Carta a Palomo Linares, buen amigo, gran torero

Y además, bueno, bueno, hasta el final. Valiente como hay pocos, mi querido Maestro, Sebastián Palomo Linares. Hace tiempo escribía como sabes una carta cada día para las radios, desde hace mucho tiempo, desde aquella Encarna Sánchez, que todavía recordamos. A veces de día, a veces de noche. Era una forma directa, aquella de mi carta, de decir lo que siento, casi cara a cara, boca a boca, cuerpo a cuerpo. Hoy he vuelto, no sé por qué, bueno, sí sé por qué, a escribir de nuevo una de aquellas cartas en las que, mirando a los ojos de aquel a quien la escribo, le digo, sin la disciplina de la crónica, de verdad, lo que siento.

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Ayer, maestro, Maestro con mayúscula en lo tuyo, siempre, incluso en tu vida misma, de luces o de cruces, como fuera, fuiste grande. De verdad, a la hora de la verdad y a la hora de la mentira. ¡Cuántas veces, cuántos días, Maestro, nos hemos tirado una larga charla, allí arriba, en su casa del Palomar, sobre la Vega de Aranjuez donde vivías, convivías, y también sobrevivías, sobre todo en los últimos tiempos. ¡Cuántos largos ratos, solo en el pórtico, junto a la piscina, viendo anochecer a lo lejos sobre las últimas luces del resplandor de Madrid, que se veía a lo lejos! Ese Madrid que tú conquistaste aquella tarde que bien recuerdo en la plaza de toros de las Ventas.

Torero, que te nos has ido, a todos los que te quisimos, de una cornada de esas que no se ven, pero que matan lo mismo. Esta era directa y al corazón. En tu al final bella cabeza de senador romano, un derrame cerebral acabo con tu todavía joven vida, que aún no habías llegado ni a los setenta, maestro. Dicen que van a derramar tus cenizas sobre ese alto palomar, donde vivías, aunque a veces te gustaba viajar hasta allí donde en su tiempo te gustaba esperar a los grandes ciervos de la montería.

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Mi querido maestro. Y cuando empezabas, que parece que te estoy viendo en aquella película con Marisol que creo que te está llorando, como siempre, llora ahora en silencio. Aquella película, maestro… o cuando con mi compadre El Cordobés viejo, y digo viejo con todo el respeto del mundo, en aquello que se llamó Los Guerrilleros, plaza a plaza, por pequeña que fuera, ganándote el pan con el sudor de tu empuje, con el sudor de tu sangre. ¡Niño torero, que nació en Linares un día, hijo del hambre, como en su fe nos fue ahí mismo, en el cuarenta y siete Manolete, al que lloramos este año en el centenario de su nacimiento! Siempre ahí, torero, amigo, compañero de tantas tardes de confesiones y silencios. Cuando te casaste con aquella bella mujer, colombiana, cuando te quedaste solo en la inmensidad de tu vida, cuando rompiste a pintar, con tu maestro Viola, y el consejo de Botero, al que tanto admirabas, el de las modelos gordas, ¿recuerdas?

A veces, cuando yo salía de noche -que nunca he sido mochuelo- allí estabas, sonriente siempre, ya el pelo blanco, cuidado, de viejo galan de Hollywood, mostrando, como sin querer, la más alta condecoración de tu vida de torero.

– Sí, es mi cornada de espejo. ¿Y sabes por qué le dicen así? Pues porque es en la cara donde está la cicatriz, y porque cuando te la ves en el cuarto de baño, si después vuelves a vestirte de luces, es seña de que sigues queriendo a tu oficio, a tu vocación verdadera.

Y él tenía, como Manolete, también, una y grande de espejo, que le rasgaba la comisura de la boca. Siempre elegante, siempre dispuesto, corazón solidario, y después durante tiempo también solitario. Pintaba con fuerza, con gana, mandando siempre ese color de la sangre del toro que tanto tiempo fue su compañero. Aquel día que me dijiste:

– De todas formas, que sepas que las cornadas que más duelen son las que dejan cicatrices solo en el alma.

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Filósofo del sur, padre bueno, digan lo que digan, los demáaaaaaaaaaaas.

Aguantó hasta el final, porque al final el destino puso en su camino a esa bella mujer, que se llama Concha, y que era, es, jueza. Elegante, moderna, cercana. La definitiva, decía él, que tampoco había sido hombre de muchos amores, aunque las enamoraba de corto en los tentadores o en las grandes noches brillantes de los elegidos de la gloria. Era, es, más que famoso, como a veces digo, popular, le querían, abajo en su vega cerca del río. Conocí a tus hijos Palomo Linares, maestro, incluso a alguno le ayudé cuando quiso ser torero, pero no es fácil ser hijo de la leyenda, siempre se dirá aquello de… “sí, pero como fue su padre…”.

Tuviste toros con tu hiero, cultivaste trigo, contabas a caballo como un centauro, sabias de la elegancia del sombrero plano, que ahora por cierto y según H!FASHION, es moda en el mundo entero, tanto en París, como en Tokio, por tan solo dar dos nombres. Y si lo dice H!FASHION… Es cierto.

Siempre elegante maestro. Siempre valiente, arriesgando en el toro y en la vida, a veces rico, a veces menos rico, pero siempre como si nada, mito puro, viejo amigo, que te nos has ido, diciendo cuando ibas al quirófano, desde la camilla de ruedas…

– ¡Me van a hablar a mí, de operaciones, que tantas veces me han hecho!

Hizo dos películas, escribieron un libro o dos sobre él, tenía su paso doble. Y, además, en los últimos días, vas y dices.

– Me gustaría que me llegara el día del fin del mundo bailando con Concha…

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Te gustaban, maestro, las grandes palabras, eras de los que tenían lo que Federico llamaba “la cultura de la sangre” y que no se aprende en los libros, tenía un cuadro tuyo con lamparones de sangre de toro, dedicado incluso…

Maestro, y encima a última hora después de que te fuiste, me entero que dejaste dicho -siempre hiciste grandes hechos- que has regalado lo que de ti quede y sirva para quien lo necesite. El corazón no, desde luego, porque por ahí te marchaste de tanto darlo, monstruo, de tanto darlo como decía cantando Rocío Jurado que te gustaba tanto. Pero lo demás estaba entero, dispuesto. Un confidencial de este misma mañana dice que “hasta después de su muerte dio vida”.

Cierto, dichoso tu que has podido hacerlo, yo aunque diera lo que de mí queda no le va a servir a nadie, está derruido, soy regiones devastadas. Pero tú hasta el final has sido grande, aunque fueras de figura mediana siempre pareciste un niño vestido de héroe grande… En fin, que una lágrima cayó en la arena, como decía la canción, y es la mía una más de emoción, también de tristeza, y además de agradecimiento. El sur está triste, créeme, y por allí por donde pasaste. Sé que cuando baje camino de Andalucía veré el resplandor volando de tus cenizas. O quizá esa paloma que vuela sola en el tiempo nuestro de tantos gavilanes. Hoy más que ayer pero menos que mañana, te echaré en falta, maestro, mi viejo amigo, a veces mi compañero, de cuando hay que torear el toro más difícil, de un torero y de cualquiera, el toro inmenso de la memoria y de la soledad.

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