Jackie, todavía

Una película así llamada como nuestro titular, con el nombre de aquella primera dama, que aún permanece en el resplandor de la leyenda, Jackie Kennedy, la que fue esposa del presidente de los Estados Unidos asesinado en Dallas, hace no sé cuántos años, actualiza la figura, y sobre todo el misterio, quizá, de aquella mujer única, que fue distinta, sí.

Pero también distante.

Piaget

Siempre recordaré aquella mañana, en el verde césped de la Casa Blanca, en Washington, cuando aquel grupo de periodistas de todo el mundo invitados a Norteamérica por el Departamento de Estado, esperábamos la llegada de la Primera Dama, entonces recién llegada a la que era la primera mansión oficial del planeta.

En pie, sobre un suelo ligeramente húmedo en aquel día, inolvidable ciertamente, esperábamos, todos con corbata, naturalmente, la llegada de la Señora Kennedy. La verdad es que fue muy corta su estancia en aquella casa, ya que fueron tres años los que permaneció su esposo en la presidencia, y en los que ella ya estaba como madre de dos niños, niño y niña, aunque la verdad es que había tenido algunos abortos antes. Ella lo contaba, siempre que quería contarlo, porque aunque tenía muy buenos amigos, confidentes, por ejemplo, uno de ellos Truman Capote, el enorme escritor americano del que acaban de venderse en pública subasta sus cenizas en Nueva York. Pero también algunos otros cercanos amigos leales y su secretaria personal, todos se han encargado de escribir sobre Jackie, y de todos ha bebido con ansiedad y seguridad este director chileno Larrain, que le dio sin dudarlo el papel principal de la película sobre esta mujer, después de haber sido protagonista de aquel día tremendo en aquel día de Noviembre, en el que ella no olvidaría las últimas palabras de su marido antes de caer asesinado por las balas de Oswald. Por cierto, y ligado a la historia, quiero decirles que servidor, este viejo contador de historias, le preguntó un día a Fidel Castro en La Habana, contando con aquel feeling que existió entre nosotros dos desde el día que nos conocimos en el hotel en que yo vivía, la misma primera noche de mi llegada a la Habana.

– Comandante, ¿mandó usted matar a Kennedy?

Y me respondió, sin alterarse:

– No hacía falta, a pesar de lo de la invasión americana en playa Cochinos. Ya estábamos empezando a entendernos.

Fue titular a todas las columnas del diario Pueblo de entonces.

Tal vez por esa razón me invitaron los de Estado de las barras y las estrellas a que visitara USA, para conocerla mejor por dentro. Ya entonces escribía yo en ¡HOLA! aquella página inolvidable también que se llamaba Siete días, siete noticias y dábamos siete rostros de mujer con su historia al pie. ¡Eran otros tiempos! 

Y de pronto, volviendo a la Casa Blanca, una voz femenina, que avisa, advierte, con solemnidad.

– ¡La señora Jacqueline Kennedy!

Y ahí estaba ella, rodeada de ardillas -como les cuento- que saltaban a su alrededor. Y de hombres de paisano, guardaespaldas, a los que llamaban “los sordos” porque llevaban puesto un aparato con auricular en el oído, bien ostensible.

Un hombre joven, elegante, muy americano, rubio, portavoz de la Casa, nos iba presentando. La tuve a un paso de mí. Abrí la nariz. Sin duda, igual me equivocaba, Chanel número cinco, aquello que su rival, Marilyn Monroe, aseguró infantil y perversamente en su día que se ponía para ir a la cama.

– Chanel número cinco. Solo eso, y tras la oreja izquierda casi siempre.

Bueno, pues así creo que olía aquella mujer, que aún no había crecido en la admiración popular, muy poco antes de que fuera llamada la Viuda de América, después del asesinato de su esposo. Cuando la sangre de la cabeza del presidente salpicó su traje rosa, rojo sobre rosa, en aquel vestido precisamente de Chanel, ahora se ha sabido que las últimas palabras que ella escuchó de su marido en aquel coche fatídico fueron:

– Jackie, quítate las gafas oscuras que llevas, la gente debe ver tus ojos.

Más o menos, bueno, pues Jackie entregaba su mano, pequeña, sin ninguna sortija, desnuda sin guante, claro, y cuando estaba tan cerca, te miraba a los ojos, aunque no de forma penetrante, quizá siguiendo el consejo que un día le diera su padre, aquel hombre de negocios de Wall Street, que le dijo.

– Da siempre un cierto aire de ausente, hija. Que no parezca nunca que te interesas por nadie.

Y así fue también en su vida. Tan inmensa, pero a la vez tan en otra parte.

