Aquel Plácido Domingo con Julio Iglesias

Fue en Nueva York. Igual en otra ocasión lo he contado pero hoy la actualidad lo rescato -que es lo mío, al final, ya lo saben-, así que vuelvo a contarlo. Verán. Ayer subió a todos los sitios, la noticia -buena sin duda-, de que Julio Iglesias, de su propia voz y figura, más moreno que nunca, vestido de blanco -que es como más le gusta-, y mostrando su perfil más retratable, asegura que está a punto de salir un nuevo disco suyo, en el que lo más brillante sin duda es que va a cantar lo mejor de toda su vida -que es mucho por cierto-, pero en compañía de otras grandes voces más. No es frecuente en una persona como él, tan individual, entre otras cosas porque no lo necesita, y se lo dice a ustedes aquel que bien le conoce. No olviden que hice entre otras cosas su libro Entre el cielo y el infierno, del que se vendieron por todo el mundo, -eso sí en acuerdo con grandes editoriales-, alrededor de un millón de ejemplares y en distintos idiomas.

Dicho lo cual, les cuento que Iglesias, que por otro lado ya lo ha hecho en algunas muy contadas ocasiones, va a cantar, o está preparando y tiene ya a punto, ese disco con las voces más grandes y actuales. Asegura que lo presentará en España el año que viene. ¿Por qué tan tarde Julio Iglesias, maestro, si estamos aún en mayo del diecisiete? Pero si lo hace así y no de urgencia, él conoce las razones mejor que nadie.

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A lo que iba. Uno de los que con él va a cantar es ni más ni menos que Plácido Domingo. Buena noticia sin duda, pero lo que pocos saben, y por eso se lo cuento, que ya lo había hecho más de una vez, y desde luego aquella que yo recuerdo, de forma inolvidable porque fue un suceso único hace muchos años y ocurrió en Nueva York. Y además, servidor estaba allí en cuerpo presente, que es distinto de lo otro, de cuerpo presente, que es otra historia bien distinta. Habíamos quedado en encontrarnos con Plácido Domingo, ya universal entonces, tanto o más que Julio, en aquel bueno y carísimo restaurante cerca del Central Park, donde se ofrecía el mejor filete tártaro, carne cruda, el más rico caviar de color perla, gris, y por supuesto, vodka del que solo bebían los zares.

Pero lo más importante aún del sitio, que lo era, -yo no he vuelto, por supuesto, dado su precio y que hay que pedir sitio con muchos días de adelanto-, era la cita de los dos grandes que iban a cantar, ¡JUNTOS!

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Bien. Realizaba el programa para nuestra televisión, Valerio Lazarov, el gran rumano innovador, que movía las cámaras con el aire de tsunami, y que arrasaba con su nueva visión de la tele.

Vale.

Bueno, pues que va y llega Julio Iglesias, siempre atento a sus citas, que la puntualidad es fundamental, y ya estaba todo listo, sobre todo la mesa y un coro ruso, de los soldados cosacos, que era una maravilla y que estaban dispuestos a bailar y a cantar con sus voces más profundas el baile del sable famoso que hemos visto tantas veces.

El espectáculo a punto, la música de los dos grandes españoles, envasada, pero conocida y ensayada por supuesta.

Yo acompañaba entonces a Julio a todos lados por donde iba, a veces con Jesús Carrero, el maestro en lo suyo, que además mejor conoce el lado bueno de Julio, y que me llamó el otro día avisándome que no muy pronto cumpliría los setenta. Yo le llevo como poco doce o trece. También estaba allí aquel mediodía de Nueva York, tan cerca, al lado de la Quinta Avenida. La puerta pequeña, el comedor bien grande y lleno de espejos y cristales.

Primer ensayo: las cámaras listas, silencio en los visitantes, -muy pocos, por cierto, porque el sitio se había cerrado solo para nosotros- y va y Plácido Domingo empieza a cantar, creo que era Granada, simplemente para templar la voz y comprobar cómo estaba la garganta, que no todos los días está lo mismo.

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Bueno pues va y levanta la voz, tampoco sin arriesgar demasiado Plácido e, inmediatamente, empiezan a temblar los cristales venecianos de todas las lámparas que había en los salones. Trepidaban como si hubiera estallado bajo nuestros pies un terremoto. Asombro y aplausos por mi parte también, parecía que habían llegado los zombies, que entonces ya empezaban a mostrarse. Un sismógrafo que hubiera cerca lo habría registrado en la escala seis o siete como poco. Un hombre, eso sí, al piano. Y Plácido solo insinuando, calentando la voz como el que ensaya los primeros compases…

Julio, que es lo contrario en lo suyo, o sea, que le gusta modular, alguna vez me dijo: “lo más importante de lo que hago es que siendo un hombre blanco a veces tengo la voz de un negro”, quizá por eso toma tanto el sol. Y cuando a él le tocó iniciar lo suyo, aquella voz de entonces, también hoy, “los que tenemos la voz dulce duramos más que los otros, ahí tienes el caso de Frank Sinatra, que un día por cierto en su casa de Palm Beach, me descubrió, delante de JI, “tú eres mi sucesor cuando al amor cantamos”.

Total que Julio va y dice en el restaurante ruso, sentado en una silla dura, con la mano sobre el piano, asombrado, temeroso quizá, del mano a mano que le esperaba, consciente de lo que hacía, admirado, muy serio.

– Plácido, hermano, no sé cómo lo haces, que hasta se han caído las lágrimas de los cristales de las lámparas y se han roto los espejos de las paredes…

Y Plácido va y le dice con una mano en el pecho del esmoquin, impecable, que llevaba, como también J. Iglesias.

– Los dos somos madrileños, Julio Iglesias, sabemos lo que hacemos. Tú cantas como sientes y yo siempre hago lo mismo. Tú en tu tono, y yo en el mío lo vamos a hacer de lujo.

Y lo hicieron, debe estar en al archivo -que siempre digo- formidable de La 1 donde además está gran parte de mi vida.

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Y fue una maravilla, cada uno a su forma, a su manera. Luego bebimos vino, del bueno que siempre viaja con Julio en la maleta de mano de alguno de sus secretarios. El mejor, siempre, sin duda, y aquel día, como casi siempre, vino español de su todavía impresionante bodega.

Lo recuerdo ahora como si lo estuviera viviendo. Por eso se lo traslado a ustedes mis seguidoras y seguidores de todo el mundo. Tienen derecho a saberlo.

Y además, fuera hacía un tiempo espléndido. Y era el fin de semana. Central Park hasta los topes. Por eso he usado el título de este uno de mayo en el que fiel al día del trabajo, hago lo que debo hacer, trabajar en lo mío. Por eso lo de “aquel Plácido Domingo con Julio Iglesias”.

¡Y parece que fue ayer! Que si no lo cuento, reviento.

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