Paloma sigue volando

Es  lógico, es natural, que aunque últimamente no estoy, (y lo he dicho, mucho), por las necrológicas, sobre todo porque se van marchando casi todos los de mi quinta, decida hablar de lo de Paloma. Ya saben cuál es la paloma a la que me refiero, la nuestra, Paloma Gómez Borrero, que se nos ha ido de pronto, sin que nadie lo supiera, tan solo ella y los suyos, y de los suyos los más cercanos. Paloma abrió las espitas de mi memoria, que está llena de su vuelo.

Por ejemplo, ayer mismo, (escribo en domingo), en el telediario de las nueve de la noche de la uno, Manuel Campo Vidal, presidente de la Academia de la Televisión, a la que yo pertenezco desde sus inicios, estaba en la puerta del tanatorio, donde a las afueras de Madrid velaban  los restos del cuerpo, ya ceniza, de esa mujer  formidable, única diría yo, a la que tanto conocí,  y de la que tanto aprendí.

El presidente de la Academia de la Televisión, decía ante el bosque de micrófonos que le asediaba: “Tico Medina dijo de Paloma, que sabía más del Vaticano, que los propios Papas de Roma”. Cierto. Lo dije en alguna ocasión y también  hoy lo defiendo. Ahora mismo, esta misma mañana, me llama el magnífico periodista asturiano, presidente de la Cofradía de los Amigos de Cudillero, para indicarme:

“Esta mañana, ha salido en la Nueva España de Asturias, una foto tuya con Paloma en San Juan de la Arena, cuando ella vino para  hacer Los Cuadernos del Mar, ¿recuerdas?”

Fue hace muchos años. Paloma, como siempre, estuvo espléndida. Cuando fue a dar el pregón de las Fiestas de Alcázar de San Juan, corazón de La Mancha, me llamó unos días antes de hacerlo. Quería saber dónde podía encontrar el mío, del que hace mucho tiempo ya, para hacerlo distinto.

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Son sus palabras verdaderas, autenticas, suyas. Era generosa, joven siempre, dispuesta y sabia de los Papas, más que nadie, entre otras razones, porque para todos fue, siempre, silenciosa si había que serlo, prudente y culta. La última vez que nos vimos, fue hace unos meses,  cuando yo acudía a la cita de Inés Ballester de la que contaba el otro día, (en esta misma página mía y vuestra, sobre todo vuestra), aquello de su victoria sobre el cáncer después de cinco años o más. Contaba entontes este viejo cronista, cómo  Inés  mantenía la audiencia del mediodía, con sus colaboradoras más cercanas, en Amigas y Conocidas, y entre ellas, (eso lo digo ahora), de nuestra PALOMA DE LOS PAPAS, que era además de los Papas, de muchas más cosas. Que cultivaba con devoción y pasión al mismo tiempo, que estudiaba la verdad de las fuentes y sabía cómo nadie, donde estaba, por ejemplo, la raíz de las historias. Era además una experta en la cocina, sobre todo la italiana. Sabía de la pasta más que nadie, no sólo porque estaba casada con un piloto de avión italiano, sino porque además, tenía casa y vivía en Roma. Ella me llevó en su día a la Trattoria Alfredo a comer raviolis, en la misma trattoria  donde lo hacía el poeta andaluz Rafael Alberti durante el exilio. También me enseñó los secretos de Via Benetto, casi todos los del cine, y su casa en  la capital italiana que era la segunda embajada para los españoles que visitaban Roma.

Decía, (que a veces se me va el santo al cielo), que la última vez, que la vi, en persona, fue en el otro programa que presentaba Inés en La Trece, sobre cine español y con gran audiencia. Bueno, pues entré en la sala de maquillaje, -donde cada día tienen más que trabajar conmigo, sobre todo a la hora de disimulas las ojeras, cada día más negras y más profundas-, y allí estaba con bata de babero blanco sonriendo como siempre. Nos dimos un par de besos, alguien nos hizo un selfie, -sobre todo por ella misma, que uno está de vuelta en todo y ella como si acabara de llegar, día a día, hora a hora escribiendo, dando la cara, hablando, y sobre todo sonriendo y enseñando-. Cuando bajó al taxi que iba a recogerla a primera hora de la tarde, servidor ya estaba dentro.  Fuimos a recogerla a su casa y le dio, una gran alegría volver a vernos, sobre todo cuando me indicó como quien lo sabe todo de todo:

“Que sepas que somos de la misma quinta. Es más, yo cumplo años un mes antes que tú, en agosto de 1934, y tú en setiembre del mismo año, así que no presumas de viejo que yo soy más vieja que tú”

Solo de almanaque Paloma, solo de almanaque. Siempre de un sitio a otro: pregones, conferencias, charlas, discursos, artículos… a pie de obra Paloma.  Había nacido en Madrid, y tenía, tiene, tres hijos. Ya es abuela también, y ha escrito muchos libros. Ha sido la primera corresponsal vaticana, en Radio Nacional, nada fácil por cierto. También ha estado en la Cope y allí donde de ella han necesitado. Nos recibía casi a pie de avión, y nos daba de comer en su casa. Era bella por fuera y por dentro, más que impecable, comprometida. Hablaba con el corazón en la boca y con aquel pañuelo de seda al cuello, (siempre distinto), que debía pasar a formar parte de un museo posible, con los periodistas del siglo porque nadie volverá a ser como ella.

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Eso sí, hace unos días, cuando escribí de Inés Ballester, (que me ha dado las gracias, cosa que hace casi nadie por cierto), dije que tenía cuatro hijas. En el agradecimiento y sin parar de sonreír me aseguró que no tenía cuatro hijas sino sólo un hijo. Le pedí perdón, si bien me alivio diciendo que me refería a las cuatro hijas de su tertulia, no supe escribirlo correctamente. A las cuatro hijas que me refería, eran las de su tertulia de todos los días en TVE a mediodía, a Marta Roble, Rosa Villacastín,… y desde luego siempre, siempre, a nuestra Paloma de éste día de luto y de tristeza.

Para terminar mi cercanía con ella, contarles que el mismo día en el que se eligió al nuevo Papa (ceremonia que yo tuve el honor de retransmitir en directo desde Canal Sur, para toda Andalucía), hubo un momento en que antes de salir la Bianca Fumata,  pudimos comprobar como de pronto, una  paloma blanca, salida de los altos palomares de los Palacios Vaticanos volaba sobre nuestras cabezas. La gente aplaudió encantada, conmovida, sorprendida. Y como viejo andaluz que soy aproveché para gritar:

“¡Ya llegó antes que nadie Paloma, pero la nuestra Paloma Gómez Borrero!”

Me dio las gracias. De nada querida niña. Los papas, los cuatro que conoció y trató, a veces al entrar en la sala de prensa del avión blanco de la bandera pontificia con las llaves y la tiara preguntaban:

“¿Ha venido Paloma Gómez Borrero?”

 CUCURRRU… PALOMA  nuestra. No dejes de volar, maestra. Tú, sigue siempre volando.

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