los 30 años’

Condición y figura, ya saben. Ella misma lo ha dicho hace unos días en su casa de Roma, que yo he tenido el honor de conocer personalmente cuando cumplía treinta años por segunda vez, según sus propias palabras. Se niega a cumplir más, aunque como bien saben ustedes, la edad es implacable. Pero es lo que ella ha dicho hace unos días, junto a la enorme tarta, tan alta quizá o más alta que ella, con la que cuchillo en mano, para cortarla, sonreía.

Más grande aún era su inmenso collar de perlas tan grandes como huevos de avestruz. Pero así es Gina, a la que servidor ha tenido la suerte, sí, la suerte, de entrevistar como poco un par de veces. No hay más que repasar el archivo, extra-ordi-nario, de ¡HOLA!. Su vida está escrita en nuestra casa. Así que por eso esta mujer que fue en su día “la dama más bella del mundo”, estando entonces en primer plano de la actualidad ni más ni menos que Sofía Loren, que por cierto como ya he contado cien veces, y con esta ciento una, tiene la misma edad que un servidor, once de septiembre del treinta y cuatro, que es un honor para mí, y sin embargo Gina, la Lollobrigida, aguanto el combate dialéctico, fotográfico, y se mantuvo a la mar, que la napolitana, tanto que hasta aquel millonario que se llamó Howard Huges, la llevó en uno de sus aviones personales hasta su villa de Hollywood, solo por poder conocerla personalmente, una manía indiscutible.

Gina, Lollobrigida de apellido, no nació en Roma, tampoco le hacía falta, pero sí fue donde servidor tuvo la suerte inmensa de entrevistarla. Parece que la estoy viendo ahora mismo  bajando aquella escalera de reina en ejercicio, de su casa de inmenso jardín en Via Antica, cargada de recuerdos y de dorados y espejos. Valiente como una diva, elegante, resultona, con sus inmensos ojos verdes, aquella mujer abrió su corazón, no del todo, cuando ya estaba cerca  aquel personaje español, catalán, que se llama Javier Rigaud, con el que se casó en su día, no sé cuántos años más joven de ella. Pero ella resplandecía siempre, pues no faltaba más.

Luego, aquel día en Madrid, en los estudios inmensos, cuando rodaba Salomón y la reina de Saba, que era ella, sin duda. La hacía con Tyrone Power, también el más bello de su tiempo, con tan mala suerte que aquí se nos murió el galán, al pie de una escalera, mientras hacía la película, de un fulminante ataque al corazón, como se dijo en la época. Pero ella siguió de Saba, cambiando el sabor del beso, con Yul Brinner, el  bello calvo del que tanto me habló Lola en sus memorias, que no se las recomiendo porque no es posible encontrar ejemplares, no en las librerías de viejo que tanto me gusta visitar, en cuanto tengo un ratito, aunque a veces sufro mucho, porque solo encuentro libros míos dedicados por servidor de su puño y letra. “Con todo cariño a mi…”.

Lo que el viento se llevo. Luego la trajeron un día hasta los estudios de televisión, donde yo entrevistaba a personajes como Alain Delon, Gloria Swason, Jhon Houston… ¡eran otros tiempos sin duda!. Bueno pues a La Lollo también, todavía, como hoy, formidable,  crepuscular, pero bellísima. Que hay puestas de sol impresionantes, sobre todo en la costa Granadina.

La Lollo, que se nos casó con un guapo médico, creo que yugoeslavo, con aire de galán latino, que se llama Milko Skofic, o algo así, y que cuando este se fue de esta vida, creo, ella se encontró en soledad con un hijo, y dispuesta a seguir peleando. Consiguió muchos premios, aunque no el Oscar que siempre se le resistió, y no es porque en las sesenta películas que hizo no trabajara en alguna excepcional, no, sino porque, pienso yo, que para italiana estaba Sofía Loren, a la que hizo unas fascinante memorias mi compañero Olivar,  del que no sé hace mucho tiempo, quizá en su casa de Lastres, formidable poeta además, viendo el cantábrico, y recordando, que tiene también muy buenas memorias…

Más todavía, ha tenido no sé cuántos premios italianos, Donatello, y tuvo un romance ruidoso con aquel joven, para ella español, del que todavía creo que sigue en litigio. Sí que les puedo decir que acaba, ya les digo hace unos días, de cumplir los noventa pero que de esta forma ha sido capaz de decir -imposible de claudicar, impasible ante el peso implacable de la edad, pero también impecable- algo que solo una mujer como ella puede confesar.

– No tengo la edad que ustedes dicen, sino que he cumplido tres veces seguidas treinta años… así que pueden ustedes ajustar cuentas.

Una salida fascinante. Ya escribió no sé cuántas veces sus memorias. Un atardecer la vi en Marbella, donde se la vio últimamente con mucha frecuencia, sobre todo en la noche prodigiosa, con sus inmensos ojos verdes, color uva del Chianti, esplendorosa, como una reina en el exilio de su propia vida. Se me, o se me, agotan los adjetivos, que es lo único que me queda. Pero sí que puedo asegurar que en esa noche tan nuestra, la “divina”, fue la más humana, a veces tratando de ahogar las penas, como me dijo aquel día la nieta de Hemingway por la feria de Sevilla, “sin saber que las penas saben nadar”.

Bien. Esperemos a los cien, que solo quedan diez años. Y entonces, los que tengan  el privilegio  de aguantar hasta el centenario de la diosa, dirá con solemnidad manteniendo viva por lo menos su mirada, su memoria y su collar de cien vueltas.

No tengo nada que celebrar y si acaso, será el que he cumplido dos veces treinta años y una sola vez cuarenta.

Es fácil hacer la suma, además ya lo he dicho muchas veces. Las leyendas no cumplen años. Son eternas. Como Gina Lollobrigida.

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