Gloria Camila, de niña a mujer

Con su eficacia habitual, cuando esta misma mañana del martes día de San Fernando, llamo a las niñas del blog, cosa que hacía el lunes, pero he pensado, que a veces pienso, que es mejor dejarlo para el martes, que ya se ha roto quizá la actualidad del puente pasado y ellas me dicen cuando yo les cuento, de forma impecable, pero implacable también, que es su obligación.

– Señor Medina, Gloria Camila ya la hizo usted un día hace ya algún tiempo.

– Lo recuerdo y muy bien, pero es que ahora es, siendo la misma, otra Gloria Camila distinta a la de entonces.

No he tenido que decir más. Así que adelante, aquella Gloria Camila Ortega de la que escribí en su día, porque forma parte de mi memoria reciente, era otra bien distinta de aquella niña, siempre linda a la que yo conocí, nada más llegar a Madrid desde Sudamérica, junto a su hermano, ay, José Fernando. Permitidme el suspiro al dar el nombre de este muchacho sin duda extraviado por el que su padre está haciendo lo indecible, y que le está haciendo, al torero digo, envejecer dolorosamente frente a las cámaras inexorables de la televisión.

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Aquella niña de entonces, a la que yo un día llame la niña de los limones porque siempre en un acto de amistad, rayando con la caridad, cuando yo acudía a Yerbabuena, entones de la familia, ella me recogía de su propia mano un cestito de un limonero que había frente a la ancha ventana de la alcoba de sus padres, Roció y José, en el pequeño jardín junto a la piscina y al fondo los olivos y los barrancos de la finca aquella que durante mucho tiempo en aquel entonces fue noticia del corazón, primero del amor y luego del dolor, de toda España. O al menos de la mía, de la nuestra.

Aquella niña a la que vi crecer seguro que en el amor, cuando aprendía a bailar ballet, cuando montaba a caballo, cuando acariciaba a su padre en el salón grande de la casa, que leía, aprendía a vivir y a ser y a estar con dulzura, con personalidad no exente de su propio acento, de pronto creció. Y ahora aquel limonero pequeño se ha convertido frente a las cámaras de la televisión también en uno de los programas más vistos de España, en Supervivientes, en un bosque. Hermoso, desde luego, pequeño pero grande, bello y duro al mismo tiempo, como quien ya lleva  mucho tiempo sobreviviendo sobre todo a la vida que le rodea, a la selva misma en la que se mueve.

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La última vez que hablamos de ella, fue, recuerdan, que creo que sí, cuando viajando con su padre desde Sevilla, en el ave, aun el torero, enorme aun en su silencio, con su señal en el tobillo que le ataba a su total falta de libertad después de los días de cárcel en Zaragoza, y fue entonces cuando llamó por teléfono Gloria Camila y me permitió el padre que con ella hablara brevemente pero suficiente. Doy fe de que le dio alegría escucharme, me parece que  le dije.

– Ten cuidado niña por donde andas. No te fíes de nadie, pero de nadie de nadie, sólo de tu padre.

O igual se lo dije de otra manera. Si sé que se alegró, se le notaba en la voz, de hablar con un viejo amigo que nunca, nunca le traicionó, en un tiempo de traiciones y caínismo como el que vivimos.

Ahora durante muchos días mientras veo Supervivientes, que es un programa que me gusta, entre otras razones porque yo si soy algo es un náufrago como les he dicho tantas veces, veo a esta niña ya convertida en mujer, valiente, luchadora, capaz de llegar al final, aunque a veces me dicen que pide hueco para volver. Esta bella tiene la piel dorada, canela, esa de nacimiento que no necesita del sol, la sonrisa verdadera, y aunque a veces pelea, punto guerrera, lo cierto es que se defiende como jaguar de sus tierras. Sus ojos hermosos siempre, y no está dispuesta, digo yo, a ocultar lo que siente, ya sea el amor o el fragor, con disposición el cuchillo de la palabra entre los dientes, niña brava, hija de una tierra que dio a Macondo y a la negra grande a la que yo conocí en su casa entre aguacates del sur de Colombia cuando el mango tenía sabor a pólvora. O sea, ayer mismo como quien dice.

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Sé que no defraudará a su padre, ni a su hermano, ni a todos los que en ella depositaron su confianza y también su esperanza. Me parece valiente, y sé que aunque no tenga, al menos por ahora, mucha suerte en los negocios, sí que sé por mi intuición de anciano, sobre todo, que no va a traicionar ni a su vieja estirpe ni al extraordinario sacrificio que por ella y su hermano está haciendo su padre. Es por eso, jugándome el poco saber que me va quedando, que desde aquí le muestro, y por escrito y para todo el mundo, que me congratulo de haber conocido desde niña a esta bonita muchacha capaz de todo, y sobre todo en el amor, que no hay más que verla.

Me gustaría volver a verla cuando regrese a la normalidad, aunque ella ya sabe mejor que nadie, que la vida y sobre todo la suya, es una isla salvaje, feroz, en la que sobre todo las criaturas que como ella son, deben ser héroes de cada día, si quieren seguir adelante. Así que Gloriaca, como ahora te dicen, pequeña entonces, mujer ahora, con los tatuajes justos, ni uno más, muñeca, y aprende a esconder aunque sea bajo tu linda cintura de la que está disfrutando tal vez sin mecerlo todo el mundo, el puñal de plata de tu aguante, de tu aventura.

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A ver si nos vemos cuando vuelvas, siquiera un mediodía en, por ejemplo, la tabernita de mi amigo Antonio el Morito, frente a la plaza de toros de la maestranza de Sevilla, donde tu padre, casi mi hermano aunque sea en la distancia, el maestro Ortega Cano, tuvo tantos éxitos en su brillante y durísima vida torera.

Te diré algo, con permiso de ese novio atleta que tienes y por el que suspiras, que todo se te nota, disimula un poco mi niña, que sepas, que pase lo que pase, este anciano granadino te sigue queriendo como cuando llenabas de limones del árbol que os regalo un día Paloma San Basilio, ¡lo he contado tantas veces! Mis alforjas de vagabundo de la noticia.

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