Sergio García, el héroe de corazón verde

No es un título forzado. Ni mucho menos, lectoras, y lectores, que aún me aguantan en medio mundo aunque ahora sea tan solo de siete en siete días.

Me explico. Sergio García, como saben, y si no yo se lo cuento, que para eso estoy, ayer mismo, domingo en El Bernabéu, y en el juego de la Liga, el Real Madrid y el Barcelona, que ganó el segundo como también han sido informados o lo han visto -porque el Clásico lo vieron más de seiscientos cincuenta millones repartidos por el mundo a través de la televisión-. Bueno pues ayer hizo el saque de honor, del dolor para muchos -los que perdieron, digo– un chico alto, casi de uno ochenta, vestido con una chaqueta verde, que le dio un buen toque al balón demostrando que era el presidente del club de su pueblo castellonense, aunque sea de la tercera división, aunque él sea ahora el primero de la primera división del golf del mundo entero, en la que ya hemos tenido algunos grandes, grandísimos, por ejemplo como Severiano Ballesteros, al que entrevisté muchas veces, o el gran Olazábal, al que no tengo el gusto de conocer personalmente aunque sé que es un aguantador, y al que a veces veo fumando un puro por algún aeropuerto, esperando al avión que le habrá de trasladar, siempre con sus palos cerca, a cualquier lugar del mundo.

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Esperen que me tome un respiro porque llevo no sé cuantas palabras seguidas, sin un punto y aparte.

Por contar que no quede. Sergio García, Fernández segundo, de treinta y siete años, que ayer hizo el saque de honor en el Bernabéu, entre una estruendosa ovación, lógica y merecida, de esa manera en el mismo año conseguía dos cosas con las que siempre soñó desde que dio la primera vez un tiento, un toque, un golpe con un palo de golf, que ni siquiera sé si se debe decir palo o se le menosprecia. Nunca jugué las cosas como son, pero últimamente y de cuando en cuando veo palos de golf por mi casa, que es la suya, y no porque haya un campo verde bien cerca, sino porque alguno de mis nietos lo practican. Les tendré informados si alguno de ellos se destaca. Si recuerdo siempre y lo cuento muchas veces, que hace ya muchos años, entrevisté en el Waldorf Astoria de Nueva York, el mejor hotel entonces del mundo, a Aristóteles Onassis, junto a su amor de entonces María Callas, eso sí, él cerca de su funda de palos de golf, fabricado con la piel de un pene de ballena macho, enorme, como es natural, porque entonces el naviero de las gafas negras tenía una flota de balleneros que navegaban por todo el mundo en la caza de los mas grandes mamíferos del planeta.

Otro respiro. También entre mis recuerdos les puedo contar de pasada que un día, en el campo de golf de La Coruña, servidor entrevistó al jefe del estado entonces, Franco, un solo día en dos partes, por la mañana en el golf y por la tarde en el río Eo, donde pretendió pescar un reo, pescado de aguas revueltas, cosa que consiguió después de echar la cuchara -el cebo- 425 veces sin alcanzarlo hasta que lo alcanzó, y fue entonces cuando ya me hizo la primera pregunta, él a mí, porque la entrevista fue a la inversa, esto es, el que quería preguntar era él, y yo acababa de volver de la Cuba de Fidel y del Israel de la entonces primera ministra Golda Meir, que tanto se parecía como escribir entonces a mi abuela Concha, que en paz descanse.

Fue esa mañana, cuando don Francisco, me preguntó por vez primera.

– ¿Y juega usted al golf, joven Medina?

– No señor, nunca lo he hecho.

– Pues debía hacerlo porque se hace un buen ejercicio, y de esta forma, se quita uno peso de encima.

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No le hice caso, y quizá haya sido por falta de tiempo, pero sí he estado a punto de hacerlo, cosa que igual me decido un día porque es también deporte para mayores, qué digo mayores, viejos, como yo. Y además se disfruta mucho del paisaje y, encima, pues a ver si me valen los pertrechos, que usaron mis nietos, y que hace tiempo que están en el cuarto trastero. Además, se puede ir en cochecito buscando los hoyos, sobre todo creo que es el dieciséis, cosa que ya he hecho, eso sí, con Julio Iglesias, en su primera casa de Indian Creek número cinco de Miami, cuando vivía en Florida.

