La noche de ‘la Pedroche’

No es sólo porque rime, sino porque es cierto. Hoy, lunes 2 de enero del diecisiete, todavía continúa incluso en los comentarios políticos del año que comienza – incluso por encima de las noticias terribles de la sangre – lo de la Pedroche. Increíble personaje este con el que compartimos blog. Bueno, es un decir. Modestamente digo.

La primera noticia opinión-comentario del año que empezamos. Cristina manda de nuevo. Un éxito, incluso en la opinión del respetable.

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“Que hablen de uno, aunque sea bien”, que decía un amigo mío torero. La Pedroche es, casi yo diría, una gloria nacional. Y eso que no tengo el gusto de conocerla personalmente, aunque no pierdo la esperanza de que me la echen los Reyes Magos. Que un año son doce meses, más de trescientos días, para convertir un deseo en realidad.

Manda Vallecas. Me explico. El talento del pueblo, la inteligencia natural del barrio, por encima de cualquier otra cosa.

Belén Esteban, la que fue – y sigue siendo a su manera – la princesa del pueblo hasta ayer, hoy también comparte “la realeza” con la Pedroche, que incluso ha conseguido que su esposo, que es uno de los cocineros con dos o tres estrellas Michelín del mundo mundial, sea además de por sus méritos propios, el esposo de la estrella. Que por cierto, iba estrellada. Sólo estrellas encima del bañador, un bañador clásico, que ni siquiera un bikini.

A mí, particularmente, también me gustó la Igartiburu, aunque fuera si mi buen amigo, el que llaman “el de la capa”. Y Anne, como siempre elegante, de rojo. Yo también me he puesto este fin de semana, para estar a tono con la moda de la fiesta, calcetín rojo encarnado, camisa de pana roja, y una bufanda del mismo color. Eso sí, con los cinco aros rojos que un día me regaló en Suiza mi viejo amigo desaparecido Juan Antonio Samaranch.

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En cuanto a lo demás, ya lo saben, Nadal resucitado, mordiendo el cristal de la gloria en el desierto; José Mota, que lo hizo muy bien – entre el uno y el diez, un ocho como poco – con su relato de política ficción… Y poco más que recordar, las cosas como son.

Si acaso, la buena noticia, al menos para mí, es que Sabina regresa con todo puesto: letra, música y canción; y que por reunir sobre todo las buenas (o más o menos buenas) noticias, es que este año será un año de bodas y de cigüeñas.

De lo que me alegro tanto es que ya habrá muchos que se encargarán de amargarnos el almanaque. Yo estoy lleno de proyectos, y uno de ellos es el de seguir con ustedes. Si bien modestamente, por lo menos, y como poco, con un blog por semana, que tengo que ir menguándome (perdonen por el verbo). Digamos que por prescripción facultativa. O de otra manera, lisa y llanamente, porque los años no pasan en balde. Porque, eso sí, nos espera un año lleno de historias en todos los sentidos. Unos que se van y otros que se vienen. Por lo pronto, tiempo de bufandas, y eso con ese nombre tan poco feliz, que se llaman ‘parkas’.

O sea, que igual que les dije que feliz nochebuena, no quería dejar pasar – después de tanto tiempo juntos – desearles de todo corazón que el año que empezamos, como poco, les sea agradable. Vivible. Es lo menos que puedo hacer por todos. Créanme.

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Y lo más importante, buena voluntad. Que se pronuncie más la frase “lo importante es llevarse bien, y aguantarse incluso”, que decir muchas veces kalashnikov suena amargo.

Dicen los numerólogos, que el dos mil diecisiete, sumando uno a uno los números, da un buen resultado. Menos da una piedra. A veces fallan los vaticinios, incluso los que saben leer lo que advierten las estrellas.

Yo voy a ver si me decido de una vez a escribir lo que me piden algunos amigos editores, que ya me dieron el anticipo en su momento. Que escriba de una vez mis memorias.

Por lo pronto, voy a esperar a que pasen los Reyes Magos, a los que he pedido constancia y decisión. Y no es una amenaza, sigo viendo en el fondo de los seres humanos una brizna de bondad.

Mientras tanto, observo con humildad mi Belén, que me traje un día de Los Andes (creo que de Cuzco), y que está hecho con pan mascado y pintado a mano. Una belleza, de pequeño y de lindo a la vez. Lo he coronado con algo de espumillón del que aún queda del año pasado. Me gusta mucho. Es una pequeña obra de arte de lo popular de mis años en América.

Por lo demás, ya lo saben. Me dicen y leo que este año se van a llevar las ojeras de purpurina. O sea, como siempre continuará de moda el oro falso. El incienso va a sobrar, claro; y en cuanto a la mirra, amarga pero siempre, pero tan necesaria…

Feliz año, mis leales. A ver qué pasa.

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