El día que di la mano al Emperador de Japón

Pocos, muy pocos en el mundo entero, pueden decir lo mismo que lo que en mi historia de hoy titulo. Y que actualiza mi memoria en el día en que los Reyes de España, Felipe VI y Letizia, ya están de Visita Oficial en el Japón.

Les cuento, que de lo que es la crónica total de esta visita, sin duda histórica, ya se encargarán los demás, todos los medios del mundo entero, y desde luego España, porque la visita nos importa, nos concierne y mucho.

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Hace ya muchos años, que muchos de ustedes ni habían nacido siquiera dada su juventud como siempre digo, servidor estaba dado su amor por el sur y muy concretamente por Córdoba, en la ciudad califal, haciendo una serie de reportajes creo que para el diario Pueblo. Ya había hecho -o estaba haciendo- los Patios, la Fuente del Potro, la casa donde vivió Manolete a la que tantas veces he vuelto, la Mezquita Catedral, o la Catedral Mezquita, la calle más estrecha y más bella de Europa, Medina Zahara desde luego, cómo no… cuando de pronto, en el cruce de unas calles del barrio judío, casi frente por frente donde está la virgen azul de las grandes ojeras, en una de las murallas de la Mezquita y donde tantos le rezan, entre otros servidor, -virgen por cierto pintada nada más y nada menos que por Julio Romero de Torres- de pronto un cierto barullo, como dicen por el sur…

– Serán turistas, pensé.

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Pero no eran más que turistas. El Príncipe Heredero del imperio japonés visitaba Córdoba, en visita privada, en compañía de su ya esposa, la Princesa, en eso que se llama viaje de novios, y habían elegido, demostrando su gusto y su talento, la hermosa ciudad de Córdoba. Les acompañaba en este viaje el padre de la Princesa, entonces tan linda y sonriente, que era uno de los grandes millonarios del hermoso país al que nunca llamaré nipón, porque no les gusta que así les llamen, y llevan toda la razón. Un hombre riquísimo que había hecho una enorme fortuna, el padre, en el negocio de los ferrocarriles, de tanta importancia y fuerza en el lejano y hoy cercano país con la visita de nuestros Reyes.

Bueno, pues que el alcalde entonces, creo que era Cruz Conde, me los presentó entre tanta gente. Hay foto, lo que pasa es que no la encuentro, como casi todo, ya saben, y creo que se publicó en la revista Careta, que dejó de publicarse hace tanto tiempo, pero donde esta gran parte de mi vida periodística.

Total que le di la mano a él, vestido de paisano, de Europa, y a ella, bajando yo la cabeza, tanto como exige el protocolo de su país. A veces hasta doblar la rabadilla, pero no fue necesario. Ella me devolvió su sonrisa dulce y los entonces Herederos del trono del Crisantemo se marcharon, casi en andas, entre la  buena gente de Córdoba, que les estaban ofreciendo todo lo que tenían, como siempre su amistad, su cariño, su admiración, porque ya tenían un toque de leyenda, y sobre todo la buena nueva de su corazón.

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Les hablo, les escribo de Akihito, el heredero del imperio más antiguo de la Tierra, aquel al que su pueblo según la implacable tradición, no podía aunque pudiera, mirarle directamente a los ojos. El intocable, el más grande, el hijo del dios Sol, siempre retirado en aquel palacio intocable, imposible, sobre los lagos donde navegaban las carpas imperiales que nadie incluso podía tocar con la punta de los dedos.

Akihito, el hoy Emperador, del que se dice que pronto, muy pronto, va a abdicar, dada su edad, en su hijo, que ya de príncipe conoció a nuestros Reyes, recibe a los Reyes de España en una ceremonia, a pesar de la distancia que exige el riguroso protocolo imperial, más que nada íntima y cercana. No es difícil imaginar a las Reinas, o mejor dicho la Emperatriz y la Reina, vestidas los dos de gran gala – ¡ay esos kimonos de seda,  bordados a mano, por las bordadoras  imperiales!- mientras la que en su día será la nueva Emperatriz, aseguran que siempre instalada en una cierta tristeza, escucha en su palacio de papel japonés a Julio Iglesias, que es, les juro lo que les digo, su cantante preferido, de siempre, de toda la vida.

Y fue precisamente con nuestro cantante más universal con el que fui a Japón, de nuevo en su avión, y para un trabajo cantando que tenía Julio en Tokio, entre otras canciones aquella Galicia, que tanto gustaba a nuestros trabajadores del mundo entero. Un éxito total de este Julio nuestro de hoy que presenta a su hijo mayor, de dieciocho años, el niño de sus ojos, que dicen que puede ser su heredero en tantas cosas. ¡Cómo pasa el tiempo!

Recuerdo aquel Japón de los jardines maravillosos, únicos, las flores entre las piedras, el Japón de las avenidas, los aceros y cristales de sus rascacielos, -siempre hay que llevar el cuello hacia arriba, la tortícolis japonesa que se llama-, la comida japonesa, que debo decir con una cierta tristeza que solo para contarlo, en una mesa circular, comí carne de ballena casi cruda con su fuerte olor a mar, a océano, y un punto de sangre incluso, el teatro japonés inolvidable, la casa de las gueisas con el té a ras del suelo, los pasos pequeños de las damas de la isla inmensa donde en las noches las estrellas están tan cerca como a veces digo que se pueden alcanzar con la mano…

El sake, el kimono, la sandalia, los ojos rasgados, todos los típicos tópicos de uno de los países más bellos del mundo, trabajadores, músicos, pintores, poetas formidables, un pueblo que no solo sobrevivió a una de las más grandes catástrofes producidas por el hombre, aquella bomba atómica, que arrasó Hiroshima y Nagasaki  que yo también visite en otra ocasión anterior, el esfuerzo enorme de un pueblo para salir de la demolición de la bomba atómica, convirtiéndose en uno de los pueblos más ejemplares y ricos del planeta Tierra.

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Es por eso que hoy recuerdo aquel día, creo que fue de primavera, en que al Emperador intocable de hoy, al que solo se ve a distancia, le di la mano de forma espontánea. ¿O fue él, el que me permitió el gesto del que hoy presumo, entregándome la suya para que la tomara? He dado la mano a  mucha gente importante, demasiada tal vez, jefes de Estado, reyes, premios Nobel, actrices relucientes de Hollywood, etc., etc… pero ninguna tan difícil como aquella de aquel día de eterna primavera, de la Judería de Córdoba.

Bien que me viene a la memoria cuando aquella gitana de las que ha entonces vendían puñaítos de romero, ante la ahora recién abierta segunda puerta, de la mezquita, quisieron leerle las rayas de la mano, el futuro, a la princesa de la carita de polvos de arroz. No sé si lo consiguieron, pero lo que sí les puedo decir, es que al menos para mí, como hoy al recordarlo en mi blog, ahora semanal -y bien que lo siento-, fue aquel un día memorable que ahora pongo de pie aprovechando la visita que será fascinante y positiva de don Felipe y doña Letizia a Tokio. Cómo recuerdo también, el día que dije sayonara, adiós, la única palabra que del japonés se pronunciar dignamente, a un pueblo  único en el mundo, que todos los días llena las calles y las plazas de España entera, para aprender de nosotros, cuando en realidad nosotros tenemos tanto que aprender de él.

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