Lágrimas negras en la Casa Blanca

Lágrimas negras es la canción de moda, como saben los que de esto saben, que son muchos.

Pero es que además, lágrimas negras, de las de la familia Obama, que han vertido públicamente, a pesar de las sonrisas, en el llamado ‘primer hogar del mundo’, la Casa Blanca.

A estas horas, estos días, de enorme actualidad de interés general, porque es ahí donde desde hace tiempo aquellos que han sido prácticamente los seres humanos más poderosos de la tierra.

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Adiós a los Obama, llegan los Trump. De su torre de oro, la familia dorada, pues todo lo que les rodea por deseo expreso de su emperador tiene el magnífico color amarillo de los Césares, que ahora habrán de cambiar por la Casa Blanca, a estas horas.

Una persona que en su día fue ni más ni menos que la más cercana a Nixon, su ayudante personal, su mayordomo, español, de Galicia… Manolo Sánchez, con el que tuve el honor de pasar todo un día y que me contó todos, o casi todos los secretos del Presidente. Incluso su esposa estaba atendida, a su vez, por la esposa de Manuel. Josefina, de Zamora con la que tuvo el gusto y el honor de convivir, para el diario ABC cuando yo era jefe de reporteros, y preparábamos la edición del periódico para el nuevo continente, el ABC de las Américas, que fue luego solo eso, una hermosa y preciosa aventura editorial.

No obstante, aquella historia tuvo un inicio sensacional. La fotografía del periodista, servidor de ustedes en la primera página, junto a Nixon; el matrimonio Sánchez, y no debo olvidarlo, la perrita del primer mandatario.

Puedo decirles, que he visitado personalmente la Casa Blanca en un par de ocasiones. Por aquellos días, con la ayuda de los Sánchez, eso sí, en compañía de algunos rostros muy conocidos. Por ejemplo, María Dolores Pradera, la ‘praderita’ a la que desde aquí envío un beso de verdad, porque aguanta sus años sin perder, gracias a Dios, ni la voz, ni las ganas de vivir.

También con nosotros aquel día, Jorge Cafrune, el cantante argentino, del bombacho pantalón; la voz de Martín Fierro, el sombrero gaucho, que luego murió en una carretera de Argentina, acompañado de su caballo, con el que siempre iba y venía por el paisaje entrañable, en una historia que aún no ha sido bien contada.

Todo parece ser que fue la política quien acabo con él. Fue un buen amigo nuestro y él nos cantó un viejo tango en la escalinata de la Casa Blanca, más allá de donde está permitido hacerlo. Si el ala oeste es para los periodistas, el piso primero es para las oficinas de la Presidencia. En el despacho oval, tan conocido, con la mesa que un día compró Jacqueline para su marido en un anticuario, y que estaba fabricada con las viejas maderas, de una carabela, naufragada, se encontraba la silla aquella presidencial, tan reconocida, especie de mecedora, con respaldo curvado, en la que Kennedy descansaba su espalda rota después de su actuación en Europa, en la Segunda Guerra Mundial, ya no estaba. Sí todo lo demás, el retrato tradicional de George Washington, que fue el que mandó construir la mansión; cosa que se pudo conseguir, que todo hay que decirlo, merced al trabajo de cientos de esclavos negros, de los de entonces, y que luego fue destruida en la guerra con los ingleses, que la quemaron.

Inmediatamente se levantó de nuevo, ya no maderas, sino sobre piedra y cemento, con su intrincado laberinto de salones abajo con el escudo del águila calva; y posteriormente, además de infinitas columnas, exteriores e interiores, aquella segunda planta más cerrada al público, aunque también se muestra para la familia, el Presidente y los suyos, con las camas mostradas: ‘Aquí durmió Lincoln hasta la noche en que fue asesinado en el teatro’, o ‘aquí los Kennedy’.

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Es curioso reseñar, que uno de los mayordomos del Presidente que hoy acaba, descubría no hace mucho, que no se había podido llegar a conseguir, el que el primer mandatario recogiera los calcetines usados del día anterior, arrugados, sobre la estera de la alcoba.

Se han escrito muchos libros sobre esta casa, se conocen centímetro a centímetro los planos de la mansión, todo es transparente y del dominio público, pero ya se puede adquirir una copia de la vajilla azul y oro con el escudo de país, a su precio como souvenir. No hace mucho se dio una película con la historia del fiel mayordomo negro que sirvió a no sé cuántos presidentes; y cada vez que uno que ha vivido la casa, por su trabajo durante tiempo, publica una historia en la que cuenta los secretos, de esa casa en la que siempre hay tantas cosas que contar, y que callar también.

El azul que manda en la decoración, es distinto, y responde a la marca Casa Blanca, ya sea en las inmensas alfombras o en las vitrinas, que se pueden ver pero no tocar. También en otra ocasión llegué hasta el campo que rodea el caserón, donde en lo alto siempre ondea la bandera de las barras y las estrellas, que se ve perfectamente desde cualquier sitio. Si bien les recomiendo que lo hagan desde el otro lado del Potomac, desde el parque bellísimo de los cerezos, a ser posible en flor, en primavera.

Pues bien, recuerdo haber dado la mano, por primera y única vez, a Jacqueline, vestida de Coco Channel –que aunque americana, era muy francesa– en el prado de la Casa, rodeado de “los  Sordos”, los guardaespaldas encadenados a su oreja con hilo especial, y también donde aquel día saltaban las ardillas del jardín, muchas de ellas con una nuez entre las manos.

En aquel parque, cuidadísimo, que más parecía un campo de golf, cuando Michelle Obama llegó a la Casa Blanca, y plantó en su día un pequeño huerto familiar para nutrirse de sus productos, y también para mostrar al mundo, que ‘la tierra no debe olvidarse’. Creo que ha tenido que desmontar y llevarse a otro lado, al rancho de nueva adquisición, los pimientos, y los brócolis, que ella misma rodeada de niños de la calle, había plantado, eso sí con la presencia de todos los medios del mundo entero.

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Trump es más de ciudad, y la tierra que posee es por hectáreas, y en todo el mundo. Parece ser que el nuevo inquilino siente mucho, el no poder trasladar la máquina del poder entera, hasta su torre del corazón de Nueva York, que yo he visto y retratado desde fuera. Donald ha suspirado y ha dicho: ‘Me gustaría llevarlo todo desde mi torre de esta ciudad, que me lo ha dado todo…’

Espero, deseo, suspiro, porque no sea capaz – porque él es capaz de todo, siempre ha conseguido lo que ha querido – de pintar la Casa Blanca de amarillo.

Y en cuanto a colores, como sé que ustedes vieron en diferido o en directo la ceremonia de la Jura desde Washington, no tengo que decirles que sin género de duda a partir de hoy mismo, ya se está llevando el celeste, que es una forma del azul. Los toreros, en su  vestuario de luces, le llaman color Purísima, recordando el azul de la madre de Cristo, cuando fue visitada por el ángel de Dios, y que la nueva primerísima dama de la Casa Blanca eligió para la gran ceremonia con un indudable homenaje a Jackie vestida de Channel, adoptando su lejano aire de maniquí en la pasarela de su juventud. Ella es atención, mis lectoras, quien va a dirigir la nueva moda Melania en el mundo entero a partir del pasado viernes. Y si no, al tiempo.

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