Con Khashoggi en el Nabila

Lo cierto es que cada día más, “soy una duda con piernas”, una admirable definición de Pedro Ruiz, sobre aquellos seres humanos que a veces se encuentran sin decidirse del todo a tomar un camino en la mitad de la encrucijada. Me está pasando con cierta frecuencia. No sé si serán los años, que los colecciono, o si por el contrario será la vieja sabiduría que dice que en tiempo de tormenta mejor no hacer mudanzas, creo que frase formidable de Ignacio de Loyola, del que por cierto estos días se estrena una película suya, a la que asistiré sin duda. No faltaba más. Me parece un español, formidable que trasciende a su época.

Dicho lo cual, me explico.

Tenía varios temas de actualidad, que es lo que siempre manda en mí, aunque siempre al final me refugie en la memoria.

La muerte del valiente torero Fandiño.

El fuego que cerca del corazón de Portugal.

Nicole Kidman, que cumple cincuenta años, la mejor edad de la mujer, y más en el caso de la actriz australiana.

Y, al paso, el adiós de esta vida en la que tanto disfrutó de aquel hombre raro, resplandeciente, siempre discutible, que fue Khashoggi, el multimillonario árabe saudita que se ha ido en un hospital de Londres al que muchos ha llamado, sobre todo estos días, “el fabuloso de las mil y unas noches de Marbella”.

Discutido sí, claro que sí, ostentoso sobre todo de su inmensa riqueza, coleccionista de bellas mujeres, se casó dos veces por el rito musulmán y, sobre todo, gastó en su tiempo de los periodistas cazadores de este tipo de protagonistas de todo el mundo.

Incluida España, donde tenía, arriba, en Marbella, en la Zagala, una de las casas más impresionantes del mundo, y abajo, en la ribera de la mar, uno de los yates más fabulosos de la historia de la navegación, al que puso de nombre Nabila, que era el de una de las hijas a la que yo también conocí y entrevisté en su otra casa escondida de la Costa Azul, también para ¡HOLA!

Claro. Pero es que además tuve la enorme suerte, sí, podemos llamarle suerte, porque es una indudable suerte periodística, eso que aún se llama exclusiva.
Porque yo subí, invitado excepcional, junto a mi fotógrafo de ¡HOLA! que creo fue Jesús Carrero, los dos, permitidos por el propio Adnan Khashoggi, en una espléndida portada para nuestra revista. Fue hace no sé cuantos años, ustedes sabrán perdonar como siempre mi imprecisión que habría resuelto con solo llamar al archivo de nuestra casa y a nuestra eficaz Esperanza, que me había puesto en vereda. Pero da igual, eran los años de gloria de aquel último rey de la opulencia, que eligió, inteligente, Marbella para vivir, y el mundo entero, sobre todo desde su oficina flotante, prodigiosa, uno de los yates más hermosos del mundo, para dirigir sus negocios que de todo permitían, desde -dicen- relacionados con armas, como frutas, tierras, satélites, etc, etc, ya fuera vestido con su uniforme habitual, la chilaba de seda blanca, o el esmoquin, blanquísimo, con su lazo negro, eso sí, con el toque personal siempre de su pañuelo de luto en el bolsillo.

Riquísimo, aquel hombre de raro resplandor, perseguido por los grandes depredadores en hombre del tanto por ciento, nacido en Arabia Saudí, había querido que ¡HOLA! se ocupara de uno de los divertidos temas de la época.

Khashoggi atraviesa horas bajas en la economía. Está arruinado. Tanto que ha cambiado las letras de su legendario yate Nabila, que eran de oro pregonado, por letras de plata.

No era una historia que trajera consigo una guerra fría, o el desplome de la economía global, pero era un tema, sobre todo era una razón, para penetrar en lo que hasta entonces era su isla flotante, fabulosa, imposible de descubrir en su entrañas, entre otras razones porque él lo impedía siempre. Era más que un secreto de estado. Se decía que dentro, en una cámara especial, casi espacial, Khashoggi, tenía todos los medios a mano, satélites, comunicaciones, enlaces, lo que hoy se llama redes, como si de una burbuja única se tratara para dominar el mundo entero sin tocar tierra, como en las películas de James Bond. Pero ciertos.

