Tiempo de Semana Santa

Uno, en este caso un servidor de ustedes, debe escribir de aquello que siente. Y más en mi caso que voy camino de los ochenta y tres. Por eso, hoy, lunes santo, después de tanto tiempo en esto, la noticia, la memoria, Dios quiera que también sea en el futuro, el titular que precede. También aquel otro quizá con un aire mas moderno, casi de novela americana escribiría: Semana Santa del diecisiete.

Que podría ser un sentimiento de Norman Mailer, como saben uno de los grandes americanos al que un día di la mano, hace muchos años, en una noche de Nueva York. ¡Qué pena que no hubiera entonces eso que ahora se llamen selfies!

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En cambio ahora, sí que están en las procesiones. Se ve de pronto un relumbrón, y es que retratan el paso. Los pasos de toda España, no solo los del sur al que pertenezco y que tanto he pregonado, tantas veces en tantos sitios, sino también en los pequeños pueblos las ciudades silenciosas. Aquella de aquella noche en el alto del Perú tan cerca de Machu Pichu, más allá aún de Cuzco, en aquel trenecito donde había mitad por mitad subiendo como un gamo los andes, tantos guardias armados hasta los dientes en los tiempos del Sendero Luminoso -al que yo llamé Tenebroso y a poco me cortan la vida-. Como había de los otros, en ese silencio de Arequipa, que ahora acaban de vivir en la tierra de Vargas Llosa, Isabel y su amor, Isabel Preysler ya digo, Arequipa inolvidable, una de las ciudades con más fuerza, más personalidad y más misterio del mundo donde compré aquel nacimiento que se puede llevar en un maletín, hecho con pan mascado, y que sin género de dudas, el más hermoso, al menos para mí, del mundo.

Pero no estamos en Navidad, que es el principio de la Historia del Hombre, que siendo hijo de Dios y sabiéndolo, dio su vida por los demás, por un lado y por el otro, por los buenos que son malos y los malos que son buenos.

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Y ese sí que es el tiempo de ahora. La semana de Pasión, la borriquita la salió a la calle, entre las palmas y olivos, por cierto que este año no he tenido que comprarlo a la gitana de la equina, no, por que en mi huerto del condominio, en ese patio de vecindad que es de todos los vecinos, hay un sitio ya con viejos árboles, donde hace años muchos años yo, casi con mis propias manos, y un portero, que se llamaba por cierto Ángel, planté un olivo, que es el único que tengo -aunque he regalado muchos en mis años por el sur- y porque siempre reivindico que es nuestro árbol del Noel, que han llegado a decirlo incluso en la Universidad de Santander, cuando yo era gente aún reconocida y no como ahora que la gente se retrata a mi lado como si formara parte de las ruinas de Medina Zahara…

A lo que voy, los tambores de Baena, por ejemplo, la burrita insisto entre las palmas y olivos… por cierto, ¿dónde estará aquella palma rizada que me regalaron en Elche, la mejor de las mejores, como la que lleva el Papa y que se ha perdido en mis naufragios?

Cuántos recuerdos ahora mismo. El grito de la procesión del silencio, que es como el llanto de un gran trombón budista de los que hay en las alturas de la China, ahora, que ya sé que nunca podré llegar, aunque aquí tenemos ese Tíbet español que es las increíbles Alpujarras de Granada, donde por tener tuvimos hasta un lama, un pequeño lama, del que a veces se conoce alguna noticia, por ejemplo, que hace poco iba en moto por las carreteras de California, donde siempre es verano, aunque a veces sea el invierno.

He pregonado el Cristo de los gitanos de Granada que es cosa que no todo el mundo ha hecho. ¡Qué emoción y qué silencio, en la Abadía de Sacramonte! ¡Qué pena que este año no indulten un preso como todos los años hacían desde hace no se cuantos años en Málaga y en muchos otros sitios! Banderas, ya con la barba muy blanca, sobre todo después del golpe de corazón, en Málaga ayer mismo como siempre, que hay devociones imborrables…

Aquella procesión impresionante, en aquel pueblito alto de los altos montes aun con nieve, insisto, donde al Cristo que levaban, le habían colgado un fusil…

El Cristo de los pescadores de Cudillero del alma, del que tanto me acuerdo siempre, con aquel olor a mar, a Océano casi, y el pescado al sol como un chicle marino…

Tanto de tantas Semanas Santas. Por eso todas ya son mías a lo largo de los años, tantos años, cuando a veces te preguntaban de niño aunque ya escribieras versos: “nene, prenda, ¿y tú qué es lo que quieres ser cuando seas mayor, vida mía?

Y tú respondías desde el dolor de los zapatos del Jueves Santo, que eran tan fuertes, tan duros, para que duraran mucho: “Yo solo quiero ser centurión romano del Jueves Santo en la procesión de Cristo de los favores…”

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Las sandalias enredadas en las piernas, que hoy tanto se llevan en la moda, el penacho de plumas blancas sobre el casco que parecía pura plata aunque era de hojalata, la coraza con el águila generalmente imperial, la falda corta de cuero, la espada al cinto y delante de la cruz donde estaba la única verdad, la única, de todas las procesiones. La virgen de la Esperanza, con su lágrimas en la cara, el corazón atravesado por no sé cuántos puñales…

Por cierto, que se me nota, desde que mi nieta se llama Macarena… Y quiero que se me note.

Y después vendrá, que viene, como siempre todos los años, el sábado de silencio, y vendrá el domingo de la gloria cuando Jesús, él solo, mueve la piedra redonda que lo oculta de su pueblo, que no sabe lo que ha hecho, la esponja con hiel y vinagre, la gran lanzada…

En el fondo, y hasta en la forma, es una historia de cada día, dónde cada uno sabe el papel que representa. Judas el que tanto hizo, Juan el que tanto amó, Pedro que negó tres veces.

Cada día y a cada hora, cada uno con su papel en la Historia, la historia jamás contada. Unas que son Verónicas, otras Magdalenas, las hay que son hasta Marías si me apuras y Pilatos, tantos tantos, y hasta…

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Es semana de pasión. Los telediarios lo tienen entre sus horas, las radios no dan abasto, los periódicos incluso, los medios, los Twitters esos, y desde luego mi blog. Hubo un tiempo en que tu vida de niño eran dos partes bien claras, antes y después de la Semana Santa… al menos el mío de entonces, los viernes aquellos en que mi madre hacía arroz con espinacas, boladillos de bacalao… las estaciones llenas de flores, de olores, incluso hasta de dolores.

¡Cómo me gustaría ser niño de nuevo! Aunque solo para esto fuera. Pero les diré una cosa, he perdido huesos, fuerza, soy un nómada inmóvil, como he dicho tantas veces, pero mi memoria es fresca, mis sentidos se hacen mas jóvenes… ahora solo querría ser Cireneo, aquel que ayudó al Rebelde, al gran Rebelde, a llevar su cruz un rato… por las veces que él soporta la mía… Lunes Santo, Semana Santa de España. También en Siria, en Alepo, y aquí bien cerca en mi barrio, Semana Santa de tantos y tantos que sufren en el silencio… a ver si tenemos suerte, una poquita de suerte, y el domingo, de alguna forma, nos vamos arriba, re- su-citamos…

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