Andalucía es mucho más que un ‘ole’

Ole, que se puede decir de dos formas, que convierten la palabra sola en dos argumentos bien distintos, diferentes. El olé, con acento, debe afirmarse rotundamente, y que se note en la “e”. Y el otro ole, es una expresión de admiración, o sea, ‘ooooooole’.

Hoy es el día de Andalucía, o sea el 28 de febrero. Inolvidable fecha para este viejo cronista, porque es el día en el que hace algunos años, sin merecimiento – siempre digo lo mismo por mi parte – me impusieron en Sevilla, la medalla de Andalucía, condecoración máxima en mi geografía, que además me concede el honor de ser llamado Ilustrísimo Señor. Perdonen esta, por mi parte, falta de modestia. Es por esa razón, que el sentimiento es casi lo único que me queda, por el que hoy – atendiendo a lo que son mis obligaciones, del corazón sobre todo y de la cabeza también – debo aparte de ser cronista oficial de Granada, por lo que escribo echando por delante mis raíces, y escribo mi blog de hoy, que ya se va acortando a uno como mucho en la semana, y bien que lo siento, mis leales.

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A lo largo de toda una vida dedicada fundamentalmente a contar historias, las que son historias de los demás, en las cuatro partes del mundo en bastantes ocasiones decía de dónde venía, de dónde era; y personas muy importantes respondían alegremente como quien baila, es un decir, sevillanas: “¡Andalusssíaaa y olé!”. Y a mí me sentaba como un tiro, porque es más que un baile, que una muñeca vestida de gitana encima de la televisión o una plaza de toros, aunque sea la de La Maestranza. Es una joya del mundo mundial, o a veces incluso haciendo como quien da un pase torero (también es un decir) es el toro de las falsas interpretaciones.

Es más que eso. Yo, como siempre he dicho, recuerdo que cuando empecé a trabajar en la tele haciendo un telediario, eso sí, después de Jesús Álvarez que hacía el telediario de verdad, a veces vestido de militar de cintura para abajo todavía, porque era capitán del ejército, arriba se ponía la corbata y la chaqueta de paisano que tenía colgada en el armario del sótano y que siempre olía a tortilla de patata, porque el bar comedor estaba al lado. Fue el maestro de maestros cordobés, Matías Prats padre, con sus gafas oscuras siempre, quien me aconsejó un día, a poco de llegar desde la radio Ser en la que estaba, cuando la gente creía que una antena de televisión, de aquellas primeras, era un pararrayos… “¡Que no se te note que eres andaluz, así que trata de domar el acento. Yo mismo hago, hoy por hoy no gusta la forma con la que hablamos los andaluces…!”. O sea, se refería al acento, que como veníamos aún, conmigo o yo con él, entonces aquel cordobés, Felipe Navarro Yale, el padre de la escritora Julia Navarro, llegábamos, insisto, “con el pelo de la Dehesa”, veníamos del sur, de donde era Lola Flores o Luis Miguel Dominguín.

Entre otros, yo soy, como he dicho muchas veces, un campesino. Cada día más. Nacido en un pueblo andaluz de los montes orientales de Granada, que en su día fue un castillo inexpugnable, de ruta nazarí, a cuya sombra creció primero una aldea, luego un precioso pueblo, y no es porque yo lo diga… pero blanco, verdadero, precioso… En el que hace ochenta y dos, casi ochenta y tres primaveras, que pronto empieza la de este año, vino al mundo un niño moreno, más bien fe de que guapo, hijo del amor de una pareja muy joven. Mi madre Lola, que tenía unos hermosos ojos verdes, y mi padre Escolástico, que también era guapo. Los dos se nos han ido hace ya muchos años.

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Siempre ejercí de andaluz, no sólo a la hora de identificarme. Por cierto, mi pueblo se llama Píñar, con acento en la “i”, y hoy además de sembrar el mundo del trabajo, porque es un pueblo de emigrantes. La prueba está en la camiseta que llevo, que grita “¡piñeros por el mundo!” y en que uno de los directores generales de la Mercedes, a escala mundial, es nacido en mi íntima y querida geografía.

Hay muchos más, pero no tengo espacio para enumerarlos, pero lo que sí puedo decir es que luego regresan, compran olivos, a los que eran de sus dueños – allí decíamos “amos” – y por fin, el pueblo en el que hay una calle que lleva mi nombre, siempre he sentido devoción, cariño y respeto, porque aparte de su belleza arquitectónica, indudable, es la esencia de muchos de los pueblos del sur, que han ido aguantando mucho y haciéndose más grandes, ejemplares y únicos, no sólo en la forma de estar, sino en su manera de ser, que es lo más importante.

Tengo dos compadres, que son toreros, y además, dos compadres de verdad. Han apadrinado a dos de mis hijos, a Jose y a Salvador, y que si Curro Romero y el Cordobés, padre, ni más ni menos, de los que me siento tan orgulloso.

Debo decir además que Andalucía es madre de Pablo Picasso, que quiso ser enterrado en Francia, donde murió con una montera y capa española, al que un día llevé una ristra de chorizo de Ronda, y una botella de aguardiente de Rute, y aunque se la llevó en la mano, no me dio ni las gracias. Vale, todo sea por los inmortales, como también es el poeta Juan Ramón Jiménez, premio Nobel, ya saben, de Huelva, al que pude conocer mientras agonizaba al fondo de aquella sala clínica en el hospital de la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico.

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Andalucía, de las tres aes, en el nombre, por no hacer muy largo el cuento, es lugar donde vinieron al mundo nombres rutilantes, donde hay paisajes increíbles, incluso mejorados por construcciones, que hicieron los hombres, monumentos formidables, únicos, como La Alhambra; músicos como Falla, Andrés Segovia… Poetas como García Lorca, etc. Aparte de nacidos en otras épocas, que forman parte de la historia de nuestro tiempo. Porque además en nuestro sur, Andalucía, se firmaron las órdenes del descubrimiento de América, que hizo escribir a Miguel de la Quadra Salcedo, en el prólogo de uno de mis libros: “Sin Granada no habría sido posible el nuevo mundo…”

Así que hoy he ido a desayunar con la bandera de Andalucía, que es blanca y verde, aquí en casa. Y he tomado lo de siempre, té de la Alpujarra y pan con aceite, verde, de oliva, que es el de verdad, y en el que por cierto se baña una vez al año Sofía Loren, que por cierto también nació el mismo día que yo y el mismo año, y que así se mantiene, inalterable en su belleza.

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Podría decir y escribir más cosas, pero tampoco quiero cansarles demasiado. Sí decirles que después de que me hagan ceniza, cuando sea, arrojen lo que de mí quede, eso donde les dé la gana a los míos, pero siempre, ya sea tierra mar o aire, donde están las raíces de este viejo árbol, en el que me estoy convirtiendo. Y termino. Por si poco fuera, a mi última nieta, por ahora, sus padres, María e Ignacio, le han puesto de nombre Macarena.

Ninguno de los dos es andaluz, pero ya de por sí demuestran la querencia del abuelo. Mi Santa, que es madrileña, me hará para comer además de un huevo frito con papas, a la forma de mi abuela, y además, una pipirrana, que es pimiento verde, tomate maduro, pepino fresco, aceite de abajo y vinagre del que hacen en Montilla. Y por si fuera poco, voy a ver si encuentro en Internet, donde está casi todo, el himno de Andalucía, que escribió Blas Infante, y elegiré aquel que cantaba, como nadie, Rocío Jurado, tan andaluza, tan grande…

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