Así que en Cannes, aquel día esperábamos que Khashoggi, nos llevara a su isla mágica. Nos había invitado, personalmente. Y allí estábamos, creo que en el hotel Martínez, esperando su llamada. Que llegó inmediatamente. Nos enviaba su helicóptero personal, aquel que navegaba en su plataforma redonda en el yate, a tal hora en tal sitio. Y allí estábamos como debía ser, y la gran abeja, que nos llevó con piloto uniformado, a lo Vittorio de Sica, de comandante carotenuto, en Sorrento, y en pocos minutos, a bordo del fabuloso y legendario Nabila.

Total, por hacerles corta la historia, que nada más llegar iba vestido, dije aquel día, que como uno de los moros ricos que en mis años niños, iban a verenear al balneario alpujarreño de Lanjarón, en la sierra de Granada, con su babucha dorada incluso.

Tenía el pelo, poco, muy negro, de tiñe, y su espejeante sonrisa, del dentista más eficaz del mundo, posiblemente norteamericano. Era un crack para los depredadores de la noticia, entre los que entonces, este servidor, hoy viejo y decrépito, se encontraba.

– Primero, y antes de sentarnos a charlar, quiero mostrarles algo. El nombre de mi barco, que es ya saben el más grande del mundo.

Fuimos. Y esa fue la portada. Cuando estuvo a la altura de las seis letras, en una sola palabra, del nombre de su yate.

Nos dijo, enseñando creo una muela de oro (o quizá fue el destello de un ave marina al paso, por que estábamos ya navegando en mar abierto.:

– Vean, y cuenten. Toquen, y comprueben. He cambiado las letras de ese yate en el que se encuentran, es cierto, pero no de oro, como eran, a plata, por una razón económica. No, obedece a una maniobra de cara a Walt Street, las letras de ahora son de platino, que no es lo mismo. El platino es superior en el mercado mundial, al mismo oro. Pueden comprobarlo.

El matrimonio Khashoggi, fundadores de 'Children for Peace'

Y así titulamos la primera página. Luego conocimos a su segunda esposa, guapísima, bellísima, de rasgos indudablemente árabes, Lamia, de impresionantes ojos verdes. Más que vestida, tapizada en sedas y rubíes. Té, con hierbabuena, té del que él mismo vendía por el mundo, increíble vajilla de oro, porcelana china en los platillos donde reinaba desde el couscous, hasta los más hermosos dátiles que yo he conocido y saboreado en el mundo entro. Almendras, pitillos egipcios, langostería…

En fin, por no seguir, que estoy a dieta desde hace mucho tiempo. No había jamón, aunque podría, pero no está permitido en su religión, como saben. Temperatura de leve brisa del mar, con un toque de perfume, quizá sándalo, y una música de citara cercana para mi apellido, Medina, mi nacimiento en la ruta nazarí. A la sombra de un viejo castillo, en el sur del sur de los montes orientales de Granada, gloria bendita. Hablamos, de todo, menos de lo que no debíamos hablar. Se encontraba feliz en España, claro, aunque tenía casas, palacios más bien, repartidos por el mundo y de pie el recuerdo por su esposa anterior, Soraya, también de espectacular belleza.

Hasta que llegó la noche hermosa, espléndida, con todas las estrellas del mundo, al alcance dela mano como si se tratara de “las bombillas de Dios”. Metáfora que creo me fue permitida en el reportaje inolvidable que pueden comprobar en la hemeroteca digitalizada, siempre a punto, en nuestra casa.

Me hubiera gustado, y mucho, traerme una camiseta del Nabila, para que hoy la pudieran lucir mis cinco nietos. Ya no puedo decir que espero a la próxima. No. El yate Nabila fue vendido por Khashoggi a un tal Donald Trump, entonces solo, nada más y nada menos, que el hombre más rico del Norteamérica y hoy, lo que es la vida, lo que es la historia, presidente de los Estados Unidos, el ser humano, en vivo, más poderoso de la Tierra.

Hoy la noticia de hace unos días de la muerte de aquel hombre, sin duda único, aunque discutible, en un hospital de Londres donde agonizaba prácticamente después de un golpe cerebral que le había sentado en una silla de ruedas y, ajeno a todo lo que le rodeaba desde hace un año, dicen que arruinado, y lejano, a los ochenta y un año de edad, por en pie en los pliegues de mi cerebro cansado, la figura de aquel personaje, que forma parte de mi colección de leyendas. A ver si encuentro la foto que lo demuestra. Aunque no hay más que hacer que ¡HOLA! se lo ponga cerca. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como dice aquella zarzuela también inolvidable.

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