Se lleva mucho lo verde

A saber. El verso de Federico, que ya lo dijo en su día:

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

De García Lorca digo. Y de esa metáfora, hermosa ciertamente, que yo no me canso de hablar de mi paisano, Manzanita, el gitano del sur, hizo una copla que se canta todavía, aunque la cantó hace años. Con la misma letra, aquello de Verde que te quiero verde.

Y es que lo confirma además la moda. La que viene que, además, es alunarada, o sea con muchos lunares, aunque para lunar, por dar uno solo, el de Inés Sastre, de la que el otro día comentamos en este mismo sitio, el blog nuestro de cada día

Se lleva, el color verde. Aunque hay cantidad de verdes. A saber, por ejemplo, el verde prado asturiano, el verde ojos de Liz Taylor, que un día cuanto la entrevistaba en Florida para ¡HOLA!, como siempre, donde estaba haciendo La Loba en el teatro, de tan cerca como estaba, que fue un privilegio,

gata-tejado

– Tiene usted los ojos, y perdone, bellísimos pero uno de un color distinto al otro, como los de los gatos de angora.

Me agradeció el piropo -aunque no era un requiebro sino una realidad- poniéndome una mano sobre la rodilla, cosa que ya he contado ciento dos veces, con esta son ciento tres, y le insistí. Olía a lilas, aunque el más lila era yo después de aquel gesto.

– Sin embargo me habían dicho que tenía usted en la mirada el color de la orquídea…

– Mire joven, ¿cómo ha dicho que se llama?

– Llámeme Tico

– Yo tenía un perrito chihuahua, que se llamaba Kiko, ¡qué extraordinaria coincidencia! Verá, el color de mis ojos es según el color de la mirada del hombre que tengo cerca…

Yo entonces era más joven, por lo menos veinte años más, que hace que uno cambie mucho, y por lo tanto, los ojos verdes que tengo, y eso que mi hijo Tico dice, “que, padre, tú no tienes los ojos grandes, que tienes los ojos gordos, que es distinto”.

Vale, ¡ay los hijos! Bueno, pues los tengo verdes, como mi madre, que era un color verde distinto. Luego están los verdes caza, que tanto se llevan en lo cinegético, tipo uniforme. Los verdes con  grandes manchas de camuflaje, tipo marine en guerra, hoy en cualquier sitio y a cualquier hora, trajes de noche incluidos.

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Está el verde dólar, o sea billete americano, que no pierde su color, con Jorge en la estampilla.

Está el verde campos eternos de las colinas del adiós, ya me entienden, está el verde cántabro, que es lindísimo, el verde de las suaves colinas de Kentucky, donde un día fui a conocer -también para ¡HOLA! claro- a la esposa del presidente de la mancha en la frente, el que hizo la gran evolución de la madre Rusia. Está el color verde, de aquel pipermín inolvidable, que tantas veces en nuestra -ay, permítanme el suspiro- nuestra lejana juventud nos ayudó a una declaración de amor, momento que aprovecho para recordarles que está al llegar San Valentín, el día catorce por si tienen que felicitar al ser amado.

Está el verde de algunos de los mares donde he tenido la satisfacción de llegar un día, por ejemplo, allí a los cunas de Panamá con Julio Iglesias, que hay fotos que lo recuerdan. Está el verde de las esmeraldas, en vivo, de las minas de Muzo, aquel infierno del trabajo humano en las altas tierras de Colombia, donde viví un día para contarlo. Por cierto, una piedra con piedra verde incorporada, o sea una esmeralda sucia, que me robaron una noche mientras estaba viendo yo en Pontevedra, con Ortega Cano, una corrida de toros, y aquí en Madrid los canallas se llevaron lo único que en aquel cajón teníamos, desde tiempo inmemorial.

Para nuestros nietos. Los verdes  de los jardines de la Alhambra, a cualquier hora de cualquier día, mientras suena el agua de las fuentes, momento fundamental para que su verde sea distinto.

El color de la mirada verde, aún verde a pesar de la edad de la melancolía de aquella princesa escondida en la Isla Elefantina de Egipto, que el Aga Khan padre, al que sus fieles pesaban en esmeraldas, y que en París no era más que una modistilla que llevaba y traía ropas por las casas y a la que él hizo princesa consorte con su nombre incluso…

Verde esperanza, que no se nos olvide que cualquiera puede hacer suyo, aunque es, más que un color del cuerpo, una necesidad del alma…

A mí me gusta mucho el verde. Soy un campesino ilustrado como tituló el otro día La Vanguardia en una entrevista que me hicieron, y recuerdo cuando verdeaba el campo de mi abuela, y entre los olivos al pie de castillo nazarí, derruido por los siglos, pasteaban las cabras, y aquel verde anticipaba, prolongaba, el que vendría después, el dorado, el amarillo, aquel del cereal, que hacía el pan del verano…

¡Tantos verdes! Cinco sentidos, quizá seis, de verdes diferentes. Las noches del paralelo, las verdes canciones verdes, el terciopelo verde de los Reyes Magos encima del elefante…

Los espárragos verdes de la cuneta, el verde vegavano -¿se dice así? ¿se escribe así?, perdonen que les pregunte-. ¿Son verdes los ojos de Pilar Rubio?, mi bellísima compañera de blog, cuando la veo, alguna noche en el programa de Motos. Pantera verde, que no me olvide, del verde Betis, diferente a todos los verdes que hay porque es el color -uno de los colores- de la bandera de Andalucía, que es la mía, y que tengo aquí cerca entre mis libros, para no olvidar nunca mis raíces.

fotoportada

El verde olivo, el paisaje verde del olivar que hasta por tener tengo un olivo, un olivo solo, suficiente, aquí abajo en el jardín comunal de mi piso, que es el suyo, en Chamberí y que veo crecer salvajemente, airosamente, difícilmente…

Así que es natural que este año se avise que habrá verde, ya lo hay en las pasarelas, y también en la calle, y en la política, y por supuesto, y terminó aquel verde de aquel traje de luces de mi compadre Curro Romero, el faraón, al que vi vestirse de torero aquella tarde en Sevilla, verde y dorado, olivo y oro, en la disciplina hablada de la Fiesta, en aquella habitación del hotel sevillano, mientras fuera sonaban las palmas y el compás de los gitanos que habían subido de Jerez…

Lo dicho. Hasta la próxima, que se va a llevar el verde incluso, me dicen, en los zapatos de tacón de aguja, eso sí trabajados en el cuero salvaje, de los verdes yacarés de los pantanos de Florida…

En fin, mañana será otro día. Les tendré informados, que no quiero olvidar aquel verde rutilante del joyón, con acento en la “O” de aquel escaparate único de Tiffany’s de la Quinta, eso sí,  guardado ostentosamente por aquellos dos fieros guardianes, tipo -a ver si lo escribo bien- Schwarzenegger…

Así que si mañana, por no se qué, me tengo que colgar corbata, que sea esa verde que tengo con elefantes, eso sí, con la trompa levantada que da suerte, en recuerdo tal vez de aquel elefante tapizado de verde, en el que paseé Jaipur, el día en que me enviaron a la India para contar la boda -fascinante- del hijo del Maharajá y la Maharaní, verde selva a la búsqueda del tigre de bengala, ..

Y es que tanto me gusta el verde, que a veces, como puede comprobarse, se me sube a la cabeza, como ese vinho verde de Portugal, aquel que un día tomé para acompañar al bacalao, con mi paisano Carlos Cano, cerca del faro…

Recuerdos verdes sin duda, que es también al menos para mí, el color de la memoria, y también de la distancia.

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