Incliné ligeramente el esqueleto, como entonces aún me era posible, consciente de que además de ser la mujer en ese instante más poderosa del mundo, le iba bien el papel que le habían atribuido, de la reina de América.

Ahora la película, protagonizada por Natalie Portman, está en juego, se asegura que esta gran actriz que hace su papel, podría merecer el Oscar, que está llegando. Para la mejor actriz. Eso sí, sería para ella el segundo. Mi memoria la recuerda con devoción, desde aquel papelón de El Cisne Negro, ¿recuerdan?

Lo que sí es cierto, es que el mito vuelve. Al guionista no le han faltado fuentes. Hay mucho material sobre esta mujer, misteriosa, ausente, culta, elegante, a la que la palabra glamour, le venía como anillo al dedo. Aquella dama a la que yo también conocí a través de aquella modelo que fue en su día también novia de John Kennedy Jr, muerto también dentro de la saga misteriosa, sobre la que vuela sin duda la llamada y demostrada “maldición de los Kennedy”.

Aquella que fue capaz, muy poco después de quedarse viuda, después de aquella transmisión mundial en la que envuelto su rostro en un velo negro, caminaba tras el armón que arrastraba por última vez el cuerpo de su marido “al que según ella misma amó, aunque conocía de su vida secreta en la que había muchos amores muy bien escondidos”. Se dice también que fue capaz un día de llamar por teléfono a Marilyn Monroe después de saber que estaba tan cerca del corazón de su esposo para decirle:

– La llamo para felicitarle por su elección. Mi esposo además de ser el presidente de los Estados Unidos, es un amante formidable. Pero si algún día se casan ya sabrá lo difícil que es convivir con todos los problemas de esta casa.

A ver si es cierto. Forma parte de su leyenda. Sí que les puedo decir que en el hall del Hilton de Nueva York entrevisté a Onassis, cuando aún no era el esposo de Jackie. Aún estaba la Callas, que era aquella mujer mágica, morena, que aquel día estaba junto a él, él sentado en un diván circular y ella, hierática como una diosa griega, enlutada, con una mano sobre el hombro de aquel hombre feo, de pelo blanco que decían que era entonces el más rico del mundo. El griego de oro, aquel día también junto a él sus palos de golf dentro de la funda hecha con la piel de un pene de ballena macho, como él mismo me descubrió.

– Voy mucho al golf porque es un gran lugar para hacer buenos negocios.

Y me dio, a propuesta mía, claro, una serie de consejos para triunfar:

– Vivir en un hotel como este en el que estamos, el Waldorf Astoria, aunque su habitación sea la más barata de todas, pero que tenga este hall para que le vean. Después mantenga siempre un rostro bronceado como el mío, no de piscina ni de laboratorio, sino del mar… por eso sobre todo soy naviero, no por otra cosa. Y tercero confíe en su instinto por encima de los números.

Insisto, ella no abrió los labios, en su mirada había una cierta sombra de tristeza. Titulé aquella crónica, como siempre jugando a las palabras ‘El día que calló la Callas’. Calló acento en la “O”. La tilde es fundamental.

Poco después Jackie, se casó con Aristóteles Onassis.

Por lo visto, por lo oído, aseguran que la viuda de JFK había dicho a un amigo muy cercano.

– Me casé con quien tenía que hacerlo, no podía convertirme en la señora de un dentista de New Jersey.

jackie

Durante un tiempo, mientras vivió con aquel hombre sorprendente, siempre parapetado tras el muro de sus gafas de culo de vaso, Jackie, fue una mujer libre, de la que incluso se llegó a conseguir una foto desnuda en la Isla de Skorpios, que yo he visto desde el aire y donde la leyenda aseguraba que estuvo durante muchos años el cuerpo embalsamado de JFK, el presidente asesinado, criolizado, dentro de un hielo científico, hasta que llegara el día de la resurrección de los muertos, ya que su religión era católica y quizá conocía la historia del valle de Josafat, que yo he visto, por cierto, en Israel, y que es imposible que pueda recoger en su día, el ultimo, a todos lo que creen en el Juicio Final.

No todos pueden presumir, hoy, de aquel día en la Casa Blanca, inclinando la cabeza ante aquella que llamó a su marido el “último Camelot”, sabiéndose sin duda eso, más que reina, la última y única, emperatriz de un reino inmenso, donde reinó durante poco tiempo, no llegó a cien días, pero donde se convirtió en un icono que se llevó con ella, aquella conclusión formidable que ahora se hace carne de nuevo.

– Será cierto que de verdad de quien estaba enamorada era del hermano del presidente, también asesinado como él, Bob Kennedy.

Su resplandor continúa.

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