Jordi Hurtado: saber, ganar, gustar y enseñar

Las cuatro palabras juntas, aunque podíamos añadir más. Muchas más, porque el presentador de televisión, de la española, Jordi Hurtado, el de Saber y Ganar, todos, pero todos los días, en la segunda, a eso de las tres y media, ahí está -desde Sant Feliu, el estudio de La Uno en Barcelona- aparece sonriente, ahora con sus gafas de concha rojas, dispuesto primero, abriendo su sonrisa blanca, optimista, positivo, maestro en la más directa de las maneras, maestro, por supuesto, ya en su oficio porque lleva, más o menos, tomen nota: más de cinco mil programas, ajusten cuentas, veinte años día tras día, a la misma hora y en el mismo sitio, enseñando -sobre todo eso-, haciendo participar a todo el mundo, los que están presentes con él en “el combate intelectual”, a lo largo de casi, leo, más de 3oo.ooo preguntas, sin equivocarse por su parte en todo este tiempo, “tan solo una vez”.

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Y luego, ahora que llegan los sesenta, empezó en el ochenta y cinco, como si ni años ni problemas, no solo no se le nota en el rostro, donde casi todo asoma, por más que te maquilles. No se olviden que servidor es académico de la televisión y de los socios fundadores, que ya lo he dicho tantas veces…

Algún día, en lo que es el dato cercano y personal, le di la mano con fuerza y admiración, al menos por mi parte, a este rostro conocido, porque ya forma parte de la decoración de la casa hogar de muchos españoles y también de otros países que le reconocen y le quieren, porque con él no solo pasan buenos ratos sino que además se aprende de una manera que da gusto.

Es muy catalán, muchísimo, aunque sus raíces, claro, vienen de otro sitio, por ejemplo de Extremadura, del pueblo de Garrovillas, donde nació el “castúo” con acento en la “U”, o lengua de la Extremadura antigua la fuerte y dura, la de Gabriel y Galán, y sobre todo la de aquellos que descubrieron América y la conquistaron, y la enseñaron tantas cosas. De esa sangre es la de nuestro Jorge Hurtado, que ahí sobrevive, y que ha estado ausente hace poco unos meses por culpa de una operación quirúrgica de la que no tenemos demasiados datos, entre otras razones, porque él no ha querido. Celoso de su intimidad, acepta su enorme popularidad porque es eso, no famoso sino popular, que es cuando se comparte la fama con la calle, cuando te quiere el pueblo.

A veces, le hacen preguntas, que es lo que hace él y lo que sigue haciendo, ya les digo, porque a esa hora un día por semana, a veces dos, yo he de estar en la tele andaluza con Juan y Medio, y sé que si coinciden las horas, aunque solo sea al comienzo, hay que apretarse los machos, taurinamente hablando, porque a esa hora hay que torear el enorme y difícil toro de la audiencia, que es la que manda en el ruedo de cada día.

Pero él no ceja, está ahí, incombustible, aceptando de buena gana el que digan que es el mismo con el mismo rostro, después de tanto tiempo aguantando, y eso tan difícil que son los planos cortos, incluso los medios americanos que se llaman, ofreciendo la misma cara, optimista, normal, aun en los momentos más difíciles, lo que demuestra, que ya se lo he dicho muchas veces porque lo dijo un día la hija de Ingrid Berman, cuando me aseguró aunque ella hacia promoción de los productos de una casa de belleza mundial.

– La cara no es el espejo del alma

Que es lo que hace Jordi, a punto de los sesenta años, desde hace veinte a pie de cámara desde Cataluña para el mundo. Es un monstruo en lo suyo, y ha hecho no sé cuántos programas, muchísimos, siempre sobreviviendo.

– Sigo aquí, sobre todo, por una razón indiscutible, porque tengo una gran ilusión por lo que hago.

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Se llama Torres de segundo apellido y es un extraordinario comunicador, que ya tiene sus premios conseguidos cada tarde, a la hora de la siesta, que ya es decir además. Tiene Antena de Oro, Ondas, etc, etc, y sobre todo tiene el interés de más de un millón de personas, incluso en los findes, como saben.

Alguna vez ha confesado:

– Yo no tengo metas porque lo que hago es diario, pero eso sí le pongo la fuerza de que lo hago, con ganas, desde el primer día que estoy en esto.

Impecable, implacable, Jordi, el rayo que no cesa, que nos hace, además, jugar en casa, aprender en casa, olvidar otras cosas peores, a veces sonreír en compañía de los nuestros. Y esperar al día siguiente.

No hace mucho ha confesado:

– No hay ninguno misterio, no hay otro secreto además del maquillaje obligado, lo que hago lo hago con el corazón y el pensamiento, en juego.

El talento y el talante. Incluso advierte.

– Dicen que no he cambiado nada en lo físico, pero no hay más que mirar la distancia y la diferencia que hay entre hace años y ahora. Ahí está en la videoteca.

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Es grande este Jordi Hurtado Torres, admirable y admirado, que ya es como aquel cuadro de la Santa Cena, que uno tenía en el comedor de su casa desde hace tanto tiempo.

O sea, es entrañable, -uso muy poco este palabro- por que es sobre todo, es nuestro. Es inmortal, en el planeta ese de la comunicación- se ha llegado a escribir también “si no será un alienígena”, y no tiene sustituto. Eso ya lo digo con tiempo. Y además, porque tiene el secreto, de “cómo enseñar, divirtiendo”. Gracias compañero, porque ya en mi casa, que es la tuya, nos enseñas.

Y ya a tres generaciones seguidas, mis padres, los nuestros y también mis nietos.

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