Y a lo que voy, que a veces ya saben que se me encadenan las cosas vividas, que Sergio García, lleva siendo noticia de verdad, incluso fuera de los noticiarios deportivos,como un Campeonísimo español, que ha conseguido en esa catedral del golf, que es Augusta, ni más ni menos que ser el mejor de los mejores. Ha necesitado mucho tiempo, dado que empezó en un pueblo a trabajarse el hoyo a los tres años, cuando su padre, que su primer maestro, en vez de llevarle a los caballitos le llevaba a los verdes campos del Edén, para que le acompañara de caddy, que creo que se llama al  ayudante, y de ahí que su afición le venga, o mejor dicho, su pasión desde nada más echar los dientes, con lo que ya hoy es un aventajadísimo golfista, de los mejores del mundo. Por no decir el mejor.

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De lo que nos sentimos tan orgullosos, aprovechando para decirles como dicen todas sus reseñas, que en todos estos años, siempre o casi siempre ha sido un formidable segundo, incluso un tercero, pero que siempre soñó con llegar donde ha llegado. También se usó, quizá jugando a las palabras, que fue un poco golferas, respetuosamente escribiendo y sin perder el tipo, porque sin querer enamoraba a todas las mujeres por donde pasaba. Un don Juan, como corresponde a un mediterráneo de muy buen ver, tipo duro del cine americano, buena planta, buena facha, buen aire deportista, moreno del sol del golf -que es un moreno distinto- y sobre todo sonrisa blanca, muy blanca, incluso desde mucho antes de esos dientes que hoy se llevan superblancos gracias a la operación Conejo, que ahora consiste si vas a la tele a un reality, y si no también, en blanquearse nada más que lo que se ve de la dentadura, cosa que igual yo haría si tuviera tiempo, necesidad y dinero porque creo que cuesta un ojo de la cara.

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Sigo en lo mío. Sin embargo, este triunfo merecido de nuestro compatriota español, nacido en el pueblo el Borne, se debe también, dicen, en parte, a que la ultima novia que tiene, le ha ayudado mucho con su nombre, y su compañía, que se llama Angela Akins, muy linda por cierto, melena larga, gran talento, sonrisa franca y por si quieren saber más, una de las que mas peso tiene en el mundo del golf, en la televisión, hija, además, de uno de los grandes campeones de lo mismo. Leyenda viva de todos los tiempos en los Estados Unidos de América. Le ha ayudado mucho, dicen, le ha hecho además sentar la cabeza. Asegura y de una manera discreta, con el corazón en la mano -nunca mejor dicho-, aconseja su destino. Que puede terminar en boda, puede, aunque Sergio, lo que le va es su soltería, o por mejor decir, ya, su solteronería, aunque hace unos días, ha confesado sonriendo en lo más alto del Empire State, de Nueva York, al que yo he subido alguna vez, en plan turistas y sin mirar hacia abajo que las alturas me marean.

– Todo puede ser, todo es posible, estoy viviendo el momento más agradable de mi vida deportista, y podría casarme con Angela, cualquier día.

Pero no precisa fecha, incluso ha añadido a las preguntas de los periodistas a pie de noticia.

– La novia de blanco, claro, ¿pero iría usted a la boda con su chaqueta verde de Augusta?

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Porque la chaqueta verde es el uniforme de la gloria del golfista. Un verde distinto a todos los verdes, si acaso más cercano al verde dólar, en el que ya nuestro Sergio, el niño, como le llaman, es un gran campeón.

Querido Sergio, hace muchos años, muchísimos, pedí una entrevista con usted, no sé si fue para ¡HOLA!, y su departamento de imagen y comunicación me dio una fecha muy concreta, y en Nueva York, para dos años después. Ni contesté aquella ocasión, pero si quiero que sepa, que si ahora me la concede, voy donde haya que ir, por lejos que sea, le juro, y así tendré la ocasión de conocer, para mí colección de mitos, a un Mediterráneo como usted que ha alcanzado lo más alto, llegar más arriba que nadie, con tesón, con disciplina, dentro de lo habitual, aguantando y esperando, gracias por darnos la buena nueva de su triunfo, que además se lo merece. Y un beso, muá muá, de nuestra parte, a su bellísima novia, que ha sido su mejor  green. Gracias también por habernos demostrado que puede existir el verde en el corazón, como su uniforme de gala